Retratos
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 16 de septiembre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
¿Cuántos de nosotros conservamos en sitio de honor de la casa algún retrato de nuestros abuelos?... Uno en cada mil, probablemente.
Hecho tan nimio al parecer y de escasa monta, es una triste revelación de lo que somos, hoy, para el extranjero observador.
Hasta no hace demasiado, solían pender de las paredes hogareñas, como objetos de un culto reverente. Su mirada solemne y afectuosa veía desfilar, una tras otra, las generaciones de los descendientes. Cada aurora, aquellos retratos de los abuelos reiteraban su señorío en los ámbitos del solar de la familia. Y su espíritu adquiría fuerza tangible en las almas, en los menudos hechos diarios, en las solemnidades íntimas, en los trances de angustias o perplejidades. Su sola vista decía entonces a la progenie del valor para los sacrificios supremos, del dinamismo honrado y creador que la estirpe había acumulado en el pretérito para la perfecta realización del presente. “Nobleza obliga…”, parecían repetir el óleo añoso o la desleída fotografía con cariñoso y recio estímulo.
Y cuando en alguna estancia sonaban los vagidos de una nueva existencia que venía a eslabonarse a la áurea cadena del linaje, en los viejos lienzos las pupilas de los antepasados fulgían gozosas de interés y ternura. En ocasiones tales, sentíanse otra vez disfrutar de existencia corpórea y dulce en la carne de pétalo del recién nacido; y desde sus marcos dorados –no prisiones de su efigie, sino solio desde el cual regían la casa- le signaban con heráldicas divisas genealógicas.
Así, desde que sus ojos se abrían a las primeras luces hasta que las postreras se le apagaban en el naufragio de la muerte, el hombre vivía asistido por la ingente sociedad de los ancestros: constante, amorosa, invisible, pero enérgicamente verdadera. A lo largo de toda la vida los sentía suyos, latiendo en su corazón, obrando con sus manos, perviviendo en sus gustos, en sus ademanes, en su talento… “Tu abuela, solían decir las tías ancianas, tenía tu mismo aire, mezcla de socarronería y afabilidad con el prójimo; cuando leía o meditaba hacía descansar en la mano izquierda el mentón, como tú”… O comentaban: “Fulano ha heredado de su abuelo la afición por las armas: seguramente llegará a distinguirse en la milicia. Será como él un dechado de bravura y caballerosidad”… Estas y otras cosas ataban fuertemente a la persona con la historia de la familia.
Pero vinieron los tiempos malos. Gentes de otras tierras nos enseñaron a renegar de los abuelos. Nos forjaron la superstición de que todos ellos no fueron sino un hato de imbéciles que ocuparon la vida en cosas tan ñoñas como el honor, la hidalguía, el respeto al orden y a la tradición, el sacrificio por los demás. Que extremaron su estulticia -¡pobres, ignoraban que el tiempo es dinero!- hasta desperdiciar la existencia en arduas e improductivas empresas por cosas tan medioevales como Dios, la Patria y –los más antiguos- el rey. “El pasado, nos dijeron esas gentes, no importa. Sólo lo de hoy tiene cuenta. Nuestra propia vida individual, de la que cada uno es arquitecto y que nada tiene que ver con los muertos. Los muertos… ¡bien enterrados están!
De esta suerte vinimos a renegar de nuestro pretérito, de nuestro abolengo, de nuestros muertos. No advertimos que con ello hacíamos la entrega simultánea de nuestra casa blasonada, de nuestro presente y aun del porvenir de nuestros hijos en las manos advenedizas. Desaparecieron de nuestras paredes los retratos de los abuelos. ¿Qué nos importan ya?... Claro: “no nos importa saber de dónde venimos, porque ya no nos importa saber a dónde vamos”. Y fue amarga verdad en nosotros la imprecación de Ricardo León:
“¡Cómo han de amar la memoria
de los blasones paternos
estos bárbaros modernos
sin sentido de la Historia!”
Pero un día alumbrará en que llegaremos a tener conciencia lúcida de nosotros mismos. Y cada uno caerá en la cuenta de que personal y colectivamente, nuestra grandeza presente y futura radica en el impulso que dieron y siguen dando los abuelos. Nos dolerá entonces en el alma “la mella de los siglos arrancados”. Sentiremos en los huesos un estremecimiento de vida nueva. Nos sacudirá una dinámica desconocida y gigante. Nos sentiremos con tamaños suficientes, como otrora los muertos, para los más arriesgados y generosos empeños históricos. Comprenderemos que esa fuerza increíble la habíamos encerrado, estúpidamente, con siete llaves, en el sepulcro del Cid; en el penumbroso desván en que arrumbamos los retratos de los abuelos, comenzando por el del abuelo de los abuelos: Cortés, que nos fundó la Patria.
Y sonará la hora solemne de las rectificaciones.

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