San Juan y nuestro tiempo
Publicación original: Novedades, 24 de marzo de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Generalmente suele pasar inadvertido u olvidado que la circunstancia que dio coyuntura a la redacción del Cuarto Evangelio, en las postrimerías del siglo primero, fue el confusionismo doctrinal que pretendieron introducir —lográronlo en cierto número de cristianos— las ideas gnósticas. Fueron éstas un arbitrario galimatías en que quisieron sistematizarse novedosamente elementos en los que no es difícil descubrir un rezago suigéneris de influjos mitológicos y politeístas, matizado por el racionalismo de las últimas etapas de la antigüedad clásica, y combinado con materiales, adulterados al tenor de una desgobernada fantasía, desprendidos de la tradición hebraica y del naciente cristianismo.
Esta circunstancia tiene el gran interés de recordar el hecho de que las herejías son, prácticamente, tan antiguas como el cristianismo. Es caso de hacer memoria de que ya en el año 50 la Iglesia celebra su primer concilio, el de Jerusalén, en el que los apóstoles, presididos por Pedro, condenan la pretensión sostenida por los judíos conversos de que las prácticas exteriores de la religión mosaica —circuncisión, abstención de ciertos manjares, etcétera— obligasen también a los cristianos, aun a aquellos de extracción pagana. La inconformidad de los judíocristianos extremistas con esta disposición del concilio originó la primera herejía, la de los ebionitas, a la que cronológicamente sigue la ya mencionada de los gnósticos con la que incluso alguna vez hubo de sincretizarse.
Esto nos ha venido a los puntos de la pluma por la lectura de una obra de subidas excelencias: “LUZ Y VIDA”, editada por la Buena Prensa, y que recoge lecciones sacras del padre Eduardo Iglesias, S.J., sobre el Evangelio redactado en su ancianidad por San Juan.
No es aquí nuestro intento ponderar así la calidad, así substantiva como literaria, de estas páginas en que la macicez de la doctrina, el vuelo del pensamiento y el fervor oratorio apasionan con la enérgica vitalidad que otorgan a la exposición y comentario del sagrado texto. Sólo digamos que para nosotros han sido estupendo mirador desde el cual nos es dable asomarnos, teniendo a la mano la firme seguridad de un asidero, a esos supremos abismos ontológicos y teológicos que San Juan nos hace atisbar más expresa y directamente que los evangelistas de los Sinópticos.
Es lo cierto, pues, que para eso específicamente escribió el menor de los hijos del Zebedeo: para confirmarnos en la fe de ese misterio capital de la Encarnación del Verbo, según sus expresas palabras: “esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios”.
El énfasis de esta declaración es, puntualmente, lo que inviste al último de los Evangelios de una inevitable actualidad. Su medular carácter de testimonio de la divinidad de Jesucristo en contra de la negación gnóstica, y, en ella, en contra de todas las demás negaciones de los siglos siguientes —y el nuestro no podía ser excepción— han repetido.
Hogaño, como en el tiempo en que San Juan redactó su Evangelio, y si se quiere con mayor intensidad que entonces, suelen también florecer el racionalismo más exacerbado y la credulidad más lamentable. Uno y otra, al fin y al cabo, paran en lo mismo: en superstición extravagante. De ello pueden ser muestra insigne cosas que van desde la superstición con que el vulgo —incluso el vulgo intelectual— cree indiscriminadamente cualquier novedad, siempre que sea apoyada por alguien a quien una publicidad resonante proclama personaje de mundillos filosóficos o científicos, hasta todas esas informes, nebulosas enseñanzas sin pies ni cabeza de las que el teosofismo podría ser paradigma, y que en punto a estrafalarias no ceden un ápice a las teogonías gnósticas.
Porque no es posible oír hablar a los continuadores de Sartre, “el gran insecto sucio”, que dijera Papini; o leer a algún mantenedor del modernismo teológico, que somete el dogma a tortura y distorsión, para acomodarlo a las necedades de la novelería dizque filosófica y científica: o escuchar a los adoradores de dislates cientificistas de los que H.G. Wells fue editorialmente afortunado divulgador: o topar con algún semidesquiciado cultivador de esoterismos “orientalistas”, sin recordar invenciblemente las palabras con que San Pablo alude a la infiltración del gnosticismo estrambótico en algunas comunidades cristianas.
Así, escribiendo a Timoteo, ínstale a que llame la atención a los fieles para que “no se ocupen de fábulas y genealogías interminables, que son más propias para excitar disputas que para formar por la fe el edificio de Dios. De lo cual, desviándose algunos, HAN VENIDO A DAR EN CHARLATANERÍA, queriendo hacer de doctores de la ley, SIN ENTENDER NI LO QUE HABLAN NI LO QUE ASEGURAN”. E insiste asimismo en que den de mano a las “fábulas ridículas y cuentos de viejas”, expresión que revela claramente el desprecio que intelectualmente le merecían las tales doctrinas. Y, en precisa admonición, concluye con un lenguaje que diríase escrito para nuestro tiempo, exhortando a “guardar el depósito de la fe, evitando las novedades profanas en las expresiones, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia que, profesándola algunos —los que hoy equivalen a los gnósticos de entonces—, vinieron a perder la verdadera fe”.
Las contemporáneas negaciones de la naturaleza divina de la Persona y del mensaje de Jesús, hacen volver, en vigoroso ritornelo, a ese Cuarto Evangelio, a esas pocas páginas en que San Juan dejó testimonio incontrastable de la Luz y de la Vida que las tinieblas de este agónico mundo no han querido recibir:
“Al Verbo de la vida que fue desde el principio, nosotros le oímos, le vimos con nuestros ojos, y contemplamos, y palparon nuestras manos. Y la vida se hizo patente y así la vimos, Y DAMOS DE ELLA TESTIMONIO, y os evangelizamos esta Vida eterna, la cual estaba en el Padre, y se dejó ver de nosotros”.

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