Santa María la Ribera

Identificador: SD-015.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 22 de julio de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Ilustración de Santa María la Ribera

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Una de las secciones más características de la ciudad de México, es, indudablemente, la Colonia de Santa María. Es una de las zonas que iniciaron la ampliación –hoy ingente- de la Metrópoli, y, a lo que alcanzamos, la que más sabor y personalidad ha conservado al través de las innovaciones de los últimos años.

Ello se revela marcadamente en la fisonomía general de sus construcciones, que datan en su mayoría de los dos primeros decenios del siglo. En sus calles que –con excepción de dos o tres-, no obstante que hoy la ubicación de la colonia puede llamarse céntrica, tiran más bien a la quietud lugareña que al tráfago citadino; y aun en uno que otro sitio nos regalan con el encanto de una rinconada: casas vetustas y largas bardas corridas que ciñen tal o cual solar sin fincar. Se acusa, asimismo, en el ambiente social, perfumado de un localismo y originalidad que no se hallan en ningún otro rumbo capitalino.

Santa María es, casi, un islote provinciano dentro del mar azaroso de la gran urbe. Gran porción de sus habitantes se compone, precisamente, de familias exiliadas de la provincia que han hallado, en el perfil psicológico de la colonia, un puente para su adaptación ineludible a las exigencias de la vida agitada y difícil de la capital. Eso, tal vez, ha favorecido la persistencia ejemplar del alma colectiva del barrio.

Su corazón espiritual, como si se tratara de una castiza población mexicana, ha sido y sigue siendo la Parroquia de la tradición municipal hispánica, cuya torre se yergue en ademán que señorea y ampara el caserío, como robusto brazo sacerdotal que insinúa en el aire el principio de una bendición que irradiase a los cuatro puntos cardinales su taumaturgia de eficacia sobrenatural.

Las arremetidas expropiatorias acabaron con varios lugares de oración y colegios que eran parte importante de su vida localista. “Por eso ya no se ven pasar por sus calles las mujeres vestidas de monjil ni las niñas uniformadas hacia “las Damas del Sagrado Corazón” o el “Verbo Encarnado”; ni las madrugadas caminar de prisa los obreros rumbo a “las Siervas” o a la capilla “del Consuelo”; ni muchas de aquellas cosas que hasta hace unos cuantos años contribuían a aquel encanto sencillo y a la vez creyente del barrio…

Completan sus rasgos, que le dan el aire de una suerte de municipio cerrado y total, con una especie de vida autónoma y cerrada, la importancia de su mercado, con su “tianguis” semanal, y la de su calle que podríamos llamar comercial, misma que la ha bautizado con su propio nombre de Santa María de la Ribera.

Del mismo modo, su frondoso jardín central, “fresco y hermoso, con su quiosco para la música dominguera”. En él “todavía charlan los viejos y ríen los niños, y dicen su poesía los álamos añosos y solemnes”. Es el polo social de la colonia, en cuya banqueta circundante se realiza dominicalmente –trasunto fiel de los usos provincianos- el desfile ritual del mujerío con caras de gloria y gracia de mexicanidad, después de la misa “de una” oída en los templos del contorno, a la salida de la cual nunca faltan los galanes en ronda que acechan el rostro bonito y el andar saleroso que obligan al piropo y al cortejo.

Santa María, con todo esto y con su atmósfera de familia grande, bullanguera y rezadora a la par, sigue siendo, esencialmente, la misma de siempre. Una península o “cabeza de puente” de la mexicanísima provincia, llena de reciedumbre y casticismo, en la urbe cosmopolita.

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