XXI. Prescott y el falso indigenismo

Identificador: GE-019.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 31 de mayo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XXI. Prescott y el falso indigenismo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XXI

PRESCOTT Y EL FALSO INDIGENISMO.

La literatura y la actitud de exaltación de lo indígena con detrimento de lo hispánico, en México, han tenido uno de sus principales focos de irradiación en los compatriotas del historiador norteamericano Prescott. A éste, sin embargo, hay que abonarle la frecuente sinceridad con que expone las conclusiones y juicios a que, sobre esta materia, le llevaron sus investigaciones. Veamos cómo enjuicia, yendo a la médula de las cosas, al llamado imperio azteca. Y bueno es observar que para este enjuiciamiento panorámico no se detiene en consideraciones chocarreras sobre elementos secundarios, como el saber si los aborígenes se bañaban una o dos veces al día, mientras los europeos del Siglo XVI sólo una o dos veces en la vida, o el sostener que había mayor calidad artística en las obras de multicolor plumaje de mixtecos y zapotecas, que en los tapices flamencos. Prescott, por cierto, nos da juicios en que va a la entraña de la cuestión:

“… No lamentamos la caída de un imperio que tan poco hacía en pro de sus súbditos y de toda la humanidad. No obstante el lustre de los últimos tiempos de su historia, y la fama que les han ganado la gloriosa defensa de su capital, la culta magnificencia de Moctezuma y el indómito heroísmo de Cuauhtemotzin, los aztecas eran una raza feroz y brutal, poco a propósito para excitar nuestras simpatías y respeto. Su civilización, la que les hemos conocido, acaso no era suya propia, sino débil reflejo de la de otra raza que les había precedido. ESA CIVILIZACIÓN ERA CON RESPECTO A LOS AZTECAS, UN BUEN INJERTO EN MAL TRONCO, Y NUNCA HABRÍA DADO FRUTOS PERFECTOS. Gobernaban sus extensos dominios con la espada y no con el cetro: nada hicieron por promover la condición abyecta de sus vasallos…; no amalgamaban a todos los pueblos sojuzgados en una sola nación con derechos e intereses comunes, sino que, por el contrario, tenían por bárbaros y extraños aun a aquellos mismos que estaban dentro del valle y a las puertas de la metrópoli: ésta, el corazón de la vasta monarquía, no tenía simpatía ninguna con el resto del cuerpo político, y era extranjera dentro de sus propios dominios”.

“Los aztecas no solamente no fomentaban el adelantamiento de sus vasallos, SINO QUE HASTA CIERTO PUNTO LOS DEGRADABAN. ¿Cómo podía una nación progresar en el camino de la civilización, si se entregaba a sacrificios humanos y además de esto era antropófaga?... La influencia de los aztecas PROPAGÓ SU HORRIBLE SUPERSTICIÓN A PAÍSES EN QUE ERA DESCONOCIDA, O EN QUE POR LO MENOS, NO PREVALECÍA EN TODO SU VIGOR. EL EJEMPLO DE LA CAPITAL ERA CONTAGIOSO: CONFORME FUE CRECIENDO EN OPULENCIA, LAS BÁRBARAS CEREMONIAS DE LA RELIGIÓN FUERON TAMBIÉN CRECIENDO EN POMPA Y EN TERRIBLE GRANDEZA… LOS HOMBRES SE HABITUABAN CON ESCENAS SANGRIENTAS Y CON LAS MÁS HORRENDAS CEREMONIAS. EL CORAZÓN SE ENCALLECÍA, LAS COSTUMBRES SE VOLVÍAN FEROCES Y LA DÉBIL LUZ DE LA CIVILIZACIÓN, HEREDADA DE UNA RAZA MANSA Y PACÍFICA, SE DEBILITABA MÁS Y MÁS, MIENTRAS MÁS MILLONES DE VÍCTIMAS ERAN ENCADENADAS EN LAS JAULAS, INMOLADAS EN LOS ALTARES Y DEVORADAS EN LOS BANQUETES. ¡TODA LA TIERRA SE HABÍA CONVERTIDO EN UNA VASTA HECATOMBE!”

Perdónesenos la longitud de la cita, en gracia a su justiciera claridad, y a pertenecer su lenguaje a una pluma que no tenía el menor interés en ennegrecer las tintas para hablar del horror del Anáhuac precortesiano. Téngase cuenta, además, que Prescott –hace más de cien años-, observaba ya un hecho que debiera cubrirnos de vergüenza: “Nadie ha detractado tanto a los conquistadores, como sus descendientes, los actuales mexicanos. Bustamante, el editor de Ixtlixóchitl, concluye una animada invectiva contra los invasores, proponiendo que en el sitio donde fue cogido Cuauhtemotzin, que ahora es tierra firme, se erija un monumento que, como lo dice la inscripción misma, entregue la odiosa memoria de estos bandidos a la execración universal… Cualquiera supondría que en las venas del indignado editor y en las de sus compatriotas, corre sangre azteca pura y no contaminada con sangre castellana; o por lo menos, que sus antipatías por la raza castellana, les habrán hecho apresurarse a reintegrar en sus antiguos derechos a los aborígenes. Pues sépase que no obstante estos raptos de generosa indignación, en que abundan los escritos de los autores mexicanos de nuestros días, ni la revolución de independencia, ni ninguno de sus numerosos “pronunciamientos”, ha resultado en beneficio de los indios, ni ha servido de que se les devuelva un solo palmo de su antiguo territorio”.

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