XVIII. Cortés y la Ciudad de México

Identificador: GE-016.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 10 de mayo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XVIII. Cortés y la Ciudad de México

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XVIII

CORTÉS Y LA CIUDAD DE MÉXICO.

De las hermosas y originalísimas páginas inéditas sobre don Hernando de Cortés, escritas por el doctor Ernesto González Aguilar, bueno es ahora subrayar y ofrecer los siguientes fragmentos, llenos de una vigorosa sugestión, que propician detenerse en ellos en fecunda actitud reflexiva:

“…La Ciudad de México no era una ciudad cualquiera, perdida en el anonimato de las ciudades contingentes. Era la ciudad señora de una tierra y cabeza visible de una Patria y asiento de un Estado, y, por eso, ciudad necesariamente existente para explicar una historia.

“Porque hay dos especies de ciudades: la especie vulgar de las ciudades que son indiferentes a la existencia, y la especie selecta de las ciudades que deben existir necesariamente. Las ciudades indiferentes a la existencia, no tienen otra significación que su importancia material de ser núcleo económico de una región cualquiera. Las ciudades que deben existir necesariamente, son las ciudades que tienen muchas significaciones, aunque la más importante es la de ser voluntades ordenadoras del movimiento espiritual de su región. Las unas son de la especie de la cantidad o de las ciudades contingentes y las otras son de la especie de la calidad o de las ciudades necesarias.

“Las ciudades contingentes, recostadas sobre la comodidad de su utilitarismo, atraen hacia sí las ansias de “confort” de los alrededores. Las ciudades necesarias tienen por oficio, con cargo a su conciencia y ante la Ley de Dios, llevarse tras sí las dificultades de todas las vidas. Las unas son un amontonamiento de millonarios y de proletarios que se emboscan unos de otros tras el humo de sus cigarros puros o de sus fábricas; las otras son la escalera jerarquizada de los valores morales que se aman tras la vieja muralla de las vidas de los antepasados. Las unas hacen concursos de perros bonitos, y de mujeres bonitas, y competencias de engullidores de manzanas; las otras tienen monumentos y casas ennoblecidos por la pátina de los siglos, y su sístole y diástole regístranse en ese corazón del espíritu municipal que es el templo y las casas consistoriales, frente por frente. Las ciudades contingentes tienen la realidad de un vestido lujoso, y por eso pasan con la trivialidad de una moda de París, sin hacerle falta a la Historia. Las ciudades necesarias –Atenas, Roma…- no mueren nunca del todo: siguen viviendo la inmortalidad de su esencia, porque son necesarias para explicar la Historia.

“Y la ciudad de México es una ciudad necesaria.

“Es una ciudad necesaria, porque tiene muchas significaciones, aunque la más importante es la de contener en sí la flecha espiritual que señala el destino de la Patria Mexicana, el ser la voluntad que ordena y la fuerza rectora del alma colectiva de la tierra mexicana, a la vez que testamento imperecedero en que su fundador deja inscritos los trazos enérgicos y fundacionales del Estado Mexicano. Por eso Cortés no pidió para su ciudad una medalla al mérito deportivo, ni el diploma ribeteado de oro que acredita a los miembros de una sociedad protectora de animales, ni el certificado que hace constar la aburrida erudición de un entomólogo, Cortés quiso para su ciudad una corona imperial”

He aquí la clave de la íntima razón sociológica e histórica de la ciudad de México. Una preclara función imperial. La de ser cabeza de uno de los grandes centros de irradiación de esa empresa imperial del Espíritu en la Historia, que está a cargo de los pueblos hispánicos.

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