¿Qué significa defender realmente a la mujer?
¿Qué significa defender realmente a la mujer?
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Narración realizada con una voz generada mediante inteligencia artificial.
Hay verdades que una mujer comprende con la inteligencia y otras que aprende cuidando una vida.
Las descubre cuando reconoce el llanto de un niño entre muchas voces; cuando permanece despierta junto a la cama de quien está enfermo; cuando escucha aquello que alguien no sabe expresar; cuando corrige, consuela o espera; cuando comprende que amar no consiste solamente en sentir, sino también en permanecer.
No es necesario haber dado a luz para poseer esa capacidad. Existe también una maternidad espiritual que se manifiesta en quien educa, acompaña, cura, protege, aconseja o se hace responsable de otro ser humano. En muchas mujeres hay una disposición particular para acoger la vida y advertir necesidades que otros no alcanzan a ver.
Esa capacidad no las hace frágiles. Muchas veces constituye el origen de su fortaleza.
Por eso, cuando hablamos de defender a la mujer, no basta con enumerar derechos, oportunidades o puestos alcanzados. Todo ello es importante, pero antes debemos preguntarnos qué estamos defendiendo y cuál es la idea de mujer que deseamos transmitir a nuestras hijas.
Durante mucho tiempo se cometieron injusticias que no deben minimizarse. A muchas mujeres se les negó una educación adecuada, se desestimó su inteligencia, se toleraron abusos dentro y fuera del hogar y se les cerraron caminos que legítimamente podían recorrer. Algunas quedaron atrapadas en situaciones de violencia o abandono porque la sociedad prefirió guardar las apariencias antes que escuchar su sufrimiento.
Reconocerlo no destruye a la familia ni debilita la autoridad. La justicia nunca amenaza aquello que está fundado en la verdad.
Una mujer debe poder estudiar, cultivar sus talentos, ejercer una profesión, administrar sus bienes, participar en la vida pública y expresar su pensamiento. Debe recibir la misma remuneración que un hombre cuando realiza el mismo trabajo con igual responsabilidad. Debe ser protegida frente a la violencia y respetada en la libertad que corresponde a toda persona. Nadie tiene derecho a tratarla como objeto, dominarla mediante el miedo ni aprovecharse de su vulnerabilidad.
Defender todo esto no es una concesión de nuestro tiempo. Es reconocer la dignidad que cada mujer posee por ser persona.
Pero esa defensa queda incompleta cuando solamente protege su capacidad de producir, competir y ocupar espacios. También debe proteger su derecho a amar, cuidar, formar una familia y ser madre sin que esas decisiones sean consideradas una derrota.
Hoy se dice a las mujeres que podemos llegar adonde queramos. La frase parece generosa, pero a veces encierra una condición: podemos llegar, siempre que midamos el éxito con los criterios del poder, del dinero y de la productividad.
Podemos triunfar, se nos dice, si trabajamos como si no tuviéramos cuerpo, hijos, padres ancianos o necesidad de descanso. Podemos ser madres, siempre que la maternidad no interrumpa demasiado nuestra carrera. Podemos formar un hogar, pero conviene no necesitar afectivamente de nadie. Podemos amar, aunque sin entregarnos tanto que lleguemos a depender del otro.
Esa libertad resulta extrañamente estrecha.
Necesitar y ser necesitada no es necesariamente una forma de esclavitud. Existen dependencias que humillan, pero también hay vínculos que sostienen, responsabilidades que ennoblecen y promesas que nos hacen crecer.
Una madre sabe que no todo vínculo aprisiona. Algunos vínculos revelan quiénes somos.
La mujer no debería verse obligada a elegir entre desarrollar su inteligencia y formar una familia, entre ejercer una profesión y estar presente en la vida de sus hijos. Una sociedad justa no debería exigirle que sacrifique una parte de sí para demostrar el valor de la otra. Debería procurar, en cambio, que pueda asumir sus decisiones con libertad y responsabilidad.
