Sencillez yanqui y afectación hispanoamericana

Identificador: DM-207.
Publicación original: Novedades, 4 de agosto de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Historia e Hispanidad, Prensa y medios.
Ilustración de Sencillez yanqui y afectación hispanoamericana

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El apologista protestante de la sencillez y el “candor” yanquis, y, a la vez, anatematizador de la “teatralidad” española e hispanoamericana, nos explica que es tan decisivo el gusto del norteamericano por el circo, que le confiere “una propensión fatal a convertir el arte en acrobacia”.

Se nos dan ejemplos:

Que el “jazz” y el “swing” no son, en resumidas cuentas, sino “una degeneración acrobática del virtuosismo musical”. Que un conjunto de ballet, pongamos por caso el de la Radio City neoyorquina, nunca es más aplaudido que cuando medio centenar de bailarinas cumplen la hazaña del movimiento estupendamente uniforme y simultáneo, o bien cuando sus interpretaciones son fastuosamente encuadradas en el marco circense “de efectos de luz, color y maquinaria”. En otro plano escénico, se nos subraya el que gran parte del cine de allende el Bravo –como los “episodios” y las películas “de vaqueros”- viene a ser verdadero circo fotografiado, por lo que, al fin y al cabo, divierte; en tanto que el cine español e hispanoamericano es “teatro ante la cámara”; insufrible por sus “sonsonetes declamatorios y sus actitudes patéticas”. Y ya puestos en ese camino se nos contrasta la oratoria yanqui, cuyos buenos representantes –se afirma- nunca dejan de echar mano del chascarrillo y del chiste –incluso en la prédica religiosa-, con la nuestra, en la que es constante manifestemos nuestra índole artificiosa y afectada, que nos hace engolar la voz y ponernos trágicos de tono hasta la histeria.

No es necesario, por supuesto, ponderar lo pobre de esa insinuada elevación del “candor” yanqui a la categoría de lo admirable e imitable; candor que erige en norma valorativa del arte la perfección acrobática. Por otra parte, ¿es posible creer de veras en la superioridad del orador yanqui de sobremesa que no quiere perturbar la digestión de los comensales tratando con idónea seriedad las cosas serias, o en la del predicador, también yanqui, que al exponer temas de suyo elevados estima indispensable soltarnos tres o cuatro gracejadas? ¿No equivale ello a poner la de fray Gerundio de Campazas por sobre la oratoria de Fenelón o Bossuet?... Y además, y principalmente, ¿qué los hispánicos no cultivamos jamás en la oratoria la ironía y el gracejo que ayudan a aligerar la gravedad de un discurso; pero con finura, con ingenio, con sentido de la proporción? Sostener lo contrario en términos tan gratuitos y generales, ¿no es poinssetismo?

En lo cinematográfico hay que convenir en que las cintas españolas e hispanoamericanas a veces se resienten de inadecuados trasplantes de lo teatral. Mas ni este incidental defecto es exclusivo del cine hispánico ni debe atribuirse por fuerza a razones temperamentales, congénitas, que nos llevarían siempre “venga o no al caso”, a la afectación, a la teatralidad. Para explicarlo bastaría lo incipiente de nuestra experiencia “fílmica”.

Lo que no resulta, en cambio, tan explicable, es que el cine estadounidense, con sus excelencias técnicas, con la experiencia y recursos de su ya vieja y colosal industrialización, caiga en defectos imperdonables, puntualmente del género de los que se nos echan en cara.

Recuerde, si no, el lector, cómo es frecuente en las películas yanquis que aproximadamente quieren –y pocas veces pueden- ser “de tesis”, el que no falte un personaje que en el momento más inesperado interrumpe la acción largándonos un nada breve discurso que declara la “tesis” de la obra. Esto es singular y fácilmente comprobable en muchas películas norteamericanas con temas de la última guerra mundial: rara vez les falta el súbito discursito en pro de las libertades democráticas y en contra de las maldades totalitarias; discursito ese sí engolado y declamatorio que resulta, ya alarmante por su violento nerviosismo, ya somnífero por su tono –igualmente estereotipado y teatral- de gravedad excesiva.

¿Y qué decir de esa inefable y constante cursilería, tan “teatral”, de los actores y actrices yanquis, que cuando de expresar se trata los estados de desesperación, de pánico, o nada más de cólera, desde hace mucho nos cansan con sus siempre iguales interpretaciones que extreman el patetismo hasta alcanzar una histeria chirriante por lo gritona?... Lo peor es que este ríspido patetismo empieza a contagiar a nuestros actores, que por tal influjo típicamente yanqui corren el riesgo de olvidar que a lo que debe aspirarse es al obvio equilibrio entre la intensidad y la naturalidad, tan ejemplarmente realizada, pongamos por caso, en la expresión de lo trágico, por la española Aurora Bautista, quien, ni siquiera al interpretar la locura, ha tenido que acudir al resobado recurso de la histeria para cumplir actuaciones extraordinarias por su autenticidad.

Pero todavía hay algo más hondo y substantivo qué decir en torno del “candor” yanqui y de la “solemnidad” hispanoamericana.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.