XII. Los ídolos de Cempoala y Tlaxcala

Identificador: GE-010.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 29 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XII. Los ídolos de Cempoala y Tlaxcala

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XII

LOS ÍDOLOS DE CEMPOALA Y TLAXCALA.

El primer sonado derrocamiento de ídolos tuvo lugar en Cempoala. Cortés exige al cacique gordo y a los principales cempoaltecas que, para tenerlos por hermanos y aliados, preciso es que den con sus ídolos en tierra, dejen de sacrificar y comer seres humanos, y se limpien de sodomías, ya que, entre otros, había “muchachos vestidos en hábitos de mujeres que andaban a ganar en aquel maldito oficio”. Al obtener una respuesta negativa, dice Bernal Díaz que “nos habló Cortés sobrello… y que cómo podíamos hacer ninguna cosa buena si no volvíamos por la honra de Dios y en quitar los sacrificios que hacían a los ídolos…, y que aunque nos costase las vidas, en aquel día habrían de venir al suelo”.

Así, en efecto, se pudo hacer, por la amenaza que hizo a los totonacas de abandonarlos a la ira de Moctezuma –cuyo señorío se había desconocido por ellos en la persona de sus recaudadores de tributos-. También por el temor de que los españoles matasen al cacique gordo y a algunos sacerdotes y magnates a quienes se echó mano oportunamente. “Subimos (al cuyo templo) –narra Bernal- sobre cincuenta soldados y los derrocamos, y vienen rodando aquellos sus ídolos hechos pedazos”. En su lugar, después de lavar las paredes de las costras de sangre de los sacrificios, y después de encalar los aposentos, como una toma de posesión de la tierra que se iba ganando para una vida signada por la eficacia redentora de la Cruz, se colocó ésta y una imagen de Nuestra Señora sobre un altar que ahí se hizo; y todo se hermoseó con las primeras rosas que el Anáhuac brindaba a la que había de ser, a los pocos años, su definitiva y bienamada soberana celeste. Y al otro día, se dijo misa y Cortés hizo una buena prédica a los indios.

El enjuiciamiento de los ídolos tlaxcaltecas, en cambio, quedó en suspenso. Cortés, vencido por lo pronto por la necesidad que tenía para las contingencias del futuro incierto, de sus aguerridos y poderosos aliados, tuvo que tolerar y disimular el disgusto que le causó el senado de esa república con su negativa a abandonar el culto de sus viejos teules. Y es de notar lo que a este propósito le dijo el padre Olmedo, “que era hombre entendido y teólogo”: “Señor, no cure vuestra merced de más les importunar sobre esto, que no es justo que por fuerza les hagamos cristianos, y aun lo que hicimos en Cempoal de derrocalles sus ídolos no quisiera yo que se hiciera hasta que tengan conocimiento de nuestra santa fe. ¿Y qué aprovecha quitalles agora sus ídolos de un cue y adoratorio si los pasan luego a otros? Bien es que vayan sintiendo nuestras amonestaciones, que son santas y buenas, para que conozcan adelante los buenos consejos que les damos”.

La teología del padre Olmedo era buena por lo que hace a no forzar a los indios a abrazar el cristianismo, lo que ciertamente no estaba en la mente de Cortés. Pero el no “derrocalles sus ídolos”, cuando ello se pudiere, no lo era tanto. Porque, puntualmente, esos ídolos no eran meros símbolos inoperantes, sino que, por desgracia, constituían la base de sustentación del sistema de no interrumpidas e impenitentes violaciones del Derecho Natural, en punto de tanta esencia como el que se refiere al derecho a la vida, constantemente atropellado por la costumbre de los sacrificios humanos.

En éste y en todos los casos similares, existe un derecho a impedir la violación del Derecho Natural. Y, a veces, ello puede revestirse de toda la fuerza conminatoria de una obligación condicional. La condición ordinaria para que se produzca la obligación, es evidente que consiste en la posibilidad de defender los derechos esenciales violados en la persona de un semejante. Parece claro que esa era, ni más ni menos, la situación que tenía enfrente Cortés. Lo que se le planteaba, en realidad, en cada distinta ocasión, era un problema de casuística: indagar hasta qué punto era hacedero –y, por ende, obligatorio- el destruir los ídolos, y quitar a los indios de sacrificar y comer prójimos, y de reincidir en el vicio nefando.

Esa imposibilidad de lograrlo, por lo pronto, en Tlaxcala, se presentó también en Tenochtitlán, en un principio. Pero los días del Huichilobos estaban contados.

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