Raíz de una conversión

Identificador: DM-214.
Publicación original: Novedades, 22 de septiembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Ilustración de Raíz de una conversión

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Es tan cabal, tan profundamente humano, tan de nuestro tiempo, que se justifica de sobra el subrayar otro aspecto, aún, de las estupendas páginas autobiográficas de Thomas Merton.

Un día de febrero de 1937, en la Quinta Avenida, del escaparate de la librería de Scribner se lleva Merton un volumen: “El Espíritu de la Filosofía Medieval”. Durante el trayecto a su casa, en el tren de Long Island, abre el libro, cuyo autor es Etienne Gilson. Y en la primera página le hiere desde luego eso que para muchos es algo así como la marca de fábrica de las estafas intelectuales: “Nihil obstat… Imprimatur”.

“Estuve tentado de arrojarlo por la ventana… para desembarazarme de él como de algo peligroso e impuro. Tal es el terror que se despierta en la inteligencia moderna ilustrada, con un poco de latín inocente y la firma de un sacerdote. Es imposible comunicar, a un católico, el número y complejidad de asociaciones de temor que pueden acompañar a una cosa tan insignificante como ésta… Implica, para la mente que tiene raíces en el protestantismo, toda clase de secretos siniestros, que se supone que los sacerdotes abrigan y ocultan de los hombres en esta lengua desconocida. Luego, el mero hecho de que formulen juicio sobre el carácter de un libro y permitan a la gente leerlo: eso en sí está cargado de terror. Inmediatamente evoca todos los excesos, reales e imaginarios, de la Inquisición.”

Sin embargo, ese libro tenía que ser para Merton una encrucijada memorable en la que su inteligencia sufriría un misericordioso asalto de la Gracia. Venciendo en un principio su “repugnancia y temor”, lee a Gilson al final de cuentas.

“El gran concepto que adquirí de sus páginas fue algo que tenía que revolucionar toda mi vida. Está todo contenido en una de aquellas voces compuestas, técnicas, secas y extrañas, que los escolásticos eran tan propensos a usar: la palabra “aseitas”… “El equivalente español es una traducción literal: aseidad. Simplemente significa la facultad de un ser para existir absolutamente en virtud de sí mismo, no como causado por sí mismo, sino como no necesitando una causa, ninguna otra justificación de su existencia excepto que su misma naturaleza es existir. Sólo puede haber un Ser tal: que es Dios. Y decir que Dios existe “a se”, de y por razón de Sí Mismo, es decir que Dios es el Ser Mismo”… “El Ser Infinito, concreto y real, que, Él Mismo, trasciende todas nuestras concepciones…”

Este concepto –confiesa Merton- “me mostró de golpe que la fe de los católicos no era de ningún modo el dolor de cabeza vago y algo supersticioso” de una anticientífica Edad Media. “Por el contrario, aquí estaba una noción de Dios que era al mismo tiempo profunda, precisa, simple y exacta, y, lo que es más, preñada de inferencias que ni siquiera podía empezar a apreciar, pero que pude valorar al menos débilmente con mi falta de preparación filosófica”.

Después de esto, Dios dejó de ser para Merton ese personaje “ruidoso, dramático y apasionado” que suponía adoraban los cristianos. “Había tomado yo la letra muerta de la Escritura en su sentido más muerto, y me había matado, según la expresión de San Pablo: “La letra mata, pero el espíritu vivifica”.

Al ser Dios “reivindicado” en su entendimiento, pudo entonces darse cuenta del fenómeno de que hay muchos “ateos” que lo son nada más que por el desagrado que les producen las alusiones que se hacen de Dios en voces de metáfora e imagen. Quisieran “una idea de Él más perfecta de la que generalmente encuentran”. Y en la práctica, por esa indocumentación suele morir en ellos todo interés religioso.

También anota Merton el fenómeno inverso. El de los no católicos que sí han tenido acceso a las luces de la cultura católica y están mucho mejor enterados de ella que innumerables católicos. Espíritus con finura suficiente para asombrarse de la dignidad y sobriedad de nuestra liturgia y de la eficacia de la organización eclesiástica, pero que no van más adelante.

Triste, pero positivo es que, “en cierto sentido, estos hombres tienen un aprecio mejor de la Iglesia y el catolicismo que el que muchos católicos tienen: un aprecio que es destacado e intelectual y objetivo. Pero nunca ingresan en la Iglesia. Se están de pie y mueren de hambre a las puertas del banquete –al banquete al cual seguramente se dan cuenta de que están invitados-, mientras aquellos más pobres, más estúpidos, menos dotados, menos educados, a veces hasta menos virtuosos que ellos, entran y se sacian en aquellas espléndidas mesas”.

Y es que la suprema enseñanza de todas las conversiones, incluso la de Merton, estriba en que la Verdad es una noble señora que no se entrega sino a quien va hacia ella –como quería Platón- con toda el alma, con todas las potencias del ser. Para conquistarla, hay que rendirle no sólo la inteligencia, sino humillarle también –de veras y no sólo con los labios- el corazón y la voluntad.

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