Resurrección

Identificador: DM-191.
Publicación original: Novedades, 7 de abril de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa.
Ilustración de Resurrección

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Cuando la hostilidad contra Cristo se empeña en atacar los elementos esenciales de su Verdad, no hace otra cosa que repetirse de un siglo al siguiente, con monótona impotencia. Veinte centurias han transcurrido, y el odio –o la ignorancia- se obstinan en negar la milagrosa realidad de la Resurrección, el dato objetivo de que Cristo aún vive.

Desde el día mismo de aquel soberano suceso, los escribas y fariseos difundieron entre el pueblo israelita la medrosa inepcia: “los discípulos vinieron de noche y hurtaron el cadáver…” Por esparcir a los cuatro vientos el infundio, pagaron a los que habían guardado el sepulcro, sin separarse de él ni un instante: “Mientras dormíamos, robaron el cuerpo”, afirmaron quienes, así, implícitamente, no tenían empacho en mostrarse como pésimos custodios.

¡Donosos testigos!... San Agustín hubo de oponerles este inescapable dilema: “Si dormíais, ¿cómo sabéis que os robaron el cuerpo? Y si no dormíais, ¿cómo os lo dejasteis robar?”... Basta un mínimo de sentido común para establecer lo burdo de la mentira. No es verosímil que los que en la hora suprema carecieron de agallas para defender la vida del Maestro, súbitamente y en mitad de su acobardada desolación se enfrentaran al peligro de los guardias armados.

¡Y qué guardias! Nada menos que soldados de las legiones romanas, habituados a los azares, artimañas y sorpresas de la vida militar; especialmente prevenidos contra las contingencias desagradables, posibles siempre en el ambiente de aquel pueblo levantisco que se hallaba en perenne y contumaz rebeldía contra el yugo de César, detestando cuanto representaba de una u otra manera su poder. ¡Soldados del Imperio, en cumplimiento de una misión de Pilatos, que se dejan vencer por el sueño y no se percatan de la ruidosa maniobra de hacer rodar la pesada losa que impide el acceso a la sepultura!...

Todo ello es, a la verdad, demasiado grueso para admitirlo. Como no lo ha admitido la inmensa falange de personalidades cuya vida fue ilustre por el saber, por la virtud, o por uno y otra al par, desde los orígenes del Cristianismo hasta nuestros días. Todos ellos, en cambio, han tenido por cardinal convicción la fe en la resurrección de Jesucristo.

Ante lo estupendo del milagro, no son de asombrar las incredulidades. Los mismos discípulos de Jesús, en un principio, no dieron crédito al relato de las santas mujeres que les aseguraban que el Señor, otra vez, vivía. Los dos que con Él tropiezan en la ruta de Meaux, no le reconocen durante todo el trayecto. No es sino hasta el momento en que al dar principio a la cena –repitiendo el ademán que ellos bien tenían presente- coge el pan y les reparte de él, cuando sus ojos se abren a la pasmosa evidencia de la resurrección.

No de otra suerte, en las últimas décadas, fueron incontables los que daban socialmente por muerto a Cristo. Pensaban que la Iglesia no hacía otra cosa que usufructuar el prestigio de un cadáver que había hurtado desde hacía mil novecientos años… Ni Cristo ni su Evangelio viven ya, afirmaban. En realidad, Cristo seguía viviente en su Presencia Eucarística, en la Iglesia y en las almas que contra toda corriente de moderna paganía persistían creyendo en Él y amándolo. Hoy, tampoco se pueden contar los que no supieron reconocerle en la etapa histórica que está por liquidarse; pero que en esta hora vesperal de supremas y desnudas verdades le descubren –como en un nuevo Meaux- redivivo, triunfante, y aun de carne y hueso, en el Papa de Roma, en cuya persona Jesús nos ha hecho buena la promesa de estar con nosotros hasta la consumación de los siglos.

Hablaba Cristo por boca de los Pontífices, y los oídos –torpes de materialismo- no advertían cuyo era el divino y melodioso metal de las palabras. Pero la guerra tomó a su cargo el rasgar engañosos velos y dejar al descubierto de cuánta miseria moral y corporal era susceptible una civilización que había desertado de sus cristianas raíces. Y el Pontificado asistió a muchos con el pan para el cuerpo y a todos con el pan de doctrina para el alma, y con ello hizo una vez más visible a Cristo en el dulce ademán y en las suaves palabras de bendición. Antes de la catástrofe bélica, a lo largo del camino que entonces recorría la Historia, no le reconocían: “pero apenas cumple el amoroso oficio de servir a sus siervos y les ofrece el pedazo de pan que es vida y esperanza de vida, entonces al punto le reconocen”.

Y ya no han dudado de que Jesús vive, ni de su perenne victoria sobre la muerte. Ya no pueden tragar el embuste de que es tan sólo su cadáver –que se habría hurtado hace veinte siglos del sepulcro jerosolimitano- el que guarda en sus santuarios y en su enseñanza la Catolicidad. Echan de ver que había sido siempre Él mismo quien repetía, desde la colina vaticana, el siempre nuevo y actual Sermón de la Montaña.

Y ahora, desde el Emaús de “las tenebrosas anarquías del pensamiento y la conducta”, emprenden el retorno a la Jerusalén de la Ortodoxia, en nutridas caravanas. Y son como un eco fidelísimo que repitiese, una y otra vez: “¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino…? ¿Cómo es que no supimos reconocerle entonces?...”

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