Solidaridad contra el embuste
Publicación original: Novedades, 25 de mayo de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Prensa y medios.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Es de sobra evidente, incluso para los medianamente enterados, que desde hace largo rato la verdad de los acontecimientos argentinos se altera, por sistema, en informaciones cablegráficas de fuentes bien determinadas. Y las medidas que el gobierno platense empieza a poner en marcha para defender a su país de esa tarea de falsificación periodística pueden considerarse, si bien se miran las cosas, como un singular episodio del acaecer contemporáneo.
El especial interés de estas medidas estriba en que son la primera defensa de grandes dimensiones que lleva al cabo un pueblo para liberarse del monopolio de hecho a cuyo arbitrio han quedado las noticias de carácter internacional en las últimas décadas.
No es fácil prever la resonancia inmediata de este notable precedente. Pero es de esperarse que, en bien de todos, aun de las mismas empresas que prestan ese servicio informativo, pero antes que nada el público de todo el mundo que, al final de cuentas, es quien paga ese servicio, la coyuntura dé pie para juiciosas rectificaciones.
Es obvio que las agencias noticiosas en este caso afectadas, para justificar su función, han de hacer irremisiblemente un esfuerzo encaminado a darle la mayor seriedad posible. Si no quieren mantener viva la hasta ahora invencible suspicacia que les asigna el papel de oficiosos auxiliares de determinados intereses políticos y financieros, fuerza les es exigir al personal informador que tienen distribuido en todas las latitudes una estricta lealtad a lo objetivo, un espíritu de servicio a la verdad que los mantenga no sólo en la alerta expectación y oportuno registro de los sucesos, sino también en una vigilante autocrítica de sus personales reacciones ante ellos.
Porque, en efecto, dentro de ciertos límites y atendida cada circunstancia, los errores del periodista al interpretar el significado de los hechos de que da testimonio, pueden a veces ser explicables. En cambio, los errores en cuanto a la substancia misma de ellos, en muy contadas ocasiones pueden explicarse y en más raras aún justificarse. Ahí es donde el informador está más obligado a ser severo consigo mismo y a no permitir que sus prejuicios, sus simpatías o antipatías, y menos aún sus intereses entren en juego para modificar la escueta verdad de lo acontecido.
Esta imparcialidad de las noticias es lo que debe de tratarse ahora de conseguir para satisfacer mejor a la ética y a la eficiencia informativas, en vez de alzar el grito para clamar que en la Argentina se está atentando contra la libertad de información. Ello es lo que cuantos tienen que ver con el periodismo, y lo que los diarios mismos que emplean los servicios de las agencias cablegráficas pueden y deben, amistosa, pero firmemente, pedir a éstas, como exigencia elemental del prestigio de la prensa y de la veracidad a que sus lectores tienen derecho.
Puntualmente, hace pocos días, en alocución dirigida a los corresponsales periodísticos en Roma, Pío XII subrayaba entre otras cosas de mucha monta el obvio papel que les corresponde como colaboradores eficacísimos en el propósito de suscitar un clima psicológico propicio a la convivencia pacífica de grupos y pueblos. Y hacíales notar que, para cumplir con tan noble aspecto de su tarea, les es necesario procurar entender las peculiaridades del país donde desempeñan su corresponsalía, respetarle su perfil nacional, sus metas históricas legítimas y el modo de resolver sus propios problemas. En obsequio a tan evidentes normas, el corresponsal debe, en consecuencia, asumir una actitud comprensiva y de comedimiento, tan sincera que abarque no sólo a la forma sino al fondo mismo, al espíritu con que redacta sus despachos. Sólo con esta convencida y convincente ecuanimidad le será posible ser veraz y objetivo, que, insistimos, es lo que al público se debe.
Ahora bien, que estas sabias orientaciones de moral y de eficacia periodísticas no siempre se siguen en los servicios cablegráficos, lo sabemos en México por vieja y amarga experiencia, en el resto de Hispanoamérica igualmente, y en otros no escasos países. La superficialidad, la pereza en la compulsa de los hechos, el prejuicio, la pasión o el interés ideológico o político suelen intervenir de continuo para que las noticias deformen los acontecimientos, las situaciones o los personajes que de alguna manera asumen rango internacional. Aun la puerilidad más desorbitada tiene a veces su parte en ello, y ha llegado muy en serio a presentarnos a un Hitler que calma sus accesos de furor devorando las carpetas de la mesa en que celebra consejo de guerra con sus generales. O bien, en pleno idilio bélico aliadorruso, a un Stalin “anciano y bondadoso caballero universitario”, ¡nada menos!
Lo inteligente, pues, en esta coyuntura, es hacer caso omiso de los sentimientos favorables o adversos al régimen que en concreto está defendiendo los intereses de una nación hermana, atender sólo a la legitimidad de éstos, y apoyar resueltamente, sin mezquindad, las medidas con que se quiere protegerlos. Ello, de paso, sirve también a nuestro interés en igual materia.
Tal posición solidaria contra el embuste, en negocio tan importante que a todos nos afecta, podría persuadir a las empresas informativas de la urgencia de parar en seco la adulteración de noticias y, reconociendo los derechos argentinos en el caso que nos ocupa, allanarse cordialmente a una solución justa de su conflicto con el gobierno platense. Ello sentaría el civilizado precedente de armonizar la libertad de información con el derecho de todo pueblo a ser presentado ante los demás en su verdadera identidad. Eso sería lo sagaz y lo honrado.

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