Pulquerías
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 21 de octubre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Los expendios de “rico neutle”, como rezaban gruesas letras de réclame sobre la entrada de las antiguas pulquerías, han disminuido tal vez proporcionalmente al crecimiento de nuestra ciudad. Han perdido categoría y pintoresquismo. Pero aun pueden verse algunas del típico estilo que hasta no hace demasiados años trataban de ejercer el monopolio de las esquinas, en lo que las han aventajado con el tiempo las cantinas y cervecerías de hoy.
Mucho había que notar en ellas. Así, los clásicos “borrachitos” -¡ay del que les llamara “borrachos”a secas!-: su basta descortesía la pagaba siendo objeto de los más soeces insultos y aun podía hacerle probar los filos del “fierro” salido como por ensalmo de los pliegues de la faja. Así también, los recipientes de variadas y convencionales formas rituales y denominaciones que hasta hogaño se conservan, a lo que entendemos. Del mismo modo, el patrón del lugar, con su facundia y sociabilidad por demás rudas, pero que constituían uno de los inalterables pivotes del florecimiento del negocio: luciendo siempre el imprescindible, perennemente pringoso delantal de jerga, y los inevitables y espesos bigotes, fiel remedo de un sauce llorón que creciese a la vera de una corriente… de pulque; así como la inexcusable, proverbial barriga de alarmantes obesