XIX. Amor de los indios a Cortés
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 17 de mayo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Gajos de la epopeya
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
XIX
AMOR DE LOS INDIOS A CORTÉS.
Pasadas las durezas que son siempre cortejo de la guerra, el capitán que abatió el poderío azteca gozó, en términos generalísimos, no sólo del respeto que imponían su ánimo esforzado y sus fabulosas hazañas, sino también de un verdadero cariño por parte de los indígenas. Ya su condición se había mostrado, durante la etapa conquistadora, como de gran benignidad. Sus dotes de cordialidad y de personal simpatía humana –amén de sus cualidades estrictamente diplomáticas-, le habían sabido ganar amigos verdaderos en las horas difíciles. Era además notorio, que durante los trances bélicos había confirmado en su conducta el reverso del proloquio que afirma que lo cortés no quita a lo valiente, manifestando en su conducta que lo valiente no le quitaba lo cortés y lo humanitario. Quiso siempre –sin mengua de las urgencias y seguridades mínimas a que, como general, debía atender- disminuir los rigores que en personas y propiedades trae conexo todo conflicto de armas, y tuvo siempre una estupenda, magnánima hidalguía con el vencido.
Su gobernación de la Nueva España dio a entender en cuánta estima y amor tenía a los naturales. Ello dio por resultado que éstos, desechando rencores que hubieran sido fácilmente explicables, le correspondieran con los mismos sentimientos. Cortés, padre de una Patria naciente, tenía forzosamente que amar a los dos materiales humanos con que empezaba a construir el edificio de la nacionalidad; como el arquitecto, que tenía que tomar en cuenta lo mismo al tezontle que a la cantera con que iba a levantarse la gran casa espiritual de México. Y aquí cabe hacer notar, de paso, cuánto se acuerdan con el carácter cortesiano las cosas dichas por Jorge Manrique, de su padre el maestre don Rodrigo, en sus coplas famosas:
“¡Qué amigo de sus amigos!
¡Qué señor para los criados
y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué Maestre de esforzados
y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡CUÁN BENIGNO A LOS SUBJECTOS,
y a los bravos y dañosos
un león.”
Dos veces mostróse, singularmente, en desnuda espontaneidad, el amor indígena a Cortés: cuando tornó de la infortunada expedición a las Hibueras, y cuando regresó de España casado con doña Juana de Zúñiga y hecho ya Marqués del Valle. La brevedad del espacio disponible nos hace subrayar tan sólo, aquí, la manifestación popular que -en la primera de estas ocasiones-, tuvo a los naturales por los tal vez más entusiastas protagonistas. Dejemos la palabra al deleitoso y gráfico Bernal Díaz:
“Y desque lo supieron (la llegada de Cortés a Veracruz), todos los indios de la redonda tráenle presentes de oro y mantas y cacao y gallinas y frutas… e yendo por sus jornadas en el camino le tenían limpios y hechos aposentos con grandes ramadas con mucho bastimento… Pues saber yo decir lo que los mexicanos hicieron de alegrías, que se juntaron con todos los pueblos de la redonda de la laguna y le enviaron al camino gran presente de joyas de oro y ropa y gallinas y todo género de frutas de la tierra que en aquella sazón había; y le enviaron a decir que les perdone, por ser de repente su llegada, que no le envían más; que de que vaya a su ciudad harán lo que son obligados, y le servirán como a su capitán que los conquistó e que los tiene en justicia. Y de aquella misma manera vinieron otros pueblos. Pues la provincia de Tascala no se olvidó mucho, que todos los principales le salieron a rescibir con danzas y bailes y regocijos…”
En las goteras de México, salió a recibirle “el tesorero, con todos los caballeros y conquistadores y cabildo…, y con los caciques mexicanos por su parte, con muchas maneras de invenciones y devisas y libreas que pudieron haber, y la laguna llena de canoas e indios guerreros en ellas, según y de la manera que solían pelear con nosotros en el tiempo de Guatemuz, y los que salieron por las calzadas fueron tantos juegos y regocijos, que se quedarán por decir, pues en todo el día por las calles de México todo era bailes y danzas; y después que anocheció, muchas lumbres a las puertas…; y los indios de todas las provincias le venían a ver y le traían presentes de oro, y aun los caciques del peñol de Coatlán, que se habían alzado, le vinieron a dar el bien venido y le trujeron presentes”.
He aquí, reducido a polvo miserable, la versión del Cortés irremediablemente odiado por los indígenas. Moctezuma, que más bien disfrutó de un supersticioso temor reverencial por parte de sus súbditos, ni siquiera pudo soñar en ser amado por su pueblo, de la manera que, apenas a un lustro de la caída de Tenochtitlán, lo fue Cortés: el más benigno, cordial y humano de los conquistadores, que en todo esto superó al mismo clásico ejemplo de Alejandro el macedonio.

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