VI. Cortés, jefe nato y gran señor
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 16 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Gajos de la epopeya
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
VI
CORTES, JEFE NATO Y GRAN SEÑOR.
Puestos ya en el empeño de saborear algunos gajos de la gesta de Cortés, no podemos escapar al deseo de transcribir, hoy, otro de los subrayados que hemos hecho al tener en nuestras manos el original de las estupendas páginas que sobre el héroe extremeño ha escrito –e infortunadamente no ha dado aún a la imprenta-, nuestro entrañable amigo, el doctor González Aguilar. Difícilmente podría decirse algo mejor, sobre el punto que ellas tratan, que estas palabras de oro, que merecen ser leídas y hondamente meditadas por todos los mexicanos.
Al referirse al atuendo y trato que Cortés comenzó a dar a su persona, al ser nombrado por Velásquez capitán de la armada que había de mejorar las exploraciones de Grijalva y de Hernández de Córdoba, González Aguilar apunta, al recordar la leyenda de los pendones que el inminente Conquistador mandó hacer: “Hermanos y compañeros: sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos”:
“…El Diego Velásquez pecaba de mezquino, y miraba con el ojo de su economía, y en su pequeño escudo no cabía tan grande empresa. Por eso el señor don Hernando quiso hacerse el jefe de la expedición para dar la respuesta de sus actos sólo ante la Ley de Dios y ante la presencia suprema del César.
“Pues así debe decirse: hay una manera de ser estúpido… del que se sabe capaz para dirigir con justicia; pero que no sube a dirigir porque prefiere acomodarse en su tranquila inmovilidad para ser gobernado con injusticia. Y hay una manera de ser grande –que la docilidad de los “sumisos a cualquier situación” se empeña en llamar estupidez-: la del que se sabe señor, y con todo conocimiento usa los privilegios naturales de su señorío con la intransigente altivez del derecho que se lleva dentro de sí mismo para cumplir con una obligación. Por eso, el que tiene entraña de señor, y no reniega de su esencia altiva en la estúpida cobardía del suspiro y del apocamiento, sabe que las buenas cualidades de los hombres llevan implícita la sabiduría del deseo divino que quiere que esas cualidades se pongan en ejercicio. Y que esas cualidades deben llevar a la determinación libérrima de tomar por el atajo que asciende prontamente a la cima de la perfección individual. Y sabe también que el reconocimiento de esas cualidades se funda en la humildad necesaria para glorificar al Valor Absoluto con el ejercicio y el desgaste del valor relativo. Y también sabe que la jefatura humana no es la silla acojinada para en ella recostarse y recibir los honores y las adulaciones, sino que es el cargo tremendo que pesa sobre las espaldas del hombre que sabe llevar sobre sí la tremenda responsabilidad de saber mandar.
“Por eso, Cortés, que tenía esencia de señor para dirigir con justicia, y no conoció la gravísima y culpable docilidad de someterse a la situación interesada de Velásquez, puso desde luego casa a su principalidad, con maestresala, mayordomo y camarero, para que los soldados conocieran y no olvidaran el rango necesario de la jefatura. Y se dio penacho de plumas, y se colgó medalla de oro al cuello, y se cuidó muy más de su persona que antes, porque la dignidad de los modales es la manifestación de la dignidad del señorío. Y mandó hacer estandartes y banderas para que los hombres rústicos de la Tierra Firme sintieran en el boato aparatoso y en el ruido de la cortesanía la nobleza del Capitán que venía delante de la nobleza de la Cruz. Eran los actos indispensables de la jerarquía, que requiere tomarse su lugar de ejemplo y de orden. Los actos aristocráticos que eran el proemio necesario para otros actos aristocráticos: los actos magníficos del Gran Conquistador, que decía gravemente un discurso teológico a los indios, y a poco andar hacía campo a la cólera para aporrear la perversa piedra de los ídolos.
“Eran esos los actos solemnes del jefe nato, que venía guiando como un profeta los yelmos de sus capitanes para traerlos a la alegre construcción de una nacionalidad que debía nacer festejada por las músicas guerreras del mejor siglo español: una nacionalidad que nacería a poco para vivir prolongando la epopeya heroica de la Reconquista en la Guerra Santa que nunca se termina. Una nacionalidad que viviría siguiendo la aventura misionera de Fray Antonio Margil de Jesús, la aventura de la espada gloriosa de Miguel el Macabeo, la aventura del verbo ígneo y católico de Anacleto González Flores, “el Maestro”.
En suma, Cortés dio la lección del que sabe la importancia de la dignidad exterior, que da fe de la dignidad intrínseca del que debe mandar. Y supo cortar con un tajo de espíritu las mentidas ataduras con que la legalidad formalista suele querer impedir la constante vigencia histórica de esa Legalidad superior que son los designios de la Providencia.

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