¿Tiranía en Argentina?
Publicación original: Novedades, 12 de febrero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Argentina, peronismo, prensa, soberanía y testimonio de viaje.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Defensores –como el que más pueda serlo- de la libertad de expresión, hemos de confesar, francamente, que el conflicto entre “La Prensa” de Buenos Aires y la asociación de voceadores y repartidores –que pide mejoría en la compensación de sus servicios-, nos da la impresión de ser un incidente normal, como el que puede darse en cualquier país fuera de la cortina de hierro, entre trabajadores y empresarios. A fuer de periodistas, deseamos de todo corazón que el debate se resuelva pronto con justicia para ambas partes. Lo que nos resistimos a creer sin pruebas, es que este episodio se origine en una maniobra del régimen argentino para “sabotear” la circulación del diario que, al par de “La Nación”, ha sido su constante opositor.
Decimos esto, porque se han exhibido ya demasiado, para no identificarlas al momento, ciertas campañas de escándalo a base de aumentar o disminuir las proporciones de los sucesos; de darles descaradamente un contenido diverso al que en realidad tienen; de adulterar, sin escrúpulos, hasta la materialidad misma de los hechos: todo ello cuando determinadas influencias internacionales quieren sentar en el banquillo de los acusados, ante la opinión pública, a algunos países, regímenes o personajes. Ejemplo clamoroso y evidente, el de España, la que, a pesar de todo, ha logrado desmoronar las estruendosas falsedades propaladas en su contra.
Tenemos bien clasificadas las fobias vigentes, adversas al presente gobierno argentino, dentro y fuera del país hermano, para no darnos cuenta de que, ahora, el incidente entre “La Prensa” y los voceadores ha querido capitalizarse para beneficio de quienes no perdonan al peronismo su sentido nacionalista –sin “jingoísmos”, pero firmemente patriótico- y su contenido de reforma social del que están ausentes los extremismos bolcheviques.
Son estas fobias de inconfesable origen las que sistemáticamente han “denunciado” al gobierno de Perón, según las conveniencias que cada momento les aconseja, ya como a un clásico militarismo criollo, ya como a una embozada dictadura fascista, ya como a una desquiciante demagogia de izquierda. Pero, en todos los casos, se repite que en Argentina se vive hoy bajo la férula de un Estado policíaco, opresor y regresivo.
Lo cierto es que nosotros hemos podido asomarnos a la realidad del país del Plata, y, sin pretender pontificar sobre ella, sí podemos dar testimonio de la atmósfera que ahí respiramos.
Tuvimos acceso al mundo oficial. A los círculos sociales “exclusivos”. A los de la intelectualidad. A los del sindicalismo. Y tuvimos ocasión de pulsar, no una, sino muchas veces, al hombre de la calle; al trabajador y al de la clase media. Escuchamos juicios adversos, lo mismo que favorables –éstos, en aplastante mayoría-, a Perón y su obra.
Lo que no pudimos ver por ningún lado fue algo que “traicionase” –como dicen los galiparlantes- la existencia de algo que se pareciese a los estados sociales de tiranía. Y eso, desde el talante mismo tanto de los gobernantes como de los gobernados. En aquéllos, dentro de la etiqueta que allá suele ser más elaborada que en nuestras latitudes, vimos más llaneza y atenta solicitud que las que acá suelen acostumbrar la mayoría de nuestros funcionarios. En los particulares, no advertimos ninguno de esos complejos o reticencias indisimulables de quienes viven bajo el imperio de la coacción constante, física o moral.
Incluso, en este capítulo, pudimos darnos cuenta de que, en términos generales, dichosamente no existe ese divorcio sui géneris entre lo privado y lo oficial, entre público y autoridades, que en Méjico es corriente por obra de la casi invencible desconfianza popular para todo, o casi todo, lo que lleve implícito alguna relación con las esferas gubernamentales.
Aún más. Mientras estuvimos en tierras argentinas, nos movimos para donde quisimos a nuestra entera voluntad. Ningún espionaje totalitario fiscalizaba nuestros traslados o nuestras relaciones. No hubo siquiera la oferta de amistades o compañías oficiosas, de cicerones encargados de mostrarnos u ocultarnos las cosas o las personas de acuerdo con las conveniencias oficiales preestablecidas. Anduvimos solos, o bien con la grata compañía de quien nos plugo.
Teniendo en cuenta tales libérrimas condiciones de nuestra estadía allá, podrá juzgar el lector lo que significa este otro hecho: oficialmente, cuando estábamos haciendo las maletas para el regreso a Méjico, se nos invitó –lo mismo que al, todavía para esa fecha, numeroso grupo de hispanoamericanos que había asistido a una convención municipalista- para prolongar indefinidamente nuestra permanencia en Argentina, con la expresa intención de que tuviésemos oportunidad de conocerla en todos sus ámbitos, si nuestras disponibilidades de tiempo lo permitían. Quienes entonces no pudimos, infortunadamente, aceptar invitación tan amplia y cordialmente fraterna, podemos de todas suertes considerar que nada nos tenía que ser ocultado cuando con tan señalado interés se nos ofrecía la oportunidad sin cortapisas de ver el país de arriba abajo.
Más podríamos decir. Pero permítasenos terminar expresando que entre las cosas impresionantes de la Argentina que hoy está la entrañable popularidad de su Jefe de Estado. Pocas cosas en lo humano conmueven tanto y tan bienhechoramente como el espectáculo de la compenetración del espíritu y del corazón entre el gobernante y el gobernado. Podrá incluso aquél tener defectos en su persona o en su obra. Pero esa emocionada confianza recíproca de un pueblo y quien lo rige, constituye ya por sí solo un principio, casi siempre infalible, de salud política, y una magnífica presunción de la bondad y el acierto generales del que hace cabeza en una nación.
Lo que hemos dicho ahora, responde a la exigencia de no callar cuando el silencio no es justo ni es hidalgo. Cuando la hermandad en la sangre y la cultura pide que enteremos al lector mejicano de la verdad de lo visto por nosotros en un país que, siendo de nuestra propia familia, es sistemáticamente calumniado por intereses hostiles a nuestras esencias comunes.
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