XI. Cortés contra los ídolos

Identificador: GE-009.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 22 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de XI. Cortés contra los ídolos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

XI

CORTÉS CONTRA LOS ÍDOLOS.

No es posible ignorar que la epopeya de la Conquista asume su significación más intensa, dramática y esencial en los episodios “estelares” en que el brazo nervudo de Cortés, armado de una espada con cruz en la empuñadura, exigió o realizó por sí mismo el derribo de los ídolos demoníacos. Tales episodios, por otra parte, manifiestan toda la gigante dimensión histórica del Conquistador, que no temía echar a perder el fruto de sus victorias sobre los aborígenes tocándoles lo que les era más entrañable y casi podríamos decir –extremando la metáfora- consubstancial.

Pero es que, propiamente, la epopeya cortesiana es uno de los más fascinantes relatos que pueda ofrecer la Historia, con mayor nitidez y fuerza, de esa lucha indeclinable y no interrumpida que es toda ella, desde la aparición del primer hombre, entre el Bien y el Mal. La conquista de México fue un duelo profundo y elemental entre Dios y el Diablo. Y Cortés y su hueste, con todos sus errores, defectos, humanas flaquezas y pecados fueron heroicos adalides de Dios en este combate desmesurado, que en nada cede a los más extraordinarios relatos de la fábula, de la leyenda o de la propia Historia. Y ello precisamente porque se trataba de un duelo “descarado” entre Dios y el Diablo, y no, verbi gratia, de una mera disputa por el dominio de los mercados. Nadie, en realidad, puede poner todo el corazón en un vulgar pleito de comerciantes. Es preciso para eso que estén en juego los más altos y decisivos valores. Y este era el caso para don Hernando y sus soldados.

Y en todo esto no hay ningún exceso verbal, ningún “slogan” de publicidad demagógica. Es, por el contrario, algo clarísimo y evidente para cualquiera que sabe cuál era el horror de la existencia en el Anáhuac de Moctezuma. Ese horror clamaba venganza al cielo. Ese horror de las sanguinarias supersticiones y de la guerra “florida”. Ese horror de la antropofagia y la sodomía elevadas al rango de cosas institucionales, que no puede menos que gritar al más inadvertido que en ello había algo más que simples desvíos y degeneraciones del hombre. Esa clase de “instituciones” nos hacen la sombría, la nefanda revelación de un exacerbado y avasallador satanismo, dotado de toda la ferocidad militante de que el Diablo es capaz cuando interviene en la Historia. Cuando los pueblos idolatran en la sodomía –recuérdese la innombrable manifestación de ello en Cozumel-; cuando son capaces de dejarse llevar por las sugestiones del Maligno hasta el grado de acumular decenas de miles de víctimas humanas en los solos días de la dedicación del gran teocali de Tenochtitlán, Dios se siente obligado a hacer llover fuego del cielo o a hacer que se descargue sobre los hombres el filo de la espada purificadora de la guerra.

Por eso, por la indudable verdad de la justicia de su causa, Cortés no vaciló en hacerse a la medida de la gran Cruzada que Dios le pedía a España para redimir a América. Por eso desoía las voces de humana prudencia del padre Olmedo, y alzaba, en cambio, los acentos de aquel memorable pregón que, hasta el fin de los tiempos, puede fungir como empresa heráldica del destino histórico de este México que tantos trabajos y riesgos ha pasado por la causa de Cristo: “A ALGO NOS HEMOS DE PONER POR DIOS”.

Y por ello, Cortés, anticipando el mentís a quienes habrían de verlo como un simple aventurero codicioso de oro, habrá de arriesgarlo todo –su vida y la de su pequeño grupo- en obsequio de un propósito de neta espiritualidad: derrumbar del gran cu, hediondo de sacrificios y antropofagias, al Huichilobos y al Tezcatlipoca, en los que encarnaba y de los que irradiaba a toda esta tierra, la tiranía del Diablo.

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