Soldados en el frente

Identificador: SD-005.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 14 de enero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Ilustración de Soldados en el frente

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Miles de mexicanos “de acá de este lado” y del otro, se han ido a los frentes. Hoy se trata de tropas de línea, siquiera sea en la ceñida cantidad que se ha dado en llamar simbólica. Ello nos da la palpación espiritual –notoriamente impresionante- de que México está dejando atrás que los umbrales de una época. Desde ahora, como otro signo –de ansiosa interrogación- preside la vida nacional. Lo cual pide decir palabras por separado a los que se van y a los que se quedan.

Para los primeros, no hemos de incurrir en la fácil irresponsabilidad de los lugares comunes, que su partida pone en boga. Más tónico para ellos ha de ser el saber, por ejemplo –hoy que les ha llegado “la hora de la verdad”-, lo que la Patria piensa de su profesión, lo que pensamos los más de los mexicanos, a despecho de los detractores sistemáticos de la clase militar. Con esa intención, nada mejor que recoger esta admirable y memorable página del genio de José de Maistre:

“La profesión de la guerra, como tal vez se podría creer o temer, si la experiencia no nos enseñase lo contrario, no contribuye de ningún modo a degradar, a hacer feroz, o duro al menos, al que la ejerce; por el contrario, contribuye a perfeccionarle. EL HOMBRE MÁS APRECIADO ES ORDINARIAMENTE EL MILITAR HONRADO, y yo, por mi parte, siempre he admirado el buen sentido militar. Le prefiero infinitamente a las habilidades de los hombres de negocios. En el comercio ordinario de la vida, los militares son más amables, más asequibles; aun muchas veces, más amable, más asequible; aun muchas veces, más serviciales que los demás hombres. En medio de las turbulencias políticas se muestran generalmente intrépidos defensores de las más sanas máximas, y los más sutiles sofismas se estrellan casi siempre en su rectitud”.

“Se vocifera mucho contra “la licencia de los campamentos”; sin duda que es grande; pero el soldado, comúnmente, no encuentra estos vicios en los campamentos: él mismo los lleva. Un pueblo moral y austero proporciona siempre excelentes soldados, temibles solamente en los campos de batalla. LA VIRTUD, Y AUN LA PIEDAD SE AVIENEN MUY BIEN CON EL VALOR MILITAR; LEJOS DE DEBILITAR AL GUERRERO, LE EXALTAN. El cilicio no estorbaba a San Luis bajo la coraza (ni a Foch, diríamos hoy, los escapularios, bajo el uniforme). El mismo Voltaire ha convenido de buen grado que un ejército dispuesto para obedecer a Dios sería invencible. Las cartas de Racine han manifestado sin duda que, cuando seguía al ejército de Luis XIV, en 1691, nunca asistía a Misa sin ver comulgar allí a algún mosquetero con la mayor edificación”…

Estas frases, seguramente han de iluminar y confortar a la vez, a nuestros soldados, en la aspereza del trance actual. Y han de alfombrarles el retorno, que queremos cercano.

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Para el México que se queda, ha de subrayarse que nace algo nuevo del parturiento dolor de la guerra. La convicción de que ese mundo inminente pide valerosas adaptaciones, renuncias heroicas a moldes de vida en liquidación, a técnicas que se volverán inoperantes, a posturas de espíritu ininteligibles en una época en que habrán de ser necesarias grandes reservas de dos poderosos elementos: Amor e Inteligencia. Cabalmente, en la posguerra, han de librarse las batallas decisivas contra las fuerzas antípodas: egoísmo y estulticia. Por eso decimos, sin demasías en la alarma, que lo que viene no es el fin del mundo, pero sí el fin de “un cierto mundo”. Esa es la realidad neta, sin gigantiasis, ni enanismos en la perspectiva.

Entramos en una nueva Edad. “Época de problemas y luchas elementales –declara un profundo pensador-, en que me temo que la mitad de nuestra bella y armoniosa cultura no nos va a servir de nada. Temo que en las veredas y en los caminos va a haber que hacer ahora mucho más que en las bibliotecas. Si ahora tuviera que hablar a las masas, no les citaría doctrinas de economía política ni tesis de derecho público; no les hablaría del partido tal o de la política cual. Les hablaría con tonos duros, antiguos y olvidados, con tonos de víspera de cruzada, y les diría: “Tú, fraile, toma tu báculo y tu alforja; y tú, caballero, tu yelmo y tu lanza; y tú, trovador, tu guitarra morisca, porque es hora de salir todos por esos caminos de Dios…”

Pero esa sensación de intemperie, de soles y vientos y lluvias, que nos dejan estas palabras certeras, no debe intimidarnos. Debe, escuetamente, erguirnos, alerta, ante la recia contextura de los tiempos nuevos, saturados de la intemperie de las nobles responsabilidades por venir. Siempre habrá lugar para el descanso honrado de las horas quietas, si para ellas sabemos mantener en pie, sin cuarteadoras, los sillares esenciales de edificio de nuestra vieja cultura. Su espíritu mediterráneo –Grecia, Roma, España-, que informa la macicez estructural de nuestra cantera y tezontle mexicanísimos. Porque, entonces, para restaurarnos de la fatiga del combate, ya no nos bastará el más o menos cómodo y aun a veces lujoso, pero provisorio aduar que nos deparó el inmediato pasado, desierto del alma en que hubimos de trashumar, vacíos de nosotros mismos y de Dios.

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