Tierra

Identificador: SD-006.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 21 de enero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Ilustración de Tierra

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Volver a la tierra: reclamo vehemente del mundo. No el brumoso afán romántico, rusoniano. Ese que no sabe a fin de cuentas qué es lo que implica volver a la tierra. Ese que tiene mucho de sonora oquedad vana y que recuerda demasiado la selvática irresponsabilidad del salvaje.

La tierra es antes que nada responsabilidad. Es el directo enraizamiento del hombre con el cosmos, desposorio del que toma arranque y primer impulso la cultura. Porque el del hombre con la tierra tiene, como todo matrimonio, las altas responsabilidades de la fecundidad. Y esa fecundidad, para ser válida, debe resolverse precisamente en civilización, la que a fin de cuentas, aunque ello enfade a los amigos del confusionismo del lenguaje, es lo mismo que cultura, que vale decir cultivo. Por eso, el contemporáneo, casi siempre espiritualmente distante de esta raíz de la cultura, es terriblemente inculto. Y creyendo lo contrario, pasea por la banda de asfalto de las carreteras la neurosis de su ambiente maquinista. No penetra la “dulce teoría verdadera” que en el campo se esconde. Para su alma turística, blandengue, es ininteligible el campirano mensaje redentor.

Hay que recobrar, México debe recobrar el sentido cierto, veraz, de la vida, de la cultura. Para ello apenas habrá otra cosa que, como el campo, diga la suprema lección de lucha elemental, de contingencia y certidumbre a la vez. Porque el campo es duro y hay que conquistarlo “a golpes de cariño, amorosamente, duramente.” Con la noble pertinacia que conquista “o la mujer que parirá a nuestros herederos.”

Si así lo hiciéremos, habremos de ver que

“el campo es un exacto y honrado cumplidor:

y está comprometido con las uvas de octubre

y a mayo le ha ofrecido, cuando vuelva, una flor…”

Ahí está nuestra tierra… Algo supo de su amor el tolteca o maya o ulmeca, que aun nuestra prehistoria no se ha puesto de acuerdo en el bautizo del pueblo egiptoide que hizo aquí el primer trasplante de civilización. Pero fue México ya no tolteca, ni ulmeca ni maya; sino físicamente mestizo y culturalmente hispánico el que la amó a plenitud. Y como fino amador, supo que su palabra “es de oro, como de labrador” y que decía una clara verdad cuando cantaba:

“Venid, sin miedo, a mí los amadores
que en mis brazos morenos tendréis cuanto dijimos:
mayo tendrá sus flores
y octubre sus racimos…”

Pero vinieron los tiempos malos. Y el pretexto especioso, falaz: “porque nadie la quiera”, se dijo que la tierra es de todos. Y el pegujal quedó yermo y las eras mondas. Y la sangre de los amadores de la tierra hubo de empapar el surco en un postrero, baldío esfuerzo de fecundación… Y hoy,

“por encima de la tierra calva,
ya canta su proeza

con su risa amarilla, el oro fácil”,

Sí, el oro fácil del esquilmo del bracero…

Mas ello no será definitivo. Hemos de emprender el retorno, en contriciones purificadoras, a esa enamorada constante y fiel:

“Porque la tierra tiene tenacidad de risa
para todo dolor.
La tierra es la impasible compañera
Que en la alta noche espera,
Con la lumbre encendida, la vuelta del Amor”

¡Volver a esta tierra de México, cuya “superficie es el maíz” y

“…que tiene desplantes de aldeana
que a la hora de parida se va a lavar al río!...”

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