Una firma en blanco
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 18 de enero de 1948 (el nombre del archivo consigna el 25 de enero de 1948).
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Convengo, señor secretario Vázquez, en que son muy contadas las personas capaces de firmar un documento en blanco. Pero aunque le parezca algo muy peregrino, le diré que me parece saludable la existencia de gentes que no creen fácilmente en la maldad de los demás. Realizan la importante función social de recordarnos a los que somos de otra pasta, cómo deberíamos ser todos en nuestras mutuas relaciones. Y por eso creo que personas como usted y yo estamos obligados a amparar a quienes, como doña Chonita, creen piadosamente en la bondad de los semejantes… Le repito: nada más fácil que hacer desaparecer del expediente ese documento que tanto usted como yo sabemos, por conocer muy bien tanto a doña Chonita como a su pícaro acreedor don Roque, que fue firmado en blanco con la mayor ingenuidad del mundo.
-No, mi señor licenciado Rodriguitos. Ya he dicho mi última palabra sobre esto. Doña Chonita habrá recibido en realidad sólo quinientos pesos; pero la verdad legal la hace deudora de cinco mil. ¡Qué quiere usted! Pertenezco a la vieja escuela de los que sabían tener verdadero culto por la ley. Sólo que usted se ajuste a los procedimientos, y aporte cualesquiera pruebas legales del delito de don Roque, podrá ganar el pleito en este juzgado.
Nadie ignora que no hay en esta población quien se atreva a atestiguar contra don Roque el que, por otra parte, es demasiado listo para, en un caso tan sencillo, dejarse atrapar al absolver posiciones o de cualquier otro modo… Lo siento por mi cliente… y por usted, que se niega a salvar de la ruina a un inocente.
Ni modo, licenciado. Dura lex, sed lex…
-Sí, sí. Es evidente que usted es de los que profesan el fetichismo de la ley escrita. Recuerdo que en nuestras pláticas nunca ha querido reconocer la existencia de lo que está por encima de toda ley dada por hombres: el Derecho Natural… El verdadero Derecho, que ahora clama con ira a favor de la pobre de doña Chonita.
-Pues lo cierto. No creo en el Derecho Natural. No creo más que en los códigos, porque las otras fuentes del Derecho no tienen más valor que el que ellos les reconocen… Bueno, para ser completo, también creo en la jurisprudencia de la Suprema Corte.
-Lástima que no crea en la de la Suprema Corte… celestial. Pero yo sí creo, y estoy seguro que alguna jurisprudencia ha de tener para un caso como éste… En fin, señor secretario, no le quitaré más su tiempo. Con su licencia, voy a estudiar el expediente con mucho cuidado, a ver qué punto débil encuentro en la demanda de don Roque… Algo, algo he de encontrar… Permítame acercarme a aquella ventana, porque como usted puede darse cuenta, estoy muy enfermo de la vista, y estos lentes oscuros que me han recetado me hacen difícil la lectura…
-No faltaba más. Escoja el lugar que más le acomode.
El buen viejo que era el licenciado Rodríguez, situóse, en efecto, junto a aquella ventana que daba a un patio interior al que, normalmente, nadie tenía acceso. El celoso y legalista secretario del juzgado se sintió tranquilo, pensando que en caso de una no creíble mutilación del expediente, el abogado no podría pasar a otras manos lo que del cuaderno desprendiese. Para asegurarse más contra un atentado de ese género, hizo encargo a los dos escribientes de que —con disimulo o con descaro, según lo exigiesen las circunstancias— no quitaran ojo al viejo zorro del litigio. ¡Ningún postulante, por ducho que fuese, iba a burlarse de él: no faltaba más!
El enjuto y pequeño Rodriguitos comenzó a hojear, con visible dificultad, el expediente, mientras hacía anotaciones en su libreta. Durante un gran rato permaneció en esa diligencia, absorto, casi inmóvil. De vez en cuando, mojaba distraídamente el índice con la lengua, al volver cada foja del legajo, que acercaba casi hasta la nariz cuando creía hallar algo de interés. Al severo secretario Vázquez no dejó de chocarle levemente el hecho, que contradecía la conocida pulcritud del letrado. Pero pensó: “Ya se está poniendo de veras viejo Rodriguitos. El pulso, lo mismo que la vista, le empieza a faltar.”
De todos modos, desconfiando de las artimañas de su antiguo amigo, no se sintió con ánimo de hacer otra cosa que no fuera el seguirle observando. Al fin, vióle levantarse de la mesa con aire contrariado y molesto.
-Adiós, señor secretario —dijo Rodríguez—. Creo que hallé lo que buscaba.
-Ojalá, mi licenciado. Hasta la vista.
Y respiró al fin, convencido de que no se había producido la mutilación documental que tanto temía.
Sin embargo, la demanda de don Roque contra doña Chonita no prosperó. El documento base de la acción no apareció más en el expediente. Y ello fue un misterio obsesionante, sobre todo para el secretario, que personalmente guardaba las llaves de los archiveros. Rodríguez, vigilado en exceso mientras tuvo el legajo en sus manos, no podía ser responsable de la sustracción. Vázquez se daba de calabazadas contra la pared, sin dar con la clave del enigma.
Pero una tarde, estando de palique con el buenazo de don Tacho, el boticario, éste le preguntó:
-¿No ha visto a Rodriguitos?... Viera que me preocupa mucho. Creo que está perdiendo la chaveta. La última vez que vino por aquí, me dijo en la forma más seria e imperativa: “Tacho, la vejez me está haciendo tonto y sugestionable. Anoche soñé que me tragaba, cachito a cachito, una resma de papel, y hoy he amanecido indigesto. Despáchame la más eficaz de tus purgas”… ¿Qué le parece a usted?
Vázquez se dio un golpe en la frente:
-¡Qué bárbaro! ¡Con razón se ensalivaba los dedos!... ¡Está muy claro! Cada vez que se los llevaba a la lengua, se introducía un cachito del dichoso documento… Hasta que, cachito a cachito, se lo tragó todo… ¡Qué sinvergüenza!... ¡Con que esa era la jurisprudencia de su “Suprema Corte Celestial”! En fin, esta vez me alegra que su Derecho Natural haya ganado el pleito a los códigos… ¡Dios te perdone tus mañas, Rodriguitos!

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