X. Papel de Tlaxcala
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 15 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Gajos de la epopeya
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
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PAPEL DE TLAXCALA
La situación social del Anáhuac bajo la férula azteca, se cifra por Orozco y Berra –que no hace precisamente apología de la Conquista-, así: “Aquella sociedad se dividía marcadamente entre vencedores y vencidos; entre esclavos y señores; entre privilegiados poseedores de los bienes de la tierra e ilotas desheredados, sin otro porvenir halagüeño que la muerte alcanzada en el campo de batalla o en el ara de un dios”.
Esto es lo que frecuentemente pretende olvidarse: que Tenochtitlán –con el subsidiario concurso de Texcoco y Tacuba- realmente esclavizó al resto de los señoríos del Anáhuac. No fue siquiera un remedo primitivo de la Roma organizadora y civilizadora. Más cerca estuvo de la Nínive de la depredación sistemática. Tenochtitlán fue un típico ejemplo de exacerbado militarismo, que no aniquilaba a los vencidos más que por una previsión repugnante: la de no consumir exhaustivamente la veta de los sacrificios humanos y la antropofagia ritual a ellos aneja.
Por eso es que a poco de pisar Cortés las playas veracruzanas, empieza a aparecer como una esperanza de liberación. De esa guisa lo entendió el senado de Tlaxcala, después de las derrotas de sus tropas a manos de los hombres blancos y barbados. No quiso verlo así nunca, el bravío Xicoténcatl el mozo, por resentimiento contra los que en batalla le habían vencido. Pero su pueblo sí hubo de comprender la promesa cortesiana de libertad. Creyó en ella. Y en ella fincó una alianza, cumplida por Tlaxcala con una fidelidad ejemplar.
Hay un momento singularísimo en el relato de la Conquista, de tensa expectación. Cuando Cortés, en retirada a raíz del desastre de la Noche Triste, se abre paso desesperadamente al través de territorios directamente sometidos a Tenochtitlán, y llega maltrecho y desbaratado al de la república tlaxcalteca. Fue un instante decisivo en que puede afirmarse que la suerte de la empresa conquistadora estuvo casi totalmente en manos de Tlaxcala. El miedo a los meshica o el deseo de un mal aventurado desquite contra los españoles, pudo dar al traste con todo. Adverso a éstos, en las deliberaciones del consejo, porfía Xicoténcatl, el cual preferirá inclusive una alianza con los tenochca, tiranos institucionales de su pueblo. Pero Tlaxcala opta por el camino de la fidelidad al pacto con Cortés, y salva los planes de éste.
El anciano Maxixcatzin –en cierto modo, primate entre los del senado-, recibe al capitán español, con un abrazo, y le confirma “que tenga por cierto que le serán muy fieles y verdaderos amigos hasta la muerte”. Y el pueblo manifiesta su adhesión con vítores y aclamaciones. Plebiscito elocuente, en que coincidían el sentimiento popular y el buen juicio de los gobernantes.
Desde entonces, Tlaxcala, que ya había estado con Cortés en lo de Cholula y en los memorables y varios sucesos de Tenochtitlán, siguió estando con él, codo con codo, hasta la dramática, conclusión del sitio a la ciudad del lago, a la Nínive de Anáhuac, cuyo paralelismo con la original llega hasta sufrir la misma suerte que ésta, e igualmente a manos de quienes por largos años habían sentido el rigor de su yugo. Porque, al final de cuentas, contra ella fueron, con los tlaxcaltecas, cuantos ya no podían soportar la tiranía tenochca.
Pero Tlaxcala supera más tarde los transitorios móviles del odio, y se constituye en un interesantísimo caso de asociación a la tarea civilizadora de España en diversas porciones del territorio que habría de ser el de la incipiente nación mexicana. Y así, cuando sucesivamente se emprende la labor de reducción de otros pueblos, Tlaxcala proporciona contingentes humanos para poblar muchas de las tierras que se iban incorporando a la civilización. Fueron de esta suerte un inestimable puente psicológico entre los españoles y los pobladores de esas regiones. Entre los otomíes; entre los pieles rojas norteños; en Michoacán y Jalisco; en el sur y aun en Guatemala llegaron a asentarse núcleos tlaxcaltecas asociados a los hispanos.
Tlaxcala, así, vino a desempeñar el papel de un consocio ilustre en el empeño civilizador. Fue, en cierta medida, “co-forjadora” de lo que habría de ser nuestro México.

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