Unión Europea
Publicación original: Novedades, 14 de agosto de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: unidad europea, posguerra, defensa y convivencia internacional.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
“Hubo un tiempo en que Europa formaba en su unidad un todo compacto, y, en medio de todas las debilidades, a despecho de todas las deficiencias humanas, esta unidad constituía su fuerza; y, por medio de esta unión, cumplía grandes cosas”. Así volvía Pío XII, en diciembre de 1948, sobre un tema de recuerdo y de exhortación a la vez, frecuente en los últimos pontífices.
Desoídas fueron, una y otra vez, tales reiteraciones pontificias. Fue preciso llegar a los postreros y amargos resultados de esa inadvertencia; sentir lo inminente de riesgos apocalípticos provocados por la desunión; palpar la miseria y ridiculez de persistir en la insensata política del “equilibrio europeo” administrado siempre en provecho de la potencia insular inglesa, para que fuera posible escuchar una voz que hace pocos lustros se habría antojado poco menos que novelesca: “Los gobiernos de Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Luxemburgo y Holanda están resueltos a seguir una común acción de paz, de solidaridad europea y de progreso económico y social, teniendo por objetivo inmediato fusionar la producción de carbón y acero, y el establecimiento de una alta autoridad, cuyas decisiones enlazarán a Francia, Alemania occidental, Bélgica, Luxemburgo, Holanda y los países que se adhieran”.
Fue necesario que sonara el último cuarto de hora disponible, para que se llegase a la decisión de hace tres días, en la que la Asamblea Consultiva Europea votó la formación de un ejército unido europeo, a moción presentada por Churchill. En tal ejército, entre otras cosas, no se le hará asco a la presencia de tropas alemanas. Esto obliga a recordar que en las últimas etapas de la guerra en Europa pudo haberse realizado una loable y trascendental conversión del escenario bélico mediante una coalición antisoviética de los aliados occidentales con los restos del poderío germano, en un momento en que éste todavía contaba como fuerza militar de primer orden y no significaba ya, sin embargo, ni podía visiblemente significarlo, un peligro para los ejércitos de Eisenhower y Montgomery, y podía ser, en cambio, un auxilio inestimable. Esta medida era tan factible como lo fueron varios episodios de la contienda que, hasta antes de suceder, nadie los hubiera juzgado verosímiles. El resultado más previsible –entonces y ahora- hubiese sido una prolongación de las hostilidades –en la hipótesis, contra el Soviet- durante un lapso por cierto no breve, pero que podemos razonablemente presumir concluyendo en la derrota del comunismo, con menor riesgo y menor costo material y humano que el que en las circunstancias de hoy parecen, por desgracia, inevitables.
¿Faltó audacia para dar aquel paso supremo? ¿Faltó visión para aquilatar lo torpe de infligir una derrota cartaginesa a Alemania?
Creemos que lo último, porque antes que nada faltó generosidad con el vencido, y faltó conciencia de la unidad de civilización con él. Y estamos persuadidos de que sobró ingenuidad en la estima de las ulteriores –y hoy más que evidentes- posibilidades históricas del bolchevismo.
Reflexionar sobre lo anterior no quiere decir que se adopte una actitud estéril de lamentaciones tardías, o de recriminaciones igualmente inútiles, también por tardías. Quiere expresar, nada más y nada menos, la consideración objetiva y leal de una experiencia de la que se pueden aún sacar conclusiones prácticas valiosas si es que hay todavía tiempo para ello.
La experiencia clarísima consiste, primero, en que no es posible desoír, sin propio y gravísimo daño, las exhortaciones del Papado, cuyo papel espiritual lo ubica fuera del alcance de cualquier suspicacia de los diversos intereses políticos: tal suspicacia sólo se explica cuando dichos intereses no sean legítimos, o cuando quieran predominar a fortiori sobre los restantes, sin previa y ponderada deliberación, como se debe hacer entre caballeros. En segundo lugar, también resulta obvio que si el mundo sale con bien de las próximas jornadas, Europa, si quiere ser algo, como cuando “cumplía grandes cosas”, no debe olvidar jamás que hace tiempo se liquidó la etapa del simple equilibrio de nacionalismos. Que el equilibrio de fuerzas será posible en el futuro, sólo si se establece con justicia mediante influjos y contenciones recíprocas, en una estructura jurídica mundial, en que se combinen armoniosamente la realidad “nación”, la realidad “continente” –Asia, Europa y América, porque África y Oceanía siguen siendo sus apéndices políticos- y la realidad “comunidad gentilicia” que se manifiesta en cosas tan objetivas como el bloque anglosajón, el mundo árabe, el grupo hispánico o el mundo amarillo.
Lo grave es que todos tenemos a flor de labio la interrogación que acaba de formular Churchill: ¿Habrá tiempo para ello? ¿Dará aún la Historia otra oportunidad para enmendar tan culpables yerros y tan reiterados? Contra el optimismo ingenuo, superficial, hay que concluir con lo mismo que responde el propio veterano estadista: “Nadie puede contestar esta pregunta con certeza”…
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