Semana Santa

Identificador: DM-241.
Publicación original: Novedades, 30 de marzo de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa.
Una cruz velada preside el recogimiento de Semana Santa

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Comienza la Semana Santa, cuyo centro es el drama de la Cruz, que lo es del drama de la Historia. Su conmemoración debe apagar las preocupaciones banales y el mundano estrépito de los inconscientes, en todo espíritu que tenga un pequeñísimo atisbo del tremendo misterio de iniquidad y del inefable misterio de amor que hay en la Cruz.

Si los hombres penetráramos toda la espantosa hondura metafísica de lo sucedido en el Calvario; si entendiésemos que entraña una horrible conmoción, ya no cósmica, porque esta palabra designa hoy sólo una parte, la material, la menos perfecta de lo existente, sino universal, esto es, de todos los planos del ser, del mundo visible y del invisible, de lo corpóreo y de lo incorpóreo: si tal entendiésemos —repetimos— huiríamos como alimañas a buscar en el último antro de la creación de un refugio, un escondite imposible. Es de creerse que moriríamos de terror. Hay una suma piedad en el haberse negado a nuestra inteligencia comprender, en toda su formidable dimensión, lo que es la muerte de Dios.

Sin embargo, lo minúsculo que de ello abarque el entendimiento humano sírvenos de punto de partida para tener aunque sea un remotísimo vislumbre del misterio de amor de la Cruz:

Si en esta nuestra miserable naturaleza es el amor de los padres lo supremo y arquetipo, lo que no admite parangón con cualquier otro amor, ¿qué cosa anonadadora e indescriptible será en el plano ontológico de Dios el amor del Padre al Hijo por quien hizo todas las cosas?... No obstante ello tanto amó Dios al hombre, que no paró hasta entregar a la muerte a su Unigénito… Sí, Dios nos amó “hasta el exceso”.

Si estas cosas entendiéramos y de su presencia constante en el espíritu viviésemos, nuestro mundo sería muy otro del que es. Nos veríamos obligados a corresponder la fineza exquisita del Amor divino, al menos con el pobre obsequio de nuestro pequeño, imperfecto amor. Y no podríamos tampoco eludir el mandato contenido en el testamento oral de la Última Cena cuya observancia, amándonos unos a otros, permitirá saber dice el Señor, que somos sus discípulos.

¿Es pueril, ineficaz, recordar todo esto a un mundo que tiene consumida su atención en preparar la más feroz de las guerras?...

Lo pueril y estulto sería no gritárselo con voces que puedan dominar el alarido de estos odios implacables que tienen envenenadas a las gentes. La verdadera revolución —afirma un sagaz incrédulo— empezará cuando los cristianos se decidan a vivir su fe. Y hoy es la hora en que el Bien ha de ser supremamente enérgico, recio, varonil; con un ímpetu conquistador, con una santa —también implacable, diríamos— acometividad de ofensiva que convierta en polvo todos los reductos exteriores e interiores del Mal, a modo de encaminar el acaecer histórico hacia un entronizamiento del amor en la organización de la paz internacional, en la estructuración doméstica de los pueblos, y en la íntima política —si vale la expresión— de cada alma, porque, en definitiva, del interior del hombre sale a la tierra lo bueno y lo malo.

A esta generación tocaría la responsabilidad —gigantesca, pero ineludible— de volver a anudar los hilos de oro de una Historia cuyos extremos iniciales se sujetan a los clavos benditos de la Crucifixión, y cuya continuidad debe ser garantizada hasta el fin de los tiempos, cuando el último hombre termine el ciclo terrestre del género humano y ponga, felizmente, en la diestra de Dios, el último cabo de la Historia total, antes de entrar a la vida perfecta —y por ello sin Historia— de una Eternidad de Amor.

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