Retorno a la tierra
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 20 de junio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Volver a la tierra, claman filósofos y sociólogos. Y ello ya no es el brumoso, romántico afán rusoniano. Ese que no sabe a fin de cuentas qué es lo que implica volver a la tierra. Ese que tiene mucho de sonora oquedad vana y que recuerda demasiado la selvática irresponsabilidad del salvaje.
Porque la vuelta a la tierra lleva implícita, antes que otra cosa, responsabilidad. Es el directo enraizamiento del hombre en el cosmos, desposorio del que toma arranque y primer impulso la cultura. Porque el del hombre con la tierra tiene, como todo matrimonio, las altas responsabilidades de la fecundidad. Y esa fecundidad, para ser válida, debe resolverse cabalmente en civilización, la que a fin de cuentas es lo mismo que cultura, que vale tanto como decir cultivo. Por eso, muchos contemporáneos espiritualmente distantes de esta raíz de la cultura, son terriblemente incultos. Y creyendo lo contrario, al pasear por la banda de asfalto de las carreteras la neurosis del ambiente maquinista de sus grandes ciudades, sus ojos miran el campo, pero sin comprenderlo. No penetran la “dulce teoría verdadera” que en él se esconde. Para la superficialidad de su alma turística, es ininteligible el campirano mensaje redentor.
Hay que recobrar, México debe recobrar el sentido cierto, veraz de la vida, de la raíz de la cultura. Para ello, apenas habrá otra cosa que, como el campo diga la suprema lección de lucha elemental, en que se mezclan —a la vez— contingencias imprevisibles y estimulantes certidumbres. Porque el campo es duro y hay que conquistarlo “a golpes de cariño”. Con la noble pertinacia con que se conquista a la mujer que se quiere para madre de los propios herederos.
Cada vez que el hombre consuma esa conquista, puede comprobar que:
“el campo es un exacto y honrado cumplidor:
y está comprometido con las uvas de octubre
y a mayo le ha ofrecido, cuando vuelva, una flor…”
Ahí está nuestra tierra… Algo supo de su amor el tolteca o maya o ulmeca- que aun nuestra prehistoria no ha identificado con toda claridad al pueblo, probablemente egiptoide, que hizo aquí el primer trasplante de civilización-. Pero fue México, ya no tolteca, ni ulmeca ni maya; sino físicamente mestizo y culturalmente hispánico, el que la amó con plenitud. Y como fino amador, pudo entender la evidente verdad de la palabra que el campo le decía:
“Venid, sin miedo, a mí los amadores
que en mis brazos morenos tendréis cuanto dijimos:
mayo tendrá sus flores
y octubre sus racimos…”
Pero vinieron los tiempos malos. Y el pretexto especioso, falaz: para que nadie la quisiera, se dijo que la tierra era de todos. Se oyó el ulular exótico de un viento de estepa. Y el pegujal quedó yermo; y las eras, mondas. La sangre de los amadores de la tierra, muchas veces, hubo de empapar el surco en un postrero, baldío esfuerzo de fecundación… Y, entonces pudo decirse que:
“por encima de la tierra calva
ya canta su proeza
con su risa amarilla, el oro fácil”.
Sí, el oro fácil del esquilmo del bracero…
Mas ello no puede ser definitivo. Hemos de emprender el retorno, en contriciones purificadoras, a esa enamorada constante y fiel. ¡Volver a esta ubérrima tierra de México, inagotable en dones generosos, perdonadora incansable de desvíos!
“Porque la tierra tiene tenacidad de risa
para todo dolor.
La tierra es la impasible compañera
que en la alta noche espera,
con la lumbre encendida, la vuelta del Amor”.

Comentarios
Publicar un comentario