VII. Tetralogía simbólica: Melchorejo, Guerrero, Aguilar y doña Marina

Identificador: GE-005.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 23 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de VII. Tetralogía simbólica: Melchorejo, Guerrero, Aguilar y doña Marina

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

VII

TETRALOGÍA SIMBÓLICA:

MELCHOREJO, GUERRERO, AGUILAR Y DOÑA MARINA

Sobre el trasfondo del cuadro general de la Conquista, como cuando se mira un lienzo desde ciertos ángulos y bajo ciertas luces, destácanse los cuatro personajes del rubro con un vigor de simbolismo que resulta más intenso si se les contrasta a unos con otros. Cada uno es de por sí un drama singular, una vibración y actitud peculiares en el gran drama del choque de culturas que, esencialmente, significó la Conquista. Cada uno de ellos asume un valor en verdad emblemático, por el respectivo papel que libremente juega en esa colisión de concepciones de la vida y del hombre. Alrededor de ese eje de unidad dramática, puédese formar con ellos una apasionante tetralogía alegórica. Vienen a ser los representativos de cuatro tipos humanos que, de entonces acá, se han dado en la vida de México.

Veamos, en mero apunte, lo que cada uno fue y representa.

Empecemos con el indio Melchorejo, apresado en Catoche por la expedición de Hernández de Córdoba. Más que darle trato de prisionero, se intentó en Cuba incorporarle a la mentalidad y a la vida hispánica. Creyósele, probablemente, aficionado y hecho ya a ambas, y así se le agregó a la armada cortesiana. Sin embargo, el Melchorejo, de retorno a sus andurriales y al trato de sus gentes, a poco andar dio a entender que no sólo no había comprendido la generosa dádiva que se le brindaba en forma de una existencia y cultura superiores, sino que antes bien la detestaba en su corazón. Cuando juzga la ocasión propicia, desampara el real de Cortés, vuelve a los suyos, a su idolatría y a su canibalismo. Aconseja a los tabasqueños que den batalla a los blancos. De nada le vale poner al servicio de la causa de los ídolos y la antropofagia el conocimiento que había adquirido de los hábitos españoles. La derrota aborigen en Centla hace que los mismos suyos le castiguen con la muerte. Así paga el diablo. De esta guisa, Melchorejo se torna en el símbolo acabado de todos los que entonces o después no entendieron el contenido redentor de lo que a estas tierras trajo Cortés.

Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, los dos españoles que navegando de Darién a Santo Domingo con otros compañeros naufragaron en la costa del Golfo de México y quedan cautivos de los indios, nos ofrecen por su parte un contraste ciertamente arquetípico. Es de ponderarse el abismo espiritual que el cautiverio abre entre uno y otro.

Veamos a Aguilar: al tener noticia de la llegada de los barcos de don Hernando a Cozumel, hace lo indecible para reincorporarse a todo aquello que sus gentes significaban: civilización, libertad, costumbres hidalgas, dignidad de la persona, esperanzas para lo temporal y para lo eterno. ¡Cuántas veces, en sus desesperadas vigilias selváticas, no recordaría, silabeándolo con añoranza en la dulce lengua materna, el adagio de que nadie sabe el bien que tiene sino cuando lo ve perdido! Y cuántas otras, viéndose “tresquilado a manera de indio esclavo”, con una manta “vieja muy ruin, e un braguero peor con que cubría sus vergüenzas”, consolaríase repasando –tal vez a escondidas- las antiguas oraciones de su semideshojado “Libro de Horas”, que era como el solo vínculo a la vez tangible que espiritual que le quedaba de su patria y de su cultura. Fracasa su primer intento de reunirse a sus gentes, porque el barco destacado por Cortés para el rescate de los náufragos de que le hablan unos indígenas, se torna a Cozumel pasado el plazo de espera que se le ha fijado, Pero el Aguilar no para en su empeño hasta que, al fin, logra verse otra vez entre cristianos.

Hogaño, ¡cuántos hispanoamericanos, cuántos mexicanos se han sentido, como Jerónimo de Aguilar, náufragos y cautivos del espíritu en la selva inexorable de la propaganda indigenista a ultranza y antihispánica rabiosa! Un secreto instinto les hizo volver a lo suyo, salvando formidables obstáculos. A lo hispánico. Y mientras no lo lograban, ante las voces negativas del anti México, sólo repetían lo de Juan de la Cruz, en decepcionada queja: “¡No saben decirme lo que quiero!”.

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