Que nuestros hijos no miren la vida solamente a través de una pantalla
Que nuestros hijos no miren la vida solamente a través de una pantalla
Escuchar este artículo · 16:38
Hay una escena que se repite en muchas casas.
Una familia se encuentra alrededor de la misma mesa, pero no siempre está verdaderamente reunida. Alguien responde un mensaje; otro mira un video; uno más consulta algo que parece urgente. Las palabras se vuelven breves, la conversación se interrumpe y, durante unos minutos, cada persona permanece en un lugar distinto aunque todos estén sentados a pocos centímetros de distancia.
No ocurre necesariamente por falta de cariño. Tampoco porque los padres hayan renunciado a educar o los hijos hayan decidido aislarse. Sucede, muchas veces, porque las pantallas se han incorporado a nuestra vida con tanta rapidez que apenas hemos tenido tiempo de preguntarnos qué lugar deben ocupar en ella.
La tecnología no es enemiga de la familia.
Un teléfono permite avisar que hemos llegado bien, hablar con quien vive lejos, pedir ayuda, consultar un mapa, aprender un idioma, escuchar música o conservar fotografías de momentos que amamos. Una computadora puede abrir el acceso a bibliotecas, cursos, documentos y personas que de otro modo serían inalcanzables. La inteligencia artificial puede ayudarnos a buscar información, ordenar ideas, explicar un concepto difícil o comenzar una tarea que no sabíamos cómo abordar.
Negar todo esto sería tan injusto como ingenuo.
Pero reconocer la utilidad de una herramienta no significa entregarle el gobierno de nuestra atención.
El problema no consiste solamente en cuánto tiempo miran nuestros hijos una pantalla, sino en qué cosas dejan de mirar mientras la observan.
Dejan de mirar, a veces, el rostro de quien les habla. Dejan de advertir que su madre está cansada, que su padre desea contarles algo, que su hermano necesita compañía o que el abuelo repite una historia porque teme que nadie llegue a recordarla. Dejan de observar la lluvia, el movimiento de los árboles, la expresión de una persona triste o la alegría pequeña de quien esperaba ser recibido.
Se puede aprender mucho mirando una pantalla. Pero existen verdades que solamente se comprenden mirando a los ojos.
Un niño puede conocer imágenes de montañas sin haber sentido nunca el viento en una montaña. Puede reconocer animales de países lejanos y no saber el nombre del árbol que crece frente a su casa. Puede recorrer virtualmente museos y ciudades enteras sin haber caminado despacio por su propio barrio. Puede tener cientos de contactos y, sin embargo, carecer de una conversación verdadera.
Puede saber dónde se encuentran muchas cosas y no saber todavía dónde se encuentra él mismo.
Las redes sociales prometen comunicación y en ocasiones la consiguen. Acercan a familiares, permiten compartir noticias y hacen visibles realidades que antes permanecían ocultas. Pero también pueden acostumbrar a nuestros hijos a contemplar la vida de los demás como una sucesión de escenas seleccionadas: cuerpos perfectos, habitaciones ordenadas, viajes constantes, éxitos sin esfuerzo y sonrisas sin dolor.
Cuando esa representación se confunde con la vida real, lo cotidiano comienza a parecer insuficiente.
La propia casa parece menos hermosa. El propio cuerpo, menos digno. La propia familia, menos interesante. La alegría sencilla pierde brillo frente a una felicidad cuidadosamente preparada para ser exhibida.
Entonces ya no se vive solamente para vivir. Se empieza a vivir para ser visto.
Nuestros hijos necesitan aprender que una fotografía no contiene una vida completa. Detrás de una imagen alegre puede existir cansancio; detrás de una apariencia segura puede haber miedo; detrás de una multitud de seguidores puede esconderse una profunda soledad. Comparar la verdad entera de nuestra existencia con el instante escogido de otra persona es una forma silenciosa de injusticia contra nosotros mismos.
También necesitan recuperar la atención.
Atender no es únicamente permanecer quieto. Es ofrecer una parte de nosotros a la realidad que tenemos delante. Escuchar una explicación hasta el final, seguir el argumento de un libro, terminar una tarea, contemplar una obra de arte, acompañar a una persona que habla despacio o permanecer en silencio ante el Santísimo exigen una atención que no puede formarse si todo debe cambiar a cada instante.
La pantalla nos permite avanzar, retroceder, acelerar, interrumpir y sustituir aquello que ha dejado de entretenernos. La realidad, en cambio, posee su propio ritmo.
Un niño pequeño no puede acelerarse. Un enfermo no puede deslizarse con el dedo para dejar de sufrir. Una amistad no se descarga terminada. Una vocación no aparece como respuesta inmediata. Una persona no debe ser descartada porque dejó de resultarnos interesante.
