¡Todos a Indianilla!
Publicación original: Novedades, 27 de agosto de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Universidad y educación, Política y sociedad, Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En una esquina de Bucareli, tres inconfundibles escolapios. Dos de ellos discuten. Ponen en la discusión su vehemencia de adolescentes, y el poco selecto vocabulario y la ingrata cadencia arrabalera de muchos alfabetizados mozalbetes de hogaño:
-¡Órale, vámonos en un Juárez-Loreto!
-¡Naranjas!... ¡Mejor en un Colonia del Valle!
La disputa se acalora. Pasa algún tiempo y pasan muchos camiones. Pero, como en Kaesong, no es posible el acuerdo.
El tercer escolapio, que no ha llegado a abrir la boca, interviene entonces con socarronería que tiene no sé qué dejo preparatoriano:
-Miren, mis cuates, pa’ que nadie se enoje mejor vámonos en este Indianilla que a todos nos deja mal.
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Casuales oyentes de la trivial gracejada, tuvimos desde luego a su autor por un diligente apóstol del laicismo escolar aplicado al uso de los transportes urbanos.
Porque, lector amigo, ¿no es ésta, puntualmente, la curiosa solución que para el problema de la escuela oficial en Méjico proponen los partidarios del retorno a la instrucción laica?
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En el actual clima revisionista del artículo tercero de la constitución, y de repudio general a su aún vigente intención marxista, se oyen las voces que reivindican el derecho de un 97% de los mejicanos. Este porcentaje equivale a la totalidad moral de la Nación, la que –salvo que medie el amago de una sanción- no acude a manifestaciones ni a elecciones cuando juzga –bien o mal- que su eficacia no es más que un cuento chino.
Digno de subrayarse es que las voces a que aludimos, en rigor, están reivindicando el verdadero derecho no sólo de la mayoría mejicana, sino también el de las pequeñísimas minorías. Porque expresan, entre otras cosas, que, por lo que se refiere a los planteles oficiales, lo lógico y lo justo consistiría en establecer un régimen de proporcionalidad por lo que a instrucción religiosa atañe. ¿Cómo dudar, válidamente, de sus argumentos?
Es irrebatible que en una auténtica democracia las escuelas pagadas, al fin y al cabo, por los contribuyentes, deben asumir los caracteres que a éstos satisfacen. Irrebatible también resulta entonces que la justicia pide que en cosa de tanta monta como es la educación religiosa se obsequie el legítimo deseo popular, y aquélla se imparta de acuerdo con la proporción de alumnos que de cada confesión se registre en censos especiales.
¿Qué se puede objetar, honradamente, a una exigencia tan obvia y que tan cristalinamente fluye de la naturaleza de las cosas?
¿No es posible que convenga todo espíritu recto y patriota –sea liberal, mahometano, protestante o católico- así en la justicia como en la eficacia pacificadora de este principio de proporcionalidad escolar?
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En contra de él, se sigue arguyendo tozudamente con falta de sindéresis que, a ratos, diríase incompatible con la buena fe. Se exhuma el ñoño argumento de que hay que evitar la intolerancia en la escuela. Sólo omitiendo en ésta, cuando el Estado la sostiene –es la aburrida cantilena-, la enseñanza de cualquier religión, se evita la ofensa a los de credo diverso del que se pretenda predicar, o a los que ningún credo tienen… Pero esto, ¿no equivale a la intolerante salida de pie de banco de obligarnos totalitariamente a subir al camión “Indianilla” por la excelente razón de que “a todos nos deja mal”?
Parece a todas luces que lo razonable estriba en que cada quien tome el camión confesional que escolarmente le satisfaga y le lleve al punto de arribo a que educativamente tiene derecho. Que uno aborde su “Juárez-Loreto”; el otro, su “Colonia del Valle”… y el “Indianilla” aquel que no quiera oír la menor alusión religiosa.
Parece obvio que así a nadie se agravia, antes cada uno ve reconocido y cumplido su derecho.
¿Por qué, entonces, dar a la incidental enunciación del principio de proporcionalidad escolar aires conspiratorios y alarmantes, como alguien ha pretendido?
¿No será más bien que el dejo de socarronería preparatoriana de que fuimos testigos en una esquina de Bucareli viene a ser adecuado trasunto de otras socarronerías trascendentales, de tácitas consignas en las que algunos se entienden al totalitario santo y seña de “¡Todos a Indianilla!”?...

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