Sabiduría del Año Nuevo
Publicación original: Novedades, 29 de diciembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Mientras hay vida hay esperanza, nos repite el proloquio popular. La excelencia de su concisión bien declara el inescapable atributo humano de la perfectibilidad. El hombre desea, con supremo anhelo, en una u otra forma, realizarse a sí mismo plenamente, llevar hasta la máxima expansión todas y cada una de sus virtualidades, a las que adivina, no sin razón, poderosas, y a las que juzga hechas para vivir en planos superiores. Este fenómeno puede comprobarse en la secreta intimidad aun de los más mediocres.
El refrán aludido manifiesta también, contra los fatalismos orientales, la humanísima convicción de que esta vida plena, total, de la propia esencia, de lo que cada quien estima que DEBE SER, es algo verdaderamente posible en principio. Y que sobre todo en las cosas del espíritu, a un “deber ser” corresponde un “poder ser” sin el cual el primero carecería en absoluto de sentido.
Es por eso que cada Año Nuevo, si de lo material se trata, nos vuelve a encender la esperanza de la prosperidad. Piénsase mejorar en el empleo, vislúmbrase la realización de algún pingüe negocio, o, ya que la esperanza es lo último que muere, un alivio de la situación económica general; se sueña quizá en la herencia del pariente rico, o, puerilmente, en la buena fortuna ligada a la virtud cabalística de un número de la lotería.
Y no se diga por lo que hace a las preocupaciones morales. El comienzo del año nos trae un rayo alentador para la resolución de los problemas, muchas veces agobiantes, que durante el año que finaliza nos han lastimado el espíritu, minado nuestras reservas psicológicas y han hecho frustráneos nuestros deseos de tranquilidad y alegría interior. Desavenencias familiares o amistades fracasadas; nobles sueños aún irrealizados; voces, tal vez, de la conciencia que nos recuerdan deudas insolutas con la ética, con la gratitud, con los santos afectos que debieran señorearnos la existencia. Al despuntar el año, todas estas cosas –sonidos, en suma, de la dramática sinfonía vital de cada hombre- como que se presiente que han de resolverse, acordadamente, en una sublimada armonía alrededor de un tema melódico fundamental: esa meta última y esencial que cada quien se ha propuesto y en la que finca la perfecta realización de sí mismo.
Puédese afirmar que es sabio este reiterado asirse a la esperanza. Lleva implícita la certeza en la verdad de que el mundo, a pesar de sus deficiencias, es bueno, y de que hay en él una altísima y posible tarea que cumplir. Fecunda certeza, motor recóndito de todo empeño, de todo adelanto, de toda la hacedera felicidad de esta vida, singularmente cuando se vive la expectativa final de un Año Nuevo ultraterreno, sin defecto ni mancha, en el que no tendrá término ni podrá zozobrar nuestra anhelada plenitud.
Y en lo colectivo, a pesar de que 1953 también se abre con una temerosa y gigante interrogación para el mundo y para Méjico, la mejor ofrenda que en esta coyuntura histórica podemos dar a la Patria –y a nosotros mismos, si queremos ser algo que de veras valga la pena- será un optimismo de fresca mocedad militante que nos haga clarificarnos interiormente con relámpagos de ilusión, con ideales trascendentes que nos remonten a esferas superiores. Saber enderezar, con suprema hombría nuestras intenciones hacia el Bien. Deshacernos de rutinas y desechar derroteros que la reflexión y la experiencia nos han mostrado ser inferiores, indignos de nuestro esfuerzo y amor.
Venga lo que viniere, sea ese el combativo signo de Méjico y los mejicanos de 1953.

Comentarios
Publicar un comentario