Las rejas siguen siendo verdes
Las rejas siguen siendo verdes
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Volví a Chapultepec una mañana de domingo.
La ciudad ya estaba despierta. Afuera, los automóviles avanzaban con esa prisa que en la Ciudad de México no descansa ni siquiera en domingo; adentro, bajo los árboles, el ruido se volvía más lejano y el ambiente más fresco. Olía a tierra húmeda, hojas secas y algodón de azúcar. Al acercarme a los puestos aparecieron el chile, el limón y el olor de las frituras recién preparadas.
Respiré más hondo. El olor dulce del algodón de azúcar me transportó antes de que yo pudiera decidir si quería regresar.
Las rejas seguían siendo verdes.
Me detuve a mirarlas. El verde es tan oscuro que por momentos parece negro. Mis ojos de adulta reconocieron el hierro, la pintura reciente y el trabajo de conservación. Pero no era eso lo que yo había venido a buscar.
¿Qué esperaba encontrar?
Quizá nada. Quizá solamente quería comprobar si un lugar puede guardar lo que nosotros ya no sabemos dónde poner.
Entraban familias con carriolas, bicicletas, mochilas y perros sujetos con correas de colores. Una joven fotografiaba el Castillo entre las ramas. Los corredores pasaban con audífonos. Cerca de la entrada, un vendedor hacía volar burbujas enormes que atrapaban por un instante el azul de la mañana y los rostros de quienes caminábamos debajo.
En los puestos había gorras, lentes oscuros, máscaras de luchador, llaveros, peluches y diademas con orejas. Unas varitas transparentes producían burbujas y se encendían con luces de colores. Se ofrecían fotografías que podían quedar impresas dentro de un llavero antes de terminar el paseo.
La comida ocupaba su propio territorio: elotes, esquites, fruta, chicharrones preparados, nachos y bolsas de frituras abiertas para llenarlas de salsa, pepino, cacahuates, cueritos y limón. Los nombres de algunas botanas no existían cuando yo era niña. Otros antojos, en cambio, parecían inmunes al paso del tiempo: palomitas, helados, globos y algodones de azúcar levantados sobre la multitud como pequeñas nubes.
Recordé la sensación de llevar una nube a mi boca. Primero rozaba la nariz y las mejillas; después se deshacía en la lengua y sólo dejaba los dedos pegajosos. Yo mordía otra vez, sorprendida de que algo tan grande pudiera desaparecer tan pronto.
Entonces escuché a un padre cantarle algo a su hija. No cantaba bien. Tampoco parecía importarle.
Y dentro de su voz apareció la de papá:
—Las rejas de Chapultepec son verdes…
Sonreí.
Papá repetía esa frase cada vez que llegábamos. Tal vez conocía la canción completa; tal vez no. Para mí, aquellas palabras eran suficientes. Eran el anuncio de que el paseo había comenzado.
Seguí caminando, pero ya no estaba completamente en el presente.
Frente a mí continuaban las varitas luminosas; en mi memoria giraban rehiletes. Ahora los juguetes caminan con pilas, hacen ruido y representan personajes de películas o videojuegos. A mediados de los años ochenta, los vendedores llevaban globos, silbatos, trompos, yoyos, pelotas de hule, muñecas, pequeños aviones y figuras de plástico colgadas de varas y alambres.
No había letreros con promociones ni forma de pagar acercando un teléfono. Había pregones, billetes doblados y monedas que yo vigilaba con la esperanza de que alguna acabara convertida en juguete.
Todo me parecía indispensable.
Un globo no era un globo. Era la posibilidad de llevarme un pedazo del cielo. Un rehilete era una máquina capaz de hacer visible el viento. Y el algodón de azúcar demostraba que también las nubes podían comerse.
Una ardilla bajó por el tronco de un árbol y me devolvió al domingo.
Una señora se detuvo, la miró y dijo:
—Qué bonita.
A su lado, una niña quedó inmóvil.
Para la señora era una ardilla bonita. Para la niña era un acontecimiento.
La contemplaba con la boca entreabierta. La cola le parecía enorme; las manos diminutas, perfectas; cada salto, una proeza. La ardilla brincó de una rama a otra y, por un instante, me pareció verla volar. Cuando desapareció detrás de un tronco, la niña siguió mirando el mismo lugar, esperando que el prodigio decidiera repetirse.
Yo también había mirado así.
Recordé una ardilla en Chapultepec. ¿Era la misma mañana de Tohuí? ¿O mezclaba dos paseos distintos? La memoria de la infancia no siempre respeta el calendario. Conserva aquello que importa y deja que lo demás se acomode como pueda.
La ardilla sostenía algo entre las manos. Yo quería acercarme, tocarla y seguirla hasta el sitio secreto donde seguramente vivía con todas las demás ardillas del bosque.
Mamá me detuvo.
—Déjala. Mírala desde aquí.
Y la miré.
Ahora he visto muchas ardillas. Aquella vez sentí que acababa de encontrar la primera del mundo.
Seguí hacia el lago. Ya no me pareció inmenso. Vi sus orillas, la distancia entre una lancha y otra, el cansancio de quienes pedaleaban. La mujer adulta calculaba sin querer.