Por eso, defender a la mujer también significa defender la maternidad.
Significa que ninguna mujer tema perder su trabajo por estar embarazada; que no quede sola cuando el padre evade su responsabilidad; que pueda alimentar, cuidar y acompañar a su hijo sin ser tratada como si hubiera renunciado a toda aspiración importante; que su trabajo dentro del hogar sea reconocido, aunque no aparezca en una nómina, y que, si decide suspender o reducir durante un tiempo su actividad profesional, no sea considerada menos inteligente, menos capaz o menos valiosa.
Nadie debe coaccionar a una mujer para contraer matrimonio ni reducirla a un instrumento de procreación. Pero tampoco es justo presentarle la maternidad como una amenaza de la cual necesariamente deba defenderse, ni abandonarla cuando una nueva vida reclama el cuidado y la responsabilidad de su madre y de su padre.
Defender a la mujer exige igualmente hablar con claridad de los hombres.
Durante años se disculparon conductas masculinas que habrían sido severamente juzgadas en una mujer. La infidelidad, el abandono de los hijos, la irresponsabilidad afectiva y ciertas formas de violencia se toleraron como si fueran consecuencias inevitables del carácter masculino. No lo son. Un hombre no demuestra su fortaleza imponiéndose sobre quienes dependen de él. La demuestra haciéndose responsable de sus actos, dominando sus impulsos y permaneciendo cuando sería más fácil marcharse.
La paternidad no consiste solamente en proporcionar recursos. Un hijo necesita la presencia, la palabra, el ejemplo y la corrección de su padre. También necesita verlo respetar a su madre. La forma en que un hombre trata a una mujer educa silenciosamente a sus hijos acerca de lo que significa amar.
No puede pedirse a las mujeres que confíen en los hombres si los hombres no están dispuestos a hacerse dignos de esa confianza.
Pero reconocer esta responsabilidad no debe llevarnos a imaginar que hombres y mujeres somos adversarios. La historia humana no puede reducirse a una lucha para determinar quién domina a quién. Es necesario abandonar tanto la antigua pretensión de considerar inferior a la mujer como la nueva tentación de presentar al hombre como un enemigo del cual conviene prescindir.
No fuimos creados para competir por la dignidad. La dignidad del hombre no disminuye cuando se reconoce la de la mujer, ni la mujer necesita empequeñecer al hombre para afirmar su propio valor.
Hombres y mujeres poseemos la misma dignidad personal y compartimos una misma vocación a la santidad y a la vida eterna. Pero la igualdad no exige que seamos idénticos. La diferencia sexual no constituye una injusticia. Se corrompe cuando uno pretende dominar al otro; se vuelve fecunda cuando se expresa en respeto, complementariedad y ayuda mutua.
Una sociedad obsesionada con la competencia casi nunca se pregunta qué cualidades femeninas necesita el mundo o qué perdemos cuando una mujer cree que debe endurecerse para ser respetada. La ternura no es debilidad; el pudor no es temor, y la entrega no es falta de carácter.
Tampoco toda renuncia es sometimiento. Algunas renuncias nacen del amor. Quien cuida a un hijo enfermo, acompaña a su esposo en la adversidad, vela por sus padres ancianos o deja a un lado una comodidad para ayudar a otra persona no necesariamente se está perdiendo a sí misma. Puede estar ejerciendo una forma más profunda de libertad.
El problema comienza cuando la entrega es exigida solamente a una parte, cuando no es reconocida ni correspondida o cuando se utiliza el amor de una mujer para justificar el egoísmo de quienes la rodean.
Servir no es hacerse menos. Es emplear libremente lo que somos para procurar el bien de los demás. El servicio nace del amor y conserva la dignidad; el servilismo nace del miedo y termina por borrar la conciencia. Por eso, la entrega verdadera puede exigir acompañar, corregir, poner límites o decir que no. Nunca debe convertirse en licencia para el abuso.