Aprender a vivir exige aceptar que no todo puede modificarse a nuestro gusto.
Por eso preocupa que nuestros hijos reciban respuestas cada vez más rápidas sin aprender a formular preguntas profundas.
La inteligencia artificial puede explicarles una operación, resumir un texto, sugerir una estructura o mostrarles caminos para investigar. Bien utilizada, puede ser una ayuda extraordinaria. Pero también puede convertirse en una manera muy sofisticada de evitar el esfuerzo de comprender.
No es lo mismo recibir una respuesta que haber aprendido.
Si un estudiante pide a una herramienta que piense, redacte y concluya siempre por él, quizá entregue una tarea correcta, pero habrá perdido algo más importante que una calificación: la oportunidad de ejercitar su inteligencia, descubrir sus errores, perseverar ante una dificultad y expresar con palabras propias aquello que realmente comprende.
La inteligencia artificial puede relacionar una enorme cantidad de información, pero no puede formar por sí sola la conciencia de un niño.
Puede describir distintas posiciones morales, pero no asumir la responsabilidad de una decisión. Puede proponer palabras de consuelo, pero no amar a quien sufre. Puede generar una oración, pero no ponerse en presencia de Dios. Puede imitar el lenguaje de la sabiduría, pero no reemplazar una vida virtuosa.
La conciencia se forma en el encuentro con la verdad, mediante el ejemplo, la corrección, la experiencia, el arrepentimiento, la gracia y el ejercicio repetido de elegir el bien. Ninguna aplicación puede hacer ese camino en lugar de nuestros hijos.
Tampoco puede hacerlo en lugar de nosotros.
Sería fácil presentar el problema como una lucha entre padres prudentes e hijos cautivados por sus teléfonos. Pero los hijos observan con una precisión incómoda. Advierten si les pedimos que dejen el teléfono mientras nosotros seguimos mirando el nuestro; si respondemos mensajes durante la comida; si interrumpimos una conversación para atender una notificación; si llevamos la pantalla de una habitación a otra como si temiésemos permanecer unos minutos sin ella.
No educamos solamente mediante las reglas que imponemos. Educamos mediante aquello a lo que concedemos nuestra atención.
Si un niño descubre que su padre levanta la mirada cuando él entra, aprende que su presencia importa. Si una madre deja a un lado el teléfono para escuchar una historia que podría parecer insignificante, le enseña que ninguna voz amada debe competir continuamente por ser atendida. Si una familia puede comer, caminar o viajar durante un tiempo sin consultar una pantalla, demuestra que el mundo real todavía tiene algo que ofrecer.
La responsabilidad de los padres no consiste únicamente en vigilar. Consiste en estar presentes.
Los controles técnicos pueden ser necesarios. Hay contenidos de los que un niño debe ser protegido, horarios que conviene establecer y espacios de la casa que deben permanecer libres de teléfonos. Pero ninguna contraseña sustituye la confianza; ningún filtro reemplaza una conversación, y ninguna restricción, por acertada que sea, educa por sí misma el deseo.
No basta con impedir que nuestros hijos entren en ciertos lugares. Tenemos que mostrarles hacia dónde vale la pena ir.
Deben encontrar en su casa libros que puedan abrir, preguntas que puedan formular, labores en las que sea necesaria su ayuda, juegos que no estén programados de antemano y adultos dispuestos a escucharlos sin prisa. Necesitan conocer la satisfacción de terminar algo con sus manos, cuidar una planta, preparar una mesa, ordenar una habitación, ayudar a un hermano, visitar a un enfermo o descubrir que alguien puede contar con ellos.
La vida se vuelve más interesante cuando dejamos de ser espectadores y asumimos una responsabilidad dentro de ella.
También conviene devolver a los niños el derecho de aburrirse.
Hemos comenzado a considerar el aburrimiento como una emergencia que debe resolverse inmediatamente. Basta un momento de espera para ofrecer una pantalla: en el automóvil, en un restaurante, en la sala de un médico o mientras los adultos conversan.
Sin embargo, no todo vacío debe llenarse.
A veces el aburrimiento es el umbral de la imaginación. Al principio, el niño no sabe qué hacer. Después observa, pregunta, inventa, dibuja, construye, lee, conversa o transforma cualquier objeto sencillo en parte de una historia. Descubre que su mente no necesita recibir estímulos continuamente para estar viva.
También el silencio puede resultar incómodo antes de volverse fecundo.
Quien nunca ha permanecido en silencio difícilmente aprende a reconocer sus propios pensamientos. Y quien no escucha su interior puede terminar obedeciendo, sin advertirlo, la voz más insistente, la moda más repetida o el deseo más inmediato.
La naturaleza ayuda a recuperar esa atención.
