Silencio en Cruz

Identificador: DM-126.
Publicación original: Novedades, 22 de enero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Vicente Echeverría del Prado, poesía, cruz, silencio y heroísmo.
Ilustración de Silencio en Cruz

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Vale la vida, vale el hombre, vale la Historia por lo que tienen de Cruz. Definida y clara esgrima geométrica de líneas en contradicción, la Cruz es combate, es duelo. Gana la Paz que se escribe así, con mayúscula; pero es, en sí misma, guerra. Guerra que nos gana la redención, y es por ello enemiga de la mendacidad de la paz escrita con minúscula; esa paz que constituye el mediocre ensueño de todos los pacifistas y la abominación de todos los que, según prometen las bienaventuranzas, por ser no pacifistas, sino pacíficos, serán llamados hijos de Dios.

Porque la autenticidad de lo humano se finca en el logro de las metas de perfección que sólo se realizan –temporal e intemporalmente- en la Paz que Cristo vino a ganar para nosotros. De ahí que sólo es valioso lo único que a esas metas hace arribar: la Cruz, que es sacrificio, y, por lo mismo, viril abnegación, impulso combativo contra el mal interior y exterior al hombre, contra la trilogía que enuncia San Pablo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; o, como nos dice el Ripalda: el mundo, el demonio y la carne.

Por eso es que una individualidad, un pueblo, una empresa o una etapa históricas valen en tanto que se clavan en la Cruz; tanto cuanto se crucifican en el empeño –saturado de heroísmo y renunciaciones- de hacer una realidad las metas queridas por Dios para el hombre.

Libro de inconformidad; páginas anhelosas de lo perfecto –batalladoras, por ende, no obstante su medio tono-; palabras crucificadas sobre el Calvario, -hoy más que nunca, tal- de la Verdad, del Bien y de la Belleza, eso es el último volumen poético de Vicente Echeverría del Prado. Su rubro, paradójicamente, es: “CON EL SILENCIO EN CRUZ”. Y está bien. Porque dice las voces de “la soledad sonora” del espíritu, cuando el espíritu se anega en las crucifixiones fecundas del recogimiento, de ese retiro cuaresmal al desierto de la ascesis o la contemplación, en donde se acopian fuerzas para volver, y vencer, al tumulto contradictorio, muchas veces repugnante, de la Historia que ahora se vive.

En este libro son los versos musicalidad triunfadora; afirmación bien hallada de los fueros constantes de la forma; vaso exquisito de lo bello y verdadero; desprecio temático de vulgaridades en boga. Sólo habrá que objetarles su excesivo modernismo; su insistente hacer “metáforas de metáforas” en una sorprendente gimnasia conceptual y sensitiva que realiza un gongorismo de nuevo cuño: mucho más elaborado y ambicioso que el de los antiguos conceptistas; de una sutileza y agilidad maestras, pero que también, a veces, fatigan, porque trabajan un poco –o un mucho- en clave, sobre presupuestos semiesotéricos, y abusan, tal vez, de eso que Echeverría domina “pensamiento hecho sensibilidad”, esto es, la intuición.

Ya alguna vez lo hemos dicho cordialmente: no hay poesía auténtica que no nos sitúe en el ámbito milagroso de las intuiciones; pero el hombre –que no es ángel, que no puede ser ángel en constante y sola intelección intuitiva- requiere siempre ciertos puntos de apoyo humildemente razonantes, en los que tomar impulso para el rapto mismo de la intuición que le hace salvar, de un vuelo, los abismos.

Pero hay algo en este volumen que aún más nos apremia al comento y al aplauso. Es la brillante prosa de sus palabras introductorias, que vienen a ser una varonil e impetuosa “mise en scène” de Echeverría del Prado en este “gran teatro del mundo” en que –hoy- todos nos vemos forzados a desempeñar un papel. Este poeta ha escogido para sí el papel crucificado de los inconformes con la mentira que en estos días señorea el universo.

De ahí la notoria verdad de sus palabras: “el lector que se acerque a mis versos, meritorios o no, (los advertirá) nacidos en el pecho de una rotunda varonía”. Así es. Por eso, los versos de Echeverría no dan siquiera “un denario de belleza, de vigilia o de preocupación” a los falsos valores convencionales de hogaño.

Por eso, aludiendo al tema del heroísmo, con entereza declara: “Los héroes auténticos… son los que hacen de la vida una consagración del sacrificio enderezado al bien o al perdón en el silencio de los valores legítimos. Estos héroes son innominables, y cuando en los inaccesibles designios de Dios encarnan en una personalidad sobresaliente…, se llaman Anacletos González Flores, Padres Pros y Cardenales Mindszentys”.

Y añade:

“Existen, sí, algunos cuyos nombres atruenan los resonaderos de la conciencia universal, pero -¡ay del mundo de estas horas cargadas de ignominia!- la libertad internacional de expresión y de pensamiento prohíbe o aconseja no mencionarlos… Estos héroes lo son tanto y tan genuinamente como los que se quedaron sin el escarlata de su sangre para el azul de México en la jornada de Chapultepec. ¿O es que la que defendieron aquéllos no es tan patria como la que recogió emocionada el sacrificio de estos últimos? ¿Tanta es la ceguera del vencedor ocasional que no alcanza a distinguir, irguiéndose para fustigarlo, el imponderable y magno monumento que se levanta en la historia inmediatamente futura, al vencido de estos días?

No deja de tener cierta razón este poeta que rehuye el tema heroico. ¿Cómo hablar del heroísmo “a un mundo que lo necesita pero que no sabe ya venerarlo; a un mundo que se postra ante el becerro de fuerza –occidental u oriental, da lo mismo- y que ha olvidado el señorío de los valores indestructibles, el del sacrificio sin exhibición, y el de la apostura del alma en el aislamiento del propio santuario”?

No obstante, el poeta convendrá fácilmente en que hemos llegado a un punto de la Historia en que se torna ilegítimo el silencio –aun el mismo “silencio en cruz”-, porque ya sonó, o es inminente, la hora en que se debe escuchar la palabra que incite, a lo que no está podrido en el mundo, a

“apretar la decisión de la aventura

en la empuñadura

de la Cruz”.

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