V. La Conquista y la Reconquista

Identificador: GE-003.
Publicación original: Novedades — Sección Editorial, 9 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.

Gajos de la epopeya

Ilustración de V. La Conquista y la Reconquista

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

V

LA CONQUISTA Y LA RECONQUISTA.

Es relativamente escaso el número de las referencias acertadas a la presencia del espíritu de la lucha octosecular de la Reconquista española en la epopeya cortesiana. Y sin embargo, en ésta insuflado, aquél la anima y reviste del mismo legendario atuendo, de la misma colosal musculatura histórica, de idéntica desmesura en el esfuerzo.

Como ha dicho gallardamente la admirable pluma del doctor Ernesto González Aguilar, fue la Reconquista “una tradición guerrera que hacía vivir el alma de cada generación dentro del pétreo recinto de una existencia militar”. Esa tradición llenaba los cronicones, los antiguos cantares de gesta, el maravilloso muestrario épico de los romances fronterizos:

“-¿Cuál será aquel caballero

de los míos más preciado,
que me traiga la cabeza
de aquel moro señalado…?
……………………………..

Oídole ha don Manuel,
que andaba allí paseando,
que de unas viejas heridas
no estaba del todo sano.
……………………………..

Y a los primeros encuentros
el moro deja el caballo,
y puso mano a un alfanje
como valiente soldado.
Fuese para don Manuel,
que ya le estaba aguardando:
mas don Manuel, como diestro,
la lanza le había terciado.
Vara y media queda fuera,
que le queda blandeando,
y desque muerto lo vide,
apeóse del caballo.
Cortándole ha la cabeza,
y en la lanza la ha hincado,
y por delante las damas
al buen rey la ha presentado”.

Ese impulso hazañoso –estupenda inercia incalculable, de ochocientos años combatientes- empuja al soldado español de las conquistas americanas, y es el que hace nacer a México en un histórico “bautizo de sangre” que le imprime carácter –para usar, analógicamente, la frase de los teólogos-, que hace pervivir en él la perpetua lozanía de una guerra santa contra todo lo que es adversario irreductible de los valores de la civilización cristiana. Por eso es que México dejaba de ser México el día en que renunciase a su destino de batallador de esa guerra santa –realizada en el espíritu o en las armas-. Valdría ello tanto como el consumar una repugnante apostasía de su Historia y de su ser verdadero. México nació para esa guerra santa, y antes que renunciar a la esperanza de finalmente ganarla, sería preferible que en ella muriese. Porque para las naciones lo mismo que para los individuos, vale aquello de que no hay que curar de cuánto tiempo se vive sino de qué manera se vive. Y es preferible una muerte hidalga a una vida villana.

En don Hernando, pues, y en su hueste, falta la tradición de la Reconquista. Y la Tradición –agrega el doctor González Aguilar, al que dejamos aquí la palabra- “es ese estilo de vida que persevera por encima de la muerte para animar los espíritus de todas las generaciones con una misma posición inmutable de constancia y de juvenil renovación; que es también ese modo de ser predominante de las virtudes nacionales sobre los defectos nacionales, y que se identifica con los siglos en tanto los siglos son nacionales, y se aparta de los siglos en la medida que los siglos dejan de ser nacionales; la Tradición, decimos, así entendida, fue una misma cosa con el robledal de la Reconquista.

“Porque la Reconquista se hacía perpetua en el viejo agonizante que daba, como una bendición, sus armas al mozo, para que el mozo se fuera a platicar con la muerte en un sitio de pelea jamás vacío. Y se hacía una armadura inmortal nunca puesta en el arcón de los recuerdos sagrados, porque la guerra santa nunca se volvió un recuerdo. Y se hacía una pica incansada de alancear muslimes en el profético verso tricolor de la sangre sobre el blanco de los albornoces conjugándose con el fresco verdor de los montes amigos, que daban testimonio de la Tradición guerrera que trajo la algarabía de las espadas y los alfarjes a la cuna extremeña de don Hernando Cortés, en los días de la Cruzada enriquecida con todos los privilegios de la Santa Cruzada”…

“Entonces, la educación bebió sus años en la mesa de campaña de la Reconquista, cuando los bronces que llamaban al Ave María eran las brisas que soplaban agobiadas con leyendas de moros y cristianos. La educación fue una infancia mecida por la curiosidad que no se cansaba de interrogar a los muros destruidos y a los fosos cegados y a las piedras salpicadas con tonos bermejos”.

Una y otra vez, estas reliquias parecían contestar con las viejas reces del romance:

“Río Verde, río Verde,
tinto vas en sangre viva;
entre ti y Sierra Bermeja
murió gran caballería”…

De ahí el ansia de los mozos “de poner en los propios hombros el manto hazañoso de la gloria que se podía perder en la quimera de las costas remotas de los libros de caballerías”.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.