Las palabras con que se ha pretendido defender a la mujer —incluida la palabra feminismo— tienen hoy significados muy distintos. Antes de aceptar o rechazar una etiqueta, conviene examinar lo que realmente contiene. Es justo combatir la violencia, la discriminación y el desprecio a la inteligencia femenina. No lo es pedir a la mujer que, para ser libre, reniegue de su cuerpo, desprecie la maternidad o contemple al hombre como adversario.
La causa justa no depende del nombre que se le dé. La mujer no necesita escoger entre su dignidad y su feminidad. No tiene que hacerse menos sensible para ser fuerte, menos maternal para ser inteligente, menos creyente para ser libre ni menos mujer para ser respetada.
La fe cristiana ofrece una respuesta especialmente profunda. Nuestra dignidad no depende de la aprobación social, de la belleza, de la juventud, de la productividad ni del reconocimiento de los demás. Procede de Dios. Cada mujer ha sido querida por Él como una persona irrepetible, con inteligencia, voluntad y una vocación que nadie puede vivir en su lugar.
Esta convicción la libera de la obligación de demostrar continuamente que merece existir.
María constituye la expresión más elevada de esa dignidad. No es una figura pasiva ni decorativa. Pregunta, escucha, decide y permanece. Acepta libremente una misión que transforma su vida. Acompaña a su Hijo en el silencio de Nazaret, interviene con delicadeza en Caná y permanece de pie cuando casi todos han huido.
Su fortaleza no nace del deseo de imponerse. Nace de saber a quién pertenece y para qué vive.
En ella, la maternidad no borra la personalidad: la lleva a su plenitud. Su humildad no es inseguridad; su obediencia a Dios no anula su libertad; su ternura no excluye la firmeza. María demuestra que una mujer puede entregarse enteramente a la voluntad de Dios sin perder su inteligencia, su decisión ni su fortaleza ante el mundo.
Defender realmente a la mujer significa ayudarla a reconocer esa dignidad antes de que otros pretendan establecer su precio.
Significa enseñar a nuestras hijas que nadie tiene derecho a humillarlas o utilizarlas; que deben cultivar su inteligencia, sostener sus convicciones y distinguir entre ser admiradas y ser amadas; que han de cuidar su cuerpo sin convertirlo en mercancía y trabajar con excelencia sin hacer del éxito profesional la medida de toda su vida. También significa enseñarles que no deben avergonzarse de su ternura, de su deseo de amar, de su capacidad de cuidar ni de la posibilidad de formar un hogar.
Y significa enseñar a nuestros hijos varones a no temer la inteligencia de una mujer, a no aprovecharse de sus sentimientos, a respetar su cuerpo y su libertad, a cumplir la palabra dada y a comprender que la verdadera hombría se manifiesta en el dominio de sí mismo, la responsabilidad y el servicio.
No habrá una auténtica dignificación de la mujer si nos limitamos a enseñar a nuestras hijas a defenderse, pero no formamos a nuestros hijos para respetarlas y ser hombres de bien.
Defender a la mujer es construir una sociedad donde estudiar no le exija renunciar a la familia; donde la maternidad no la condene a la precariedad; donde el matrimonio no suprima su voz; donde el trabajo no devore su vida y donde la fe no sea presentada como enemiga de su libertad.
Una sociedad que no solamente proteja todo lo que una mujer puede hacer, sino que reconozca y defienda todo lo que una mujer es.
Que ninguna moda le haga sentir vergüenza de ser mujer.
Que ningún hombre la convenza de que vale menos.
Que ninguna ideología le exija mutilar una parte de sí misma para concederle el derecho de ser escuchada.
Y que, cuando llegue el momento de defender su dignidad, recuerde que no está reclamando un privilegio ni pidiendo una concesión.
Está protegiendo aquello que recibió de Dios.
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