Técnica y hombre

Identificador: DM-182.
Publicación original: Novedades, 4 de febrero de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Política y sociedad, Fe y vida religiosa.
Ilustración de Técnica y hombre

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Todavía discurre por el mundo occidental una caudalosa corriente de admirativas ponderaciones de los logros extraordinarios de la técnica de los últimos cien años. Hasta es posible encontrar aún, aquí y allá, tardías persistencias de aquella literatura que antes de la última guerra asombró en todos los países, a las medianías intelectuales, con la entonces novedosa ingenuidad de la tecnocracia.

Pero, al mismo tiempo, crece cada día el número de quienes, sin escatimar el aplauso y la admiración al estupendo desarrollo de la técnica como inapreciable valor instrumental, denuncian sin tapujos su creciente signo de esclavizadora del hombre. Y subrayan la urgencia de reaccionar contra su maligno influjo automatizador y contra lo que ella significa como poderío económico, y por consiguiente político, que en manos de una clase o de un Estado sojuzga espíritus y hasta pueblos enteros. Puntualizan, además, que, aunque con intensidad y matiz diversos, este virus deshumanizador de la técnica nos amaga hoy día así bajo el sistema soviético como bajo el esplendor industrial de los grandes sistemas capitalistas de hogaño.

Por desgracia, son todavía legión las víctimas irreflexivas de la propaganda que, endiosando a la máquina, implícitamente tratan de deificar en teoría al hombre, sin caer en la cuenta de que la deificación de la máquina forzosamente trae aparejada en la práctica la animalización del individuo. Esta es la triste experiencia palmaria de las últimas décadas, sobre todo. La técnica, obra del hombre, se ha vuelto en su contra muchas veces, incluso en la forma más inesperada y cruel, al modo de los truculentos relatos de la novela cientificista en los que el “robot”, por desastrada circunstancia queda libre de control y acaba estrangulando a su autor. Bien claro lo dicen las decenas de millones de muertos de las dos guerras mundiales.

Y eso es lo que da tristeza: que tan costosas experiencias no abran todavía los ojos al vulgo intelectual que se queda con la boca abierta ante los prodigios de la técnica contemporánea, y no alcanza a atisbar siquiera el abismo de miseria material y espiritual a que nos están llevando esos prodigios, porque falta que el hombre ejerza realmente sobre ellos un señorío efectivo.

Causan pena los que, a estas alturas de la Historia, siguen embobándose con cosas tan estultas como la novelística a lo H.G. Wells, que suelen preconizar, como remedio de las actuales deficiencias sociales y del azote de la guerra, la panacea tecnocrática de un gobierno de ingenieros, representantes del progreso, que planifican hasta la exageración todos los aspectos de la vida social adulterando con ello, falsificando el loable y espontáneo sentido humano de la previsión, con el pretexto de evitar, saliéndoles al paso, los desajustes y fallas funcionales de esa monstruosa y colosal maquinaria que de tal suerte vendría a ser la comunidad universal de los hombres. ¡Como si la dramática y compleja realidad viviente del hombre pudiera encerrarse en esquemas numéricos, y con éstos ser gobernada ad líbitum!

La solución verdadera es muy otra. Si el hombre quiere verse a salvo de la rebelión de sus máquinas, que amenaza destruirlo; si quiere conservar siempre en sus manos la pieza de control que impide que el “robot” le estrangule, debe empezar por señorearse a sí propio, a sus potencias: alerta siempre respecto de su propia e íntima realidad para no incurrir en distracciones catastróficas. Eso vale tanto como decir que debe volver a los cauces que su condición de ente dotado de un soplo de espíritu, le exige. Asumir otra vez conciencia de su auténtica significación dentro del orden universal: ni superhombre, ni animal. Sencillamente, hombre. Con todas las limitaciones, pero al mismo tiempo con toda la excelsa dignidad, con todas las maravillosas posibilidades y las dignificadoras responsabilidades que ello entraña.

Por eso resultan singularmente oportunas y elocuentes las palabras que acaba de pronunciar el Jefe de la Cristiandad, Pío XII, refiriéndose a los tiempos presentes: “la gran miseria del orden social estriba en que ese orden no es profundamente cristiano NI REALMENTE HUMANO, sino únicamente técnico y económico. No descansa en lo que debería ser su base y el sólido fundamento de su unidad, es decir, en el común carácter de hombres por la naturaleza y de hijos de Dios por la gracia de la adopción divina”.

El que sincera y sagazmente medite la anterior sentencia, seguramente confirmará que Roma, una vez más, dice al mundo palabras de salud y de vida. Palabras que –contrariamente al tecnocratismo falaz- vuelven por los fueros de la naturaleza de las cosas; por los fueros de la libertad, de la dignidad y de la verdadera felicidad del hombre.

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