En ella, las cosas no aparecen porque alguien las ha seleccionado para nosotros. Un árbol no busca nuestra aprobación; un río no cambia de dirección para entretenernos; una montaña no compite por conservar nuestra mirada. La realidad natural se ofrece con una libertad que nos obliga a salir de nosotros mismos.
El niño que camina por el campo, contempla el mar, observa un insecto o mira las estrellas descubre un mundo que no puede deslizar, acelerar ni modificar con un dedo.
Comprende que la creación no está hecha solamente para su consumo.
La naturaleza enseña paciencia porque una semilla no germina al instante. Enseña límites porque el cuerpo se cansa, la lluvia altera los planes y el camino exige esfuerzo. Enseña asombro porque existen bellezas que nadie fabricó para vendernos algo. Y enseña gratitud porque aquello que contemplamos pudo no haber existido y, sin embargo, está ahí.
No todas las familias pueden viajar con frecuencia ni vivir cerca de grandes paisajes. Pero el encuentro con la realidad no exige siempre una excursión extraordinaria. Puede comenzar en una maceta, un parque, una caminata por la colonia, el cielo visto desde una ventana o la costumbre de detenerse a mirar cómo cambia la luz al final de la tarde.
Lo importante es enseñar a mirar.
La fe lleva esta educación de la mirada todavía más lejos.
Para el cristiano, el mundo no es solamente información disponible. Es creación, misterio, responsabilidad y don. Las personas no son perfiles; son seres amados por Dios. El cuerpo no es una imagen que debe corregirse para obtener aprobación; es parte de una persona llamada a la vida eterna. El tiempo no es una serie de estímulos que debemos consumir; es la materia concreta con la que respondemos a nuestra vocación.
La oración nos devuelve a una presencia que no puede medirse mediante reacciones, seguidores ni velocidad.
Ante Dios no necesitamos exhibirnos. No podemos impresionarlo con una apariencia cuidadosamente construida ni ocultarle el vacío detrás de nuestras palabras. La oración enseña a permanecer, escuchar, agradecer, pedir perdón y reconocer que no somos el centro del mundo.
La vida sacramental añade algo que ninguna experiencia virtual puede reemplazar: la realidad de una gracia recibida por medio de signos concretos. El agua toca la frente; la voz pronuncia la absolución; el pan y el vino son consagrados; la persona se arrodilla, responde y recibe. La fe cristiana no nos aparta del cuerpo ni del mundo visible. Dios mismo ha querido encontrarnos dentro de ellos.
Por eso, enseñar a un hijo a orar no consiste solamente en transmitirle palabras. Es ayudarlo a descubrir que puede hacer silencio ante Alguien; que su vida posee un sentido que no depende de la opinión pública; que sus acciones tienen consecuencias morales, y que ninguna tecnología podrá responder por él a la pregunta de quién está llamado a ser.
Nuestros hijos vivirán rodeados de instrumentos que nosotros apenas comenzamos a conocer. No sería sensato pretender educarlos como si esas herramientas no existieran. Tendrán que aprender a utilizarlas con competencia, prudencia y libertad. Deberán saber distinguir una fuente verdadera de una mentira, una ayuda de una sustitución, una conversación de una exhibición y una herramienta de un amo.
Pero para conseguirlo necesitan haber conocido algo anterior y más profundo.
Necesitan saber cómo suena una voz que los escucha sin distraerse. Cómo se siente una casa donde hay momentos de conversación verdadera. Qué alegría produce comprender algo después de haberse esforzado. Qué paz nace de una conciencia limpia. Qué pequeño parece un teléfono ante un cielo lleno de estrellas. Qué distinta es una amistad cuando no depende únicamente de mensajes. Qué ocurre en el alma cuando, por fin, todo calla y podemos hablar con Dios.
La mejor defensa frente al dominio de las pantallas no será enseñar a nuestros hijos a despreciarlas.
Será darles una vida que no quieran abandonar por completo para refugiarse en ellas.
Una vida con afectos verdaderos, deberes concretos, trabajo, lectura, juego, naturaleza, belleza, conversación, silencio, oración y sacramentos. Una vida en la que sepan que son necesarios para alguien y responsables de algo. Una vida suficientemente arraigada en la realidad para que la tecnología encuentre su lugar como instrumento y no reclame el lugar de la existencia misma.
No podemos pedirles que jamás miren una pantalla.
Pero sí podemos procurar que, cuando levanten los ojos, encuentren un rostro que los recibe, una realidad que merece su atención y un mundo que todavía sabe despertar su asombro.
Y que aprendan a contemplarlo no solamente como una sucesión de imágenes disponibles, sino como lo que verdaderamente es:
una creación que les ha sido confiada, una vida que deben aprender a amar y un camino por el que Dios sale a su encuentro.
Comentarios
Publicar un comentario