Sobre el Fruto
Publicación original: Novedades, 2 de abril de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: fruto, semilla, cruz, Providencia y orden de la creación.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hagamos una pausa en las inquietudes de estas horas, cargadas de destino y de posibilidades históricas. Desviémonos, un punto, de la torrentera de los acaecimientos del día. No está de más un alto, meditativo y reparador, en alguna de esas cosas en las que, por elementales, ya no paramos mientes ni hacemos caso de su íntimo y confortador secreto.
¡Cuán cierto es, por ejemplo, que nuestra civilización de tipo robot no ha podido desvanecer en nuestro espíritu el antiguo mensaje, la hermosa palabra implícita que el fruto lleva en su dulce intención providente!... Ahí está, conforme a la espontánea evocación que todos hacemos, suspendido en la rama; meciéndose a impulso de un suave vientecillo; a medias disimulado por el follaje: mano del árbol que lo acaricia con efusiones de padre para el hijuelo en potencia.
¡Qué lenguaje el suyo, que expresa, para nuestra enseñanza, tan altos y misteriosos respetos hacia los gérmenes vitales! ¡Qué alarde de exquisitez y solicitud entraña la elaboración de ese estuche, en el que cada ente vegetal encierra amorosamente la promesa de lo que, en algún modo, lo ha de perpetuar, y que ha de prolongar la subsistencia de la especie! Ese maravilloso cofrecillo de natura, ¡qué seductor halago sabe insinuar para que, tentado el gusto por sus colores y aromas, haga saltar sus secretos resortes, y quede así, el leve tesoro de la semilla, en gozosa libertad, transido de presentimientos de un segundo, definitivo y fértil cautiverio en la entraña anhelosa de la tierra!...
Tal vez el pesimismo diga su palabra obscura, y recuerde que por el consumo de un fruto hubo de quedar libre la indeseable semilla de los males. Pero la respuesta la dio ya, en voces de arrebatada certidumbre, la pluma agustiniana: “¡Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!”… La dan los inmortales acentos de la Liturgia, el Viernes Santo: “¡Oh, Cruz fiel, el más noble de los árboles! Ningún bosque dio otro igual en hoja, ni en flor, ni en fruto”… Porque “compadecido el Creador del engaño de nuestro primer padre, señaló otro árbol para reparar el daño del primero”, para que en su Fruto –que de él pendió, en la trágica madurez del Sacrificio- hallase la humana estirpe la Salud que originalmente le fuera arrebatada por el fruto de perdición.
Y es que en la humana apariencia de ese Fruto divino, se escondía la Simiente, la poderosa virtud de la cual toda vida toma su principio y su fuerza.
Por eso, después de permanecer sepulta en el seno de la tierra, surgió de ésta –al tercer día- como el tronco de un nuevo árbol: el de la Cristiandad, cuyas frondas habrían de amparar al hombre, dándole cobijo para sus miserias, aliviándoselas, y colmándolo, a la vez, con nuevos y múltiples frutos con que saciar cada una de sus indigencias esenciales en el cuerpo, pero, sobre todo, en el espíritu. De ello da testimonio la Historia de nuestra civilización, que satisfizo las aspiraciones humanas en tanto que fue fiel al Tronco sobrenatural de que brotó, y que las ha frustrado desde el punto mismo en que se dejó invadir por las posteriores adherencias parásitas del neopaganismo, verdaderos vampiros que le han bebido los jugos vitales y la han desnaturalizado.
De modo que la nobleza del fruto, por donde quiera que se le advierta, es eximia, vital en la más exacta acepción. Custodio de los gérmenes de vida, él mismo en vida se transforma y la da al incorporarse, como alimento, al viviente que lo consume. Por ello, nada hay tan triste como el fruto que no es comido, que no se perpetúa por su asimilación a la substancia de otra vida superior; aquel fruto cuya corrupción llega incluso a alcanzar a su simiente, en el cual las posibilidades de fecundidad se frustran en la asquerosa digestión de las gusaneras.
Hay en ello, no cabe duda, un singular arcano apasionante. Nos abismamos ante la consideración del desigual destino de las cosas de un mismo género, llamadas al cumplimiento de un fin idéntico. Pero a esos abismos de tiniebla se sobrepone, indeficiente y victorioso, ese otro vasto, oceánico abismo de luz, en el que toda obscuridad se anega, en feliz naufragio: la certeza suprema del Orden universal, de la bondad fundamental del mundo, de la Bondad por esencia del Dueño de todas las cosas, quien las dispone y coordina en procesos para nosotros inabarcables, de los que sólo nos ha revelado la meta última y general: la realización del Bien por excelencia, del Bien moral.
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