XXIV. Reflexiones finales
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 21 de junio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.
Gajos de la epopeya
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
XXIV
REFLEXIONES FINALES.
El cuarto centenario de la muerte de Cortés –que fue precedido, un año antes, por el descubrimiento de los restos del Conquistador- nos ha dado ocasión de contribuir a la exaltación de su memoria, siquiera ello haya sido desde la modestia de nuestro rincón periodístico. Nos ha guiado en esta empresa un designio de patriotismo objetivo y realista. Ese ha constituido nuestro propósito escueto. Si alguna vez nuestras afirmaciones han chocado con algunos prejuicios anticortesistas, que en algunas personas aún persisten de buena fe, no hemos pretendido suscitar polémicas ni lastimar a nadie, sino –sencillamente- ser escuchados. De los deturpadores sistemáticos e interesados de Cortés, no vale la pena ocuparse demasiado, y por ello los hemos aludido en forma mínima e incidental.
Lo que sí tiene importancia para nosotros es fijar que en estos artículos no nos ha impulsado un ánimo “españolista”, como más de uno podría creer. Nuestro motor interno ha sido, esencialmente, México. El amor a él, porque es nuestra Patria. La convicción de que esta Patria nuestra malamente puede saber la ruta gloriosa de su destino si ignora o entiende a medias el secreto dinámico y vital de sus orígenes ilustres. Es preciso saber de dónde se viene para saber a dónde se va. Eso es todo. La alabanza a España por el sentido general de su obra –sin paralelo- forjadora de naciones, ha sido aquí justa, pero dicha de paso y más bien para delinear el marco espiritual de la epopeya cortesiana. La justipreciación de la cultura aborigen, nos ha hecho más de una vez insistir en los feos aspectos que inevitablemente ofrece a una observación juiciosa, y que por desgracia son los más destacados. Sin embargo, ello no ha querido suponer en nosotros un desprecio para el indígena. Al contrario, lleva implícito el anhelo de ayudar a acabar con el indigenismo de mala ley que hemos padecido, y que, queriendo exaltar lo que no se debe, en realidad preconiza algo deprimente para nuestro indio: despojarlo de los elementos verdaderamente civilizadores que le vinieron aparejados con la Conquista, empresa que más bien sería dable y mejor llamar “liberación” de un estado social en que privaban en mayor y más importante número los datos de barbarie y salvajismo que los de cultura.
Tan no hemos sido “españolistas” que ya en otra ocasión hemos afirmado que Cortés pertenece más a México que a España. Porque no son, en verdad, los españoles a quienes propiamente cumple en primer término enorgullecerse de don Hernando. Cortés, sí, nació en Extremadura; pero Cortés no fue Cortés en Extremadura, sino en México. En otras palabras, los que dieron –entre ellos, Cortés- cima al prodigioso esfuerzo fundacional de los pueblos hispanoamericanos, no fueron los españoles que se quedaron allá, en España, y de quienes, materialmente, descienden los españoles que hoy día habitan la península. LOS QUE CUMPLIERON LA HAZAÑA FUERON LOS ESPAÑOLES QUE SE QUEDARON ACÁ, DE QUIENES SÍ DESCENDEMOS FÍSICAMENTE LOS QUE INTEGRAMOS LAS MESTIZAS PATRIAS DE AMÉRICA. Los peninsulares pueden enorgullecerse de nuestros ilustres fundadores, por cuanto en éstos latió la misma remota sangre originaria que en los padres de aquéllos, y por cuanto transfundieron a las tierras americanas una cultura –la más excelsa que han visto los siglos- nacida en España.
Pero, recalquémoslo, en rigor no son los actuales españoles los descendientes de los conquistadores. ESO, SÓLO NOSOTROS, LOS HISPANOAMERICANOS. Y la cultura hispánica –conste que no decimos “española”- tan nuestra es como de los peninsulares, ya que fue indivisible patrimonio común tanto de sus padres –los españoles que se quedaron allá-, cuando de los nuestros -los españoles que se quedaron aquí y se “hispanoamericanizaron”-. La herencia cultural de los comunes abuelos, como sólo puede hacerse con los dones del espíritu, transmitióse íntegra, sin necesidad de particiones, a unos y a otros.
Véase, pues, cómo en la glorificación de Cortés no late ningún “complejo de inferioridad”, como alguien fantaseó de estos “Gajos de la Epopeya”. Por el contrario, en ellos hemos querido poner una nota a veces, sí, llena de la pasión que debe inspirar todo lo grande, pero antes que nada serena e imparcial, y que debe conducir al lector a conclusiones no “españolistas”, sino mexicanistas a más no poder.
Porque lo cierto es que si los españoles honran a Cortés, con ello han enaltecido al miembro de su familia, al hermano de sus padres, uno y otros hazañosos e inmensos. En buena lógica, no pueden pretender más. Pero los mexicanos que reniegan de Cortés no otra cosa hacen que afrentarse a sí mismos, queriendo afrentar a su propio padre, sin el cual México no hubiera sido, como no fue nunca antes de él.

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