XXIII. El último gajo

Identificador: GE-021.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 14 de junio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XXIII. El último gajo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XXIII

EL ÚLTIMO GAJO.

El postrero y sápido gajo de la epopeya cabal de Cortés, que viene a ser su vida toda, es la muerte del héroe, “vencedor del Nuevo Mundo, vencido de la envidia”, como dice Argensola. Sabido es que amargáronle sus últimos años las ingratitudes, traiciones e intrigas; sus interminables querellas con la Corona; el poco caso que de él se hizo en la Metrópoli cuando para arreglarlas fue a ella; la ninguna cuenta que de él se tuvo en la expedición de Argel, en que Carlos V fracasó por no seguir su consejo. Y así, “vino la muerte a llamar a su puerta”; llegó al cabo de sus días, muriendo cristianamente en Castilleja de la Cuesta, lugar vecino a Sevilla, el 2 de diciembre del año de 1547. “Puesto ya el pie en el estribo” para el viaje final, se acuerda de su México entrañablemente amado, y dispone que en estas tierras descansen en definitiva sus huesos. Recuerda igualmente a los naturales, y manifiesta en su testamento:

“Item, porque acerca de los esclavos naturales de la dicha Nueva España ansí de guerra como de rescate, ha habido y hay muchas dudas e opiniones sobre si se han podido tener con buena conciencia o no, e hasta agora no está determinado, MANDO QUE TODO AQUELLO QUE GENERALMENTE SE AVERIGUARE QUE EN ESTE CASO SE DEBE HACER PARA EL DESCARGO DE LAS CONCIENCIAS EN LO QUE TOCA A ESTOS ESCLAVOS DE LA DICHA NUEVA ESPAÑA, QUE SE HAGA E CUMPLA EN TODOS LOS QUE YO TENGO Y ENCARGO; e mando a D. Martín mi hijo sucesor, e a los que después de él sucedieren en mi estado, que para averiguar esto hagan todas las diligencias que convengan al descargo de mi conciencia e suyas”.

La obra de Cortés, al través de las centurias, persiste. Lo medular de ella, que somos nosotros, que es México, lo atestigua. Cortés, como reconoce el norteamericano Prescott, no era un conquistador vulgar. Era, en realidad, el más grande de la Historia. Fue, en lo humano, el creador de la Nacionalidad Mexicana. Su ambición iba más allá de la simple materialidad del mando y de la riqueza. Quiso ambos para dar cumplimiento a codicias de muy otro y superior género. Él quería –y supo hacerlo- dar vida a una nueva nación en que se prolongara el providencial papel histórico de la cultura hispánica; defender y difundir, por todo el planeta, la civilización cristiana, única que merece el dictado de civilización en toda la plenitud y alcances del vocablo. No fue su plan el exterminio de los indígenas, sino su cristianización e hispanización, que era puntualmente el intento esencial de las empresas transoceánicas de España. En el intento de nuestro mestizaje físico, psicológico y sociológico, es todo un símbolo la circunstancia de haber sido don Hernando quien comenzó la costumbre de rebautizar a los lugares y poblaciones con una doble denominación, que incluía lo mismo el nombre aborigen que una nueva y añadida voz española, que solía ser el nombre de algún santo. Cruzado de la Catolicidad, puso en riesgo supremo su propia vida por ella. Si esto no hubiese sido; si sólo móviles materiales le hubiesen impulsado, no habría nunca, lo recalcamos, arriesgado la empresa y la existencia al ir derribando los ídolos que habían venerado o temido los indígenas, sin excluir al más terrible de ellos, el sanguinario Huitzilopochtli o Huichilobos, al que millones de víctimas o al menos centenas de miles se había sacrificado. Por eso, cuando cierra contra el gran ídolo, las palabras inmortales que dan la clave y la íntima explicación de la epopeya cortesiana son las que ya hemos recordado: “A algo nos hemos de poner por Dios.”

Cuatro siglos después de su muerte, don Hernando de Cortés, el creador de México, nuestra Patria, aguarda la reivindicación y aun el desagravio de muchos de sus propios hijos. Pero ella no ha de tardar demasiado, porque México, a pesar de la gran conspiración histórica que en su contra se ha fraguado, está volviendo a tomar conciencia colectiva de su verdadera Historia. Y de su Destino –deparado por la Providencia en la Historia por venir- y que signan la espada y el estandarte de Cortés, que llevando en su lienzo el emblema más alto de los siglos añadía esta leyenda que nos está exigiendo actuales vivencias: “AMIGOS, SIGAMOS LA CRUZ, Y SI TUVIÉSEMOS FE, EN ESTA SEÑAL VENCEREMOS”.

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