Una Pareja de Tantas I

Identificador: DM-127.
Publicación original: Novedades, 29 de enero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: trabajo industrial, migración, Estados Unidos y crítica literaria.
Ilustración de Una Pareja de Tantas I

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

“UNA PAREJA DE TANTAS” (Editorial “Yolotepec”.- México, D.F.- 1950), es el relato interesantísimo de la estancia de una pareja de mejicanos de estos días, en los Estados Unidos, como trabajadores industriales. Francamente, ignoramos si el autor es de veras un comunista de los que niegan serlo, y que trata de llevar el agua a su molino diciendo verdades de un modo inteligente. Puede ser –así quisiéramos- que se trate sólo de una persona que se cree o es de izquierda, porque piensa que en ésta se encuentra lo que en el mundo más se acerca a la justicia.

Lo que básicamente interesa en su libro es el fiel reflejo, si no de todas las importantes, sí de ciertas verdades de lo mejicano y de lo norteamericano, singularmente cuando toman contacto y se entrecruzan –en Méjico o en los Estados Unidos- en convivencia circunstancial o permanente. El volumen viene a aumentar la literatura mejicana que se desarrolla alrededor del tema de esa convivencia, literatura que tiene su más sazonado logro en “La Patria Perdida” del infortunadamente desaparecido Teodoro Torres. El libro de ahora –escrito por Manuel González Flores- se expresa, como el precedente, más bien a guisa de crónica que de novela estricta.

Menos hondo, menos maduro, mucho menos intenso, resulta en cambio, en algunos aspectos, más actual. Su brevedad y su arquitectura interna le dan también la ventaja de la más fácil lectura: con sus capítulos cortísimos, en los que todo se dice con una rapidez positivamente maestra, y que aún es acelerada por el lenguaje tan espontáneo, fluidísimo, llano sin ser pedestre ni mucho menos. El punto de vista, la intención, la sensibilidad de ambos autores, que son de una época y una formación espiritual notoriamente distantes entre sí, resultan muy diversos, y ello hace que, en cierta manera, sus libros se completen el uno al otro.

Es lástima que González Flores recoja en alguna página los versos blasfemos –involuntariamente tales, quizá- de un poeta negro norteamericano, al que su admiración rinde parias: no sabemos si con justicia o sin ella, porque lo desconocemos. La obvia irreligiosidad del autor de “Una Pareja de Tantas” lo explica, y, por otra parte, no se le advierte una deliberada intención ofensiva, sino el mero propósito de enjuiciar la mentalidad discriminatoria vigente en el país vecino. De todas suertes, nada se perdería en fuerza substantiva y ganaríase mucho en finura espiritual omitiendo la cita blasfema.

Cosas dice González Flores que resultan particularmente oportunas. Comunista o no, coincide del suyo con testimonios insospechables. Porque mientras personas de solvencia moral indudable y de intelectual selección insisten todavía en que el capitalismo “ha dado al pueblo norteamericano, en siglo y medio, más de lo que le ha dado cualquier otro régimen a los demás países, en cinco mil años de civilización”, el personaje central de González Flores nos recuerda verdades nada desconocidas, pero que es bueno reiterar sobre ciertas condiciones de trabajo industrial en los Estados Unidos:

“Desde un principio se me hizo odioso este sistema (del capataz que vigila la continuidad del trabajo). El hombre debe ser tan incansable durante el turno de trabajo como la máquina que maneja. Debe pensar en máquina, sentir en máquina, fundirse a tal punto en el espíritu de la máquina, que sean un solo acero y una sola voluntad al servicio de un solo destino: producir, producir hasta quedar inservibles. Después, nuevas máquinas para nuevos hombres”.

Y agrega, al despedirse de sus patrones yanquis, entre otras cosas que el espacio disponible no nos permite incluir:

“¿Qué es lo más importante para la industria de cualquier país? Producir. Esto –como dice Mr. Grayson- es lógico. Pero lo que no es lógico es que al industrial le interese sólo la producción y no los obreros que la producen. Es así como la “American” paga a tanto la hora, durante cinco días a la semana. Los dos días restantes sólo existen para los obreros para que descansen sin percibir salario…”. Y se refiere luego al “día del trabajo” –primer lunes de septiembre, allá- a los dos días de recordación de los caídos en las guerras mundiales, y al aniversario de independencia norteamericana, en que –les dice- “ustedes no cubrieron el salario de ninguno de ellos”… ¡Qué penosa impresión produce este signo de extremo atraso social consistente en el descanso sin salario el 4 de julio!... En materia de accidentes de trabajo he visto cómo el obrero permanece sin protección económica mientras dura incapacitado… La media hora del refrigerio la colocan ustedes fuera del turno de trabajo…” etcétera, etcétera.

Para ser justos, no se ve claro que al autor se le haya ocurrido pensar si su protagonista hubiese podido volver a México en lugar de dar con sus huesos en Liberia, si en una fábrica rusa hubiese tenido la humorada de censurar los sistemas de trabajo del Soviet. Tampoco se ve claro si el protagonista cree que sea deseable o no salvar del comunismo lo que queda de civilización. Pero nosotros, que sí estamos de acuerdo con esto último, porque el comunismo no hace otra cosa que exacerbar hasta lo indecible las crueldades del capitalismo liberal, cuando pensamos en lo que también éste tiene de inhumano, de anticivilización y antiEspíritu, nos dan ganas de decir, con la pareja del libro que comentamos:

“Y a nosotros, ¿quién nos salvará de nuestros salvadores?”

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