La niña no.
Para ella, el lago era un mar encerrado dentro del bosque. Cada lancha emprendía una expedición verdadera. Los patos llegaban como una comitiva y el Castillo, suspendido sobre los árboles, pertenecía a un reino que no podía ser el mismo de las avenidas y los camiones.
¿En qué momento dejamos de mirar las cosas por primera vez?
No encontré una respuesta. Sólo pensé que las cosas no habían empequeñecido. Yo había aprendido a medirlas.
Pasó junto a mí otra niña abrazando un panda de peluche y regresé a los años ochenta.
En aquellos años, ir a Chapultepec significaba buscar a Tohuí.
Yo decía Towi, como tantos niños. Su cara aparecía en canciones, distintivos, fotografías, juguetes y peluches. Los adultos hablaban de su nacimiento con un orgullo que yo todavía no comprendía. Para mí era simplemente la panda de Chapultepec: blanca y negra, redonda y querida.
Recuerdo la multitud frente a ella y mi desesperación al no poder ver más que espaldas. Me puse de puntas. No sirvió. Traté de mirar entre dos personas y alguien volvió a taparme. Entonces tuve que colarme, pedir permiso y empujar un poco para abrirme un huequito. Papá me ayudaba desde atrás y mamá me pedía que no me separara.
Cuando por fin conseguí verla, abrí los ojos con asombro y contuve la respiración, como si cualquier movimiento mío pudiera hacerla desaparecer.
Tohuí era más grande que los peluches y más verdadera que las canciones. Respiraba, comía y se movía delante de mí. Durante unos segundos, el día entero pareció haber cumplido su promesa.
Una familia extendía ahora una manta bajo los árboles. La madre sacaba recipientes de una mochila mientras los niños preguntaban qué podían comer primero.
Volví a ver las manos de mamá.
Las vi acomodando la comida, cerrando un recipiente, doblando una servilleta, limpiándome la boca y guardando aquello que yo había dejado tirado. Nosotros mirábamos globos, ardillas, lanchas y pandas. Ella recordaba el agua, cuidaba el dinero, repartía la comida y contaba a los niños.
Entonces yo creía que las cosas simplemente sucedían.
Hoy sé que alguien las hacía posibles.
Me quedé un momento observando a aquella madre desconocida. Quise decirle a la niña que algún día recordaría esas manos mejor que muchos acontecimientos que entonces le parecían más importantes.
No le dije nada.
Hay cosas que cada persona debe descubrir cuando llega su momento.
Chapultepec ha cambiado. El zoológico fue transformado; la antigua feria desapareció y en su lugar existe otro parque. Hay espacios culturales y recorridos que mi infancia no conoció. Las cámaras de rollo dieron paso a teléfonos capaces de conservar cientos de imágenes de una sola mañana. Los juguetes y las botanas retratan otro tiempo.
Pero algunas cosas permanecen.
Permanece el Castillo entre las ramas. Permanece el reflejo quebrado del cielo sobre el lago. Permanecen el algodón de azúcar, los globos y la antigua negociación entre un niño que desea algo y un padre que decide si debe comprarlo.
Permanece también la posibilidad del asombro. La misma ardilla que una mujer mira con simpatía puede detener el mundo entero de una niña.
Y permanecen las voces.
Pensé en llamar a papá y preguntarle si todavía recuerda la canción. Me alegró saber que puedo hacerlo, que su voz no pertenece solamente a mi memoria y que todavía puedo decirle: “Papá, me acordé de ti”.
Con mamá es distinto.
A ella ya no puedo llamarla. No puedo preguntarle qué llevaba en aquellos recipientes ni cuál de mis recuerdos ocurrió exactamente como lo cuento. Puedo agradecer lo que me enseñó sin discursos: preparar con cuidado, prever las necesidades de los demás, poner límites y hacer que una familia se sienta atendida sin convertir el cuidado en espectáculo.
Puedo también encomendarla a Dios y ofrecer una oración por su alma.
Antes pensaba que las tradiciones eran lugares, canciones, comidas y fechas. Ahora entiendo que son maneras de amar que se repiten hasta formar parte de nosotros.
Papá cantaba.
Mamá preparaba.
Yo corría hacia adelante con la seguridad de que ambos venían detrás.
Eso era un día de campo. No solamente comer bajo los árboles o visitar a una panda famosa. Era recibir, sin saberlo, una forma de pertenecer. Era aprender que la felicidad podía caber en una canasta y que un paseo ordinario para los padres podía convertirse en herencia para sus hijos.
Antes de salir miré otra vez las rejas.
Seguían siendo verdes.
Pero esta vez no vi solamente el hierro y la pintura. Vi la voz de mi padre, las manos de mi madre, el blanco y negro de Tohuí, una ardilla gigantesca y un lago tan grande como el mar.
Me sentí agradecida por la niña que fui y por la mujer que aquellos días ayudaron a formar.
Agradecida porque todavía puedo decirle a papá que lo recuerdo cantando.
Y agradecida, sobre todo, por la madre que tuve: por todo lo que sostuvo mientras yo creía que solamente estábamos pasando un día en Chapultepec.
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