Ratas y ratones
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 29 de septiembre de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Pidiendo, de antemano, una disculpa a las señoras, no podemos menos que llevar hoy nuestra atención a un tema que, no por ser “ratonero”, deja de asumir una grave trascendencia constante, sobre todo para México, ciudad que, como pocas, alberga a estos roedores por millones.
Si el Ratón Pérez suele ser un amigo institucional de la infancia por sus celebradas compras de los dientes popularmente llamados “de leche”; si de algunos años a esta parte, el Ratón Miguelito suele llevar con chicos y grandes una sostenida amistad al través de las tiras cómicas; si el mundo de los fabulistas ha hecho simpática, en todos los rumbos, la figura del ratoncillo que –royendo las mallas que lo aprisionaban- salvó la vida al león que había sabido perdonarle la interrupción de una sabrosa siesta; hemos de decir, en cambio, que ese moderno protagonista de las caricaturas animadas que se llama el Súper Ratón debe ser despojado de su ilegítima aureola de heroicidad.
Porque lo cierto es que el Súper Ratón, bien miradas las cosas, tiene la repugnante equivalencia simbólica –cotidianamente olvidada, pero cotidianamente presente- de la supervivencia de su especie. Las peripecias de los episodios fílmicos en que aparece como personaje central y salvador de sus congéneres, vienen a ser unas inconscientes pero acabadas alegorías de la, hasta hoy, mantenida indestructibilidad de ratas y ratones. En la pantalla, las muchedumbres de roedores repiten –merced a las decisivas intervenciones del Super Ratón- lo que en la realidad, desde hace siglos, vienen haciendo; obviar todas las trampas, salvar todos los obstáculos, y, ya que no ponerle el cascabel, sí vencer al gato en la batalla histórica que de muy atrás con él libran. Porque, a la postre, y habida cuenta de sus circunstanciales y bien localizadas victorias, Micifuz no ha logrado la meta final de su “guerra total”: el exterminio de ratas y ratones. En última instancia, el triunfo corresponde a ese abrumador –por inacabable- Super Ratón que es la espantosa, increíble proliferación del género.
Es de hacerse notar que la más dañina y común de estas especies, la rata gris, constituye una de tantas oleadas de invasión oriental de las que ha sufrido el Occidente. En efecto, su presencia en Europa data de hace pocas centurias.
Un mal día, en el corazón de Asia, algún diminuto, feroz Tamerlán o Gengis Kan, mostrando a guisa de acero desenvainado, bajo los sucios bigotes, el corvo y torvo alfanje de los colmillos, dio seguramente la orden de emprender la marcha hacia el ocaso, huyendo tal vez del pauperismo del hombre en sus lugares de origen. En los pasos de las cordilleras asiáticas, al encajonarse, los vientos acarreaban, del poniente, hasta las husmeadoras varicillas de las hordas grises, los incitantes olores de una no soñada abundancia de manjares. La tentación por vía olfatoria hubo de exacerbar su hambre y su ferocidad hasta un grado apocalíptico. Dejaron atrás las montañas, se detuvieron un momento en los ya desvaídos esplendores de las antiquísimas, legendarias ciudades de Taschkent, Bokhara y Samarcanda, y se lanzaron a una desenfrenada carrera esteparia de la ruta tradicional de las invasiones, y su tránsito dejó todo raso y mondo como otrora el caballo de Atila. Por fin, se abatieron como plaga maldita sobre los países europeos.
Ni el monte, ni el cercado, ni el propio río, muchas veces, pudieron detener esas marejadas de pesadilla. El monte y la cerca, fueron escalados. El río, atravesado a nado por las malignas bestezuelas: sintiéronse profanadas sus linfas, nutridoras de civilización, recreo de las viejas deidades mitológicas, mansión de la gracia impalpable e irisada de los seres aéreos que creó la fantasía popular del Medioevo… Sembrados, graneros, despensas, bodegas, en todo entraron a saco, con lo que en algunas regiones se llegó a sentir el hambre. Al par de ésta, la rata llevó consigo la peste, fiel a su sombrío signo de apocalipsis.
Desde entonces, el continente originador de nuestra cultura sufre el azote de los roedores. Y éstos hacen, puntualmente, sus más feroces, aterradoras apariciones en masa, en los crueles tiempos de guerra.
De Europa, la rata gris pasó a América en el contrabando quintacolumnista de las bodegas de los navíos. Por hoy, su peligrosidad se constriñe casi sólo a su calidad de transmisora de enfermedades de alto coeficiente de mortalidad. Pero si la locura de los hombres trae la guerra al Nuevo Mundo y la vuelve a encender en el antiguo, tal vez una de las visiones más pavorosas y nada fantásticas que pueden entreverse es la de una humanidad terriblemente diezmada por el poder atómico, por las bombas cohetes, por la guerra química, haciendo frente, con desesperación, a las multiplicadas miriadas de ratas y ratones.
En un caso así, no cabría más recurso que decretar la resurrección del fabuloso flautista cuyo mágico instrumento tuvo la virtud de atraer todas las ratas de la ciudad de Hamelin hasta precipitarlas en las aguas tumultuosas de Weser, donde ya no les valió su habilidad natatoria.

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