XIII. Destrucción del Huichilobos

Identificador: GE-011.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 5 de abril de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XIII. Destrucción del Huichilobos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XIII

DESTRUCCIÓN DEL HUICHILOBOS.

No fue tan fácil como la de los de Cempoala la destrucción del magno ídolo de los meshica, el diabólico Huichilobos, y de su compañero el Tezcatlipoca. Este último era el mismo que en viejo mito de los aborígenes urdió la intriga maquiavélica que diera fin al bienhechor reinado del civilizador Quetzalcóatl en Tollán y en Cholula. Aquella antigua, tenebrosa victoria, fruto de la insidia, ahora iba a tener su castigo en un combate cabal, frente a frente. El desquite de Quetzalcóatl –el enemigo de los sacrificios humanos- iban a realizarlo los hombres blancos y barbados predichos por él. Y ello ocurrió en un lance que se antojaría desaforado si no fuera uno de los episodios de sublimidad más heroica de la epopeya universal.

Tiene lugar en un momento de los de más terrible incertidumbre que registra la narración de la Conquista: cuando –vuelto Cortés de lo de Narváez- los aztecas lo sitian, con toda su tropa y sus aliados tlaxcaltecas, en sus aposentos del palacio de Axayácatl. Fueron inverosímilmente enconados todos los combates que se sostuvieron entre españoles y tenochcas durante esos días, hasta la sentida muerte de Moctezuma y la memorable salida y derrota de la Noche Triste. En apariencia, en esos días la hueste cortesiana estaba condenada a desaparecer, a ser literalmente aplastada por la abrumadora mayoría de los indios. Eran luchas en todo semejantes a los más desorbitados relatos de la fábula o de los libros de caballerías, en los que los protagonistas siempre tienen que enfrentarse a adversarios que les superan fantásticamente en número.

Pero dejemos la palabra a Cortés mismo, y, sobre todo, al inigualable Bernal: voz toda detalle y pictórica descripción; realismo sin rival; magia impresionante que, más que entregarnos la relativa vivacidad de lo cinematográfico, nos introduce en el tumulto vivo de las escenas, en la propia realidad rediviva del episodio –que psicológicamente se actualiza, por milagroso poder, en la lectura-, y que nos convierte, de espectadores, en actores verdaderos que van de uno a otro lugar del drama, con visión y sensación directa de las cosas; palpando los objetos, oyendo hablar a los personajes, escuchando la grita y los denuestos, el chocar de la espada y el macuahuitl; resbalando a lomo de los caballos en los puentes de las acequias; chapaleando entre las aguas sucias de sangre y escombros para ponerse en salvo y seguir la pelea:

“Y todavía determinamos que, aunque a todos costase la vida, de ir con nuestras torres e ingenios hasta el gran cu del Huichilobos”, declara Bernal. Y Cortés, manco de la mano izquierda por una herida de los días anteriores, liada la rodela en el brazo, agrega: “fuí a la torre con algunos españoles…; y yo comencé a sobir por la escalera de la dicha torre, y tras mí ciertos españoles…” Pero, sigue diciendo Bernal, “luego de repente suben en él (el teocali) más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban con grandes lanzas e piedra e vara, y se ponen en defensa y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas ni los de caballo; porque aunque querrían arremeter los caballos, había unas losas muy grandes empedrando todo el patio, que se iban a los caballos pies y manos, y eran tan lisas, que caían e como desde las gradas del alto cu nos defendían el paso, e a un lado y a otro teníamos tantos contrarios, y aunque nuestros tiros llevaban diez o quince de ellos, e a estocada e arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podíamos subir al alto cu con gran concierto tornamos a porfiar, sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.”

Y prosigue Bernal, tan sobrio en exclamaciones y encarecimientos con ésta en él desusada vehemencia ponderativa:

“Aquí se mostró Cortés muy varón, como siempre lo fue. ¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos a todos corriendo sangre y llenos de heridas, y otros muertos; y quiso Nuestro Señor que llegamos adonde solíamos tener la imagen de Nuestra Señora, y no la hallamos, que paresció, según supimos, quel gran Moctezuma tenía devoción en ella, y la mando guardar; Y PUSIMOS FUEGO A SUS ÍDOLOS Y SE QUEMÓ UN BUEN PEDAZO DE LA SALA CON LOS ÍDOLOS HUICHILOBOS E TEZCATEPUCA. Entonces nos ayudaron muy bien los tascaltecas. Pues ya hecho esto, estando questábamos unos peleando e otros poniendo el fuego como dicho tengo ver los papas (sacerdotes) questaban en este gran cu, y sobre tres o cuatro mil indios, todos principales, ya que nos bajábamos, cuál nos hacían venir rodando seis gradas y aun diez abajo e hay tanto que decir de otros escuadrones questaban en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tanta vara y flecha, que ansí a unos escuadrones como a los otros no podíamos hacer cara, acordamos con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas de nos volver a nuestros aposentos, los castillos deshechos, y todos heridos, y diez y seis muertos, y los indios siempre apretándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien no nos vió, aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé senificar… Muchas veces he visto pintada entre los mejicanos y tascaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu, Y TIÉNENLO POR COSA MUY HEROICA, que aunque nos pintan a todos nosotros muy heridos y corriendo sangre e muchos muertos en retratos que tienen dello hechos, en mucho lo tienen esto de poner fuego al cu y estar tanto guerrero guardándolo, e… cómo fue posible subille…”

He aquí el inolvidable episodio que, pareciendo arrancado de las páginas de la fábula, asume, en su heroica realidad, la excelsa categoría de símbolo de toda esa gran hazaña histórica que es la Conquista.

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