Sol de Aquino

Identificador: SD-073.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 7 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura; Universidad y educación.
Santo Tomás de Aquino enseña en una escuela medieval

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hoy, siete de marzo, el mundo religioso y el mundo filosófico recuerdan a un gigante de la santidad y del pensamiento que floreció —como diría Dante de la “bienaventurada Beatriz”— “entre los cristianos de la centuria decimotercia”: Tomás de Aquino.

Hubo un tiempo en que, en frase del filósofo del Derecho, Recaséns Siches. “toda postura pulcramente filosófica resultaba sospechosa”. Por concomitancia, cuanto dijera relación con la ciencia del ser movible de desdeñosos encogimientos de hombros. Aristóteles —salvo en lo atañedero a la Dialéctica—, Platón, San Agustín, el propio Aquinate resultaban así de una plumada borrados del mapa de las preocupaciones de quienes se tenían por cultos. Junto con ellos, otras muchas egregias luminarias del esfuerzo intelectual humano quedaban, para la mayoría, como si nunca hubiese existido.

Hoy, por fortuna, la ingenuidad y la torpe limitación del positivismo han sido barridas en todos los frentes. El orbe de la cultura sitúa nuevamente en estima privilegiada a los grandes maestros del pensamiento. Sólo de vez en cuando la discordancia menor de plumas cortadas según la ñoña usanza ochocentista, repite una que otra vez aquello de “la pretendida ciencia metafísica” y otras inepcias de género chico. Todos, en cambio, cuantos representan hogaño un verdadero valor de la inteligencia, reconocen y aclaman la autenticidad del magisterio de los perennes nombres antedichos.

Y, concretamente, en lo que hace referencia al que mereció el supremo dictado de “Sol de Aquino”, abundan en el campo de los no creyentes las nobles manifestaciones de sorpresa, una alegre impresión de novedad y de hallazgo ante la fuerza y la fertilidad de sus especulaciones. Memorable por todos conceptos, es la confesión de Ihering —tan traído y llevado en tratados y cátedras jurídicas—, cuando declara: “Ahora que conozco este vigoroso espíritu, me pregunto cómo es posible que verdades como las que él ha expuesto hayan podido caer entre nuestros sabios protestantes en un tan completo olvido. ¡QUÉ DE ERRORES SE HUBIERAN EVITADO, SI SE HUBIERAN GUARDADO FIELMENTE SUS DOCTRINAS! Por mi parte, creo que de haberlas conocido a tiempo, no hubiera escrito mi libro —alude a su “Derzwekin Recht”—, porque las ideas fundamentales que yo había de publicar se encuentran ya expresadas con una claridad perfecta y una relevante fecundidad de concepción, en este potente pensador… Desgraciadamente, no me hallo ya en condiciones de ocuparme en la Escolástica medioeval y en la moral católica contemporánea y de reparar mi negligencia”.

Voces tan insospechables como ésta, deben mover a la meditación y a las honradas revisiones de su sistema mental a los que aún se han mantenido a la zaga… Y la extraordinaria obra de Santo Tomás debe ganar cada día nuevas inteligencias para la Verdad. A la vez, muchedumbres de corazones que inquieren anhelosamente por el Bien y el Orden en un universo asolado por la desorbitada prepotencia del Mal y de la Subversión. Porque, como entre otras plumas ilustres declara Maritain: “El mal de que adolecen los tiempos modernos es ante todo un mal de la inteligencia”, y el movimiento de renovación espiritual “que se esboza en el mundo no será durable y verdaderamente eficaz, si la inteligencia no es restaurada”. Porque hoy, “como en los días de la creación del mundo, el Verbo está en el principio de las obras de Dios”.

Ojalá que los valiosos representativos del tomismo en México encuentren una fórmula práctica que satisfaga la ingente necesidad de difundirlo extensamente en los centros de estudio. Es ello, a la par, una exigencia de la cultura y de la Patria. La síntesis tomista dará solidez a aquélla y será prenda agorera, para esta última, de un porvenir de libertad. Porque la verdad del de Aquino, como de toda verdad afirma la sentencia evangélica, es la única que puede hacer libres a los hombres, al permitirles superar las contradicciones contemporáneas.

Cuando tal verdad rija el entendimiento de nuestras clases directoras, habrá más probabilidades de que todos en México alcancemos esa paz que nuestro monje medioeval definió como: “la tranquilidad dentro del orden”.

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