Viejecitas
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 26 de agosto de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las hemos visto –con cariño que humedece los ojos- subir su anciana hecha al decoro y la parsimonia del México que fue, a esa universidad de la majadería que es el vehículo urbano, donde, como en la cárcel cervantina, toda incomodidad tiene su asiento. Las hemos visto asirse trabajosamente y ser zarandeadas por los movimientos del tranvía o del camión en marcha, ante la indiferencia estólida del común de los pasajeros. Hemos sido testigos de sus zozobras y espantos al ir de una a otra acera, salvando las marejadas de automóviles, sin acabar de explicarse nunca el porqué de la bárbara anarquía del tránsito capitalino, que les llena el corazón de palpitaciones y el alma de azoradas angustias.
Y las hemos contemplado también en sus tertulias sabrosas en que se enhebran añoranzas y suaves maledicencias “rociadas apenas por la mostaza del pecado venial”. Y en sus mansas tardes hogareñas que resbalan entre la lectura de un novelón fin de siglo y el todavía ilusionado tejer encajes para la consola tradicional de una sala en que lo ajado de los muebles se pierde en un prestigioso nimbo de recuerdos que se prenden a cada adorno, a cada daguerrotipo desleído, a cada estatuilla descansando en florido pedestal rococó, a cada pliegue de las gruesas cortinas de colores apagados y borlas solemnes como las que pudieran colgar del lacre de un venerable rescripto imperial o pontificio.
Las sabemos incomprendidas. Por eso a más de una hemos frecuentado. Hemos acudido a su charla gustosa, salpicada de giros lingüísticos ya olvidados, de refranes mexicanísimos, de enjuiciamiento sorprendentemente lúcido y exacto de las bellaquerías callejeras, políticas y bélicas, incluyendo la última pavorosa novedad de la bomba atómica. Y llegamos a ellas como a un refugio –pocos quedan, ya- de sensatez, de finura en el trato, de suaves modales, de señorío, de compasiva solicitud para el sufrimiento, de humana benevolencia para el semejante, de tierno y dulce amor al Dios de los abuelos.
Restos de un naufragio histórico, tienen plantada su tienda en estas playas de nuestra modernidad. Y en ella viven con el gesto propio de quien ocupa un sitio a título precario, convencidas de la provisionalidad de su ubicación en este mundo nuevo cuyo ritmo les incomoda porque no lo entienden o, quizá porque lo entienden demasiado bien. Y sólo las sacan de sus cuatro paredes las mismas sabias rutinas de su mocedad: la misa de siete, el rosario vespertino, las incursiones de su gula inocente al mercado del rumbo, el catecismo de los sábados, la visita a las viejas amistades o a los nietos y sobrinos pequeñines. De lo nuevo, sólo les atrae el viaje breve y fácil a la población del interior; los accidentados relatos radiofónicos al modo del de Chucho el Roto; las películas nacionales en que bullen cosas que reflejan en alguna manera modos y sentimientos de su época: gallardías de charros, en la bizarría de tramas novelescas con desplantes de hombría de los buenos tiempos, con sus situaciones dramáticas a base de fidelidad a un juramento o a la palabra empeñada, con amores hondos y recios, de esos que “nada más los rompe Dios” y que se inician a la vera de una reja castiza y culminan en fugas a lomo de “garañón y con matraca y entre los tiros de la policía”…
Desde aquí les rendimos el homenaje de nuestra devoción, “por su verdad de pan bendito”. Porque son limpio cristal en que la Patria puede aprender a ser fiel a su espejo diario, como pedía López Velarde. Porque en los surcos del rostro –vigilias tensas, sinsabores que giran en torno del esposo y los hijos– dejó su sello la exquisita feminidad mexicana, esa que se nutre de valor ante la vida, de dulcedumbre, de recato, de sobria y graciosa coquetería que aun juguetea en la leve encajería de sus pañuelos y en la aromada espiritualidad de sus aguas de olor. Porque en la hora difícil supieron tener fresca, “en el caso de la espera”, la rosa del amor y de la fe. Porque cada una de ellas supo ser madre de tal modo que cuando el hijo ausente, en la nostalgia de una conversación, evoca a su viejecita, empieza diciendo
“que tiene
“Los ojos como estrellas…¡y no sabe decir más!”

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