Los niños que tocaron el timbre
Los niños que tocaron el timbre
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El mensaje apareció una tarde en el grupo de WhatsApp de la colonia.
Una vecina había compartido la imagen de su cámara de seguridad. En ella se veía a tres niños frente a su casa. Uno tenía la mano extendida hacia el timbre; los otros dos se encontraban ya en esa posición inclinada que adopta quien desea correr incluso antes de que exista un motivo para hacerlo.
La fotografía venía acompañada de una pregunta:
—¿Alguien sabe quiénes son estos niños?
Después explicó que habían tocado el timbre y salido corriendo.
Leí el mensaje.
Miré la imagen.
Volví a leerlo.
Y me dije:
No contestes.
Los grupos vecinales son lugares delicados. Una persona pregunta por qué no hay agua y, treinta mensajes después, alguien está hablando de los perros, otro de las cuotas de mantenimiento y un tercero asegura que todo comenzó cuando cambiaron al administrador.
Yo procuro mantenerme al margen.
Si alguien necesita ayuda, trato de colaborar. Si se perdió un perro, miro por la ventana. Si preguntan de quién es un automóvil que bloquea una cochera, verifico primero que no sea el mío.
Pero cuando una conversación comienza a tomar ese tono en el que cada participante se prepara para defender su posición hasta las últimas consecuencias, sigo una regla sencilla:
No contestes.
Esta vez, sin embargo, continué mirando la fotografía.
El primer niño todavía tenía el dedo cerca del timbre. El segundo vigilaba la calle. Del tercero apenas se distinguía una pierna, porque evidentemente era el más experimentado y ya había iniciado la retirada.
Entonces recordé que yo también había hecho exactamente lo mismo.
No una vez.
Varias.
Tocar un timbre y salir corriendo no era una actividad improvisada. Requería planeación, valentía y una interpretación muy flexible del compañerismo.
Primero había que escoger la casa.
Después venía la parte difícil: decidir quién tocaría.
Todos queríamos participar en la aventura, pero ninguno deseaba permanecer junto a la puerta en el momento crítico. Se proponían turnos, se recordaban deudas anteriores y aparecían testimonios de quienes aseguraban haber tocado la última vez, aunque nadie pudiera confirmarlo.
Finalmente, alguien aceptaba.
Se acercaba con cautela, levantaba la mano y oprimía el timbre.
En cuanto sonaba, todos corríamos.
También corrían quienes no habían tocado, quienes habían esperado en la esquina y quienes, en teoría, sólo estaban mirando. La responsabilidad era colectiva hasta el instante de elegir al culpable.
Huíamos con la convicción de que la persona que abriera la puerta poseía una velocidad extraordinaria, conocía a nuestros padres y estaba dispuesta a perseguirnos durante varias calles.
Doblábamos una esquina, nos escondíamos detrás de un automóvil o nos agachábamos junto a una jardinera.
El refugio tenía que cumplir dos condiciones contradictorias: estar lo bastante lejos para sentirnos a salvo y lo bastante cerca para ver la cara de quien saliera.
Porque correr no era suficiente.
Había que comprobar el resultado.
Asomábamos la cabeza. La puerta se abría. Aparecía una señora, un señor o alguna muchacha que miraba hacia ambos lados sin encontrar a nadie.
Nosotros conteníamos la respiración y, sobre todo, la risa.
Si la persona volvía a entrar desconcertada, considerábamos que la operación había sido un éxito.
Nunca supe exactamente en qué consistía aquel triunfo. No obteníamos nada. No demostrábamos ninguna habilidad especial. Nuestra gran hazaña era haber conseguido que alguien caminara unos pasos hasta su propia puerta.
Pero regresábamos a casa como si acabáramos de burlar el sistema de seguridad de un banco.
Miré otra vez a los tres niños de la fotografía.
No parecían delincuentes particularmente peligrosos. Uno llevaba los cordones de un zapato desatados. Otro se estaba riendo antes de tiempo. El tercero, el de la pierna fugitiva, probablemente ya se encontraba culpando a los demás.
No contestes, Valeria.
Llegaron las primeras respuestas.
Alguien preguntó a qué hora había ocurrido. Otra persona creyó haber visto a los niños unas calles más adelante. Un vecino escribió que ahora los padres ya no sabían dónde estaban sus hijos.
Yo seguí leyendo.
No contestes.
Escribí:
—Hasta que los niños vuelven a ser niños…
Lo leí antes de enviarlo.
Todavía podía borrarlo.
Lo envié.
Dejé el teléfono sobre la mesa con esa estrategia adulta que consiste en provocar una situación y alejarse inmediatamente del aparato.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después apareció un pulgar arriba.
Luego otro.
Una vecina escribió que ella también había tocado timbres cuando era niña. Otro confesó que dejó de hacerlo porque siempre corría menos que sus amigos y era el único al que atrapaban.
Alguien más respondió:
—Yo no puedo opinar. Mi mamá está en este grupo.
Sonreí.
Por fortuna, nadie propuso llamar a la policía y tampoco se organizó una comisión para defender el derecho infantil al timbrazo.
La vecina tenía derecho a molestarse. Quizá estaba trabajando, descansando o atendiendo algo importante. Y, por supuesto, hay bromas que dejan de serlo cuando dañan, asustan deliberadamente o se ensañan con alguien.
Pero éste no parecía ser el caso.
Eran tres niños, un timbre y una carrera.
Nada más.
Lo curioso es que antes esas pequeñas aventuras terminaban cuando la puerta volvía a cerrarse. Hoy pueden quedar grabadas, congeladas en una captura de pantalla y presentadas ante todo el vecindario con la seriedad de una prueba pericial.
Tal vez los niños todavía no comprenden que han nacido en una época difícil para la travesura. Nosotros sólo teníamos que escapar de la señora de la casa. Ellos deben considerar cámaras, ángulos, resolución de imagen y difusión inmediata por WhatsApp.
La tecnología ha elevado considerablemente los requisitos del oficio.
Al día siguiente salí a comprar algunas cosas. De regreso pasé frente a la casa de la fotografía.
Reconocí la puerta.
Reconocí el timbre.
También vi la pequeña cámara instalada encima.
Seguí caminando.
Di tres pasos.
Me detuve.
Volví.
Miré hacia ambos lados. No venía nadie.
Acomodé las bolsas en una mano, extendí la otra y toqué el timbre.
Salí corriendo.
Las compras golpeaban contra mi pierna. Una bolsa amenazaba con romperse. Yo avanzaba como podía, con menos velocidad de la que recordaba y mucha menos dignidad, mientras escuchaba abrirse la puerta detrás de mí.
Doblé la esquina.
Me oculté junto a un automóvil, traté de recuperar el aliento y me asomé apenas para mirar.
La vecina observaba la calle sin comprender qué había ocurrido.
Yo me tapé la boca para no soltar la carcajada.
Bueno…
Eso fue exactamente lo que pasó por mi mente.
Mis pies, mientras tanto, siguieron caminando rumbo a casa, con toda la prudencia correspondiente a mi edad.
La adultez me ganó.
¿O habrá sido solamente porque llevaba las compras en la mano?
¿Y qué habría hecho si no hubiera estado allí la cámara?
No estoy segura.
Lo que sí sé es que, durante unos segundos, regresé a mi niñez.
Y lo agradecí.
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