Viajes

Identificador: SD-030.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 10 de febrero de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Filosofía y cultura.
Ilustración de Viajes

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

¿Qué motor recóndito impulsa el odiseico afán viajero de los hombres? De hecho, es de índoles varias. Lo que sí puede afirmarse es que tanto las expediciones viajeras de trascendencia histórica como los recorridos de los inquietos trotamundos de profesión o los viajes del hombre común y corriente tienen siempre, en mayor o menor intensidad, un no sé qué cautivador, un soplo novelesco de aventura en que se agita un señuelo de novedad, de atracción a lo ignoto; un anhelo de los ojos y del alma de orearse en brisas de descubrimiento, de renovar sus perspectivas en paisajes no sabidos, en el trato de gentes que pueden tener para nosotros los mayores asombros.

Las contingencias de la guerra, la inadecuación o insuficiencia del “habitat” primitivo de los pueblos, explican sobre todo las migraciones en masa que la Historia registra y de las cuales el mundo ha sido, una vez más, testigo durante la pasada contienda universal. La finalidad estrictamente comercial, que antaño oteaba en busca de centros de intercambio para las mercaderías del propio país; la necesidad de los grandes sistemas industriales de disponer de zonas productoras de materias primas, dan la razón de la mayor parte de los empeños exploratorios durante los siglos genuinamente colonialistas XVIII y XIX.

Otras veces, las menos, las expediciones han tenido un sentido exclusivamente científico. Otras más, los grandes viajes por rumbos impensados, pueden ser efecto del azaroso extravío de la ruta ordinaria, como los homéricos de Ulises. Finalmente hay viajes en que son vientos del Espíritu los que hinchan las velas del navío o en que lo divino atrae, con invencible reclamo, el paso de la caravana: así el peregrinar de los Magos hasta el Belén de la estrella y de las profecías; tales las mediterráneas navegaciones de San Pablo, el Odisea evangelizador sin problema de retornos porque su patria se hallaba en toda tierra que quisiese oír el nombre de Cristo…

¿Y los grandes, los extraordinarios viajes de españoles y portugueses?... De ellos hay que decir que no existe, tal vez, ejemplo más hermoso en que la vinculación del propósito temporal con el espiritual haya sido de mayores dimensiones; más ambiciosa, heroica y fecunda; más geográficamente dilatada al propio tiempo que más honda en lo humano: de más preciosas y trascendentales consecuencias. En verdad, no pueden compararse los “triviales exploradores contemporáneos que, armados con los elementos que la ciencia y la industria han creado, subyugan a pobres tribus primitivas, boreales o australes, o a los isleños de Oceanía” con “los descubridores próceres, que honran a España y Portugal, y que, en pequeños buques de palo llegaron a las regiones americanas a fundar… nuestras naciones”. Cortés, acabada la conquista de México, decía, como la cosa más natural, al asiático rey de Cebú, en un mensaje: “…y pues estamos tan cercanos y en poca distancia de tiempo nos podemos comunicar, recibiré mucha honra de todas las cosas que de mi queráis ser aprovechado, me las hagáis saber”. Poca era la inmensidad del Pacífico para la inmensidad de su intrepidez.

Sea lo que fuere; obedeciendo a uno u otro motivo, los viajes dan campo propicio a la saludable tendencia humana a lo vario, a lo diversificado, a abarcar el cosmos en la cambiante multiplicidad de sus aspectos. Porque esa tendencia es, en suma, una bella manifestación del instinto de nuestras potencias superiores a proyectarse hacia todo lo que, en las distintas comarcas del globo, hay de valioso desde el punto de vista de la estimativa moral, artística, económica; o de lo pintoresco, de lo costumbrista, de las instituciones y de la intimidad espiritual de los pueblos.

Esto último explica por qué, en ocasiones, las aficiones viajeras encuentran su más cumplida satisfacción, más que en el dato escueto de la geografía física, en la geografía inmaterial pero más apasionante del alma de las naciones y razas. Y es frecuente que el tránsito o permanencia en un país nos desengañe ante la pobreza de su panorama material; pero, en cambio, nos asombre, y en subido grado, con las grandezas de su paisaje humano. No cabe duda que nos importan más la reciedumbre, multiplicidad, hondura y excelsitud de las virtudes de los moradores. Ante ellas, quedan en segundo plano la poesía delicada de las arboledas, el espejeante destello de ríos y lagos, la majestuosa variedad de los sistemas montañosos, la alfombra policromada de las llanuras o las imponentes y sobrecogedoras extensiones oceánicas. Siempre, para el hombre, por sobre el resto de las excelencias de la creación, lo que más le apasiona es “el otro yo” que hay en cada uno de sus semejantes.

Toma así la inquietud andariega su más exquisito sabor de aventura, de descubrimiento; porque en los viajes, los vecinos o los antípodas nos hacen la revelación formidable de sí propios, y nos asomamos al abismo fascinante, riquísimo, pasmoso de las infinitas manifestaciones de la especie.

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