Semblanzas pueblerinas

Identificador: SD-064.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 7 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de Semblanzas pueblerinas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Sabiamente acomodado –con sabiduría de sentido común- en el valle y junto a las aguas lustrales del río, el pueblito tiene el secreto de la tranquilidad. Y sus casas blancas, que se tocan con el rojo limpio de sus tejados, saben hacer la meditación de la paz. El pueblito es cátedra de sobriedad y sabor espiritual.

Como si fuese el pensamiento de una ciudad que no llegó a ser, su plaza central es amplia y fuera de proporción en aquella miniatura simpática de calles que la rodean con el cariño de la protección, vigilando su inmovilidad, regulando el Derecho que en ella tiene su asiento natural, y deleitándose sabrosamente con la música de su quiosco en las tardes domingueras.

Hay en el templo, cuya edad pierden los más viejos de las inmediaciones, el dulce arrullo de las palomas; y sus torres, que marcan con el sonido de sus campanas el ritmo de la vida de las gentes y de las cosas, hablan las voces sencillas que indican rumbos y que definen horizontes… Es el templo de la misa mañanera y la oblación de las primeras cosechas y la petición de las lluvias cuyo retraso seca la boca de la tierra. De él se desprenden las calles como si fueran ramas de un árbol que empieza en el valle y termina en el cielo; las callecitas curvadas para ocultar a la mirada inquisitiva los soportales de sus casas y los tiestos de sus ventanas y las puertas generosamente abiertas a la hospitalidad que no sabe de bellaquerías y de hurtos. Callecitas aseadas con limpieza de empedrado por el que se han ido las pisadas serias y reposadas de los muertos queridos; callecitas regadas todos los amaneceres por las mozuelas frescas, sonrosadas por el viento matinal que va y viene tonificando el ambiente con soplos de renovación.

Y tras de las casas –paredes encaladas de blanco y pisos de rojo enladrillado, borrosos daguerrotipos que fingen rezar aún a santos guarecidos por la transparencia de los capelos, y calendarios inactuales en que el tiempo se ha detenido- los corrales en donde los hombres reparten su existencia y sus amores con las bestias útiles.

Ahí de las gentes de vestimenta humilde, cuyo trabajo tiene ocios todas las tardes en la tienda y en la botica, y en la barbería, y que son como su pueblito, porque tienen tosquedad en las manos y fortaleza en el espíritu.

Por eso, cuando se quiere conocer el verdadero corte del perfil nacional, se mira el panorama de la provincia en la mansedumbre de sus caseríos pueblerinos; allí donde la brisa juega con el piar de los polluelos, las hojas del maizal en sazón y los cantos de los hombres que acarician sus guitarras junto a las rejas y las bardas de esas casas que, aun en su brevedad, alientan señorío e íntima grandeza. Allí donde el canto del gallo despierta la vida y la estrella de la tarde despide el día, y en la calma hogareña, después del rezo, se rumia la noche liando un cigarrillo de hoja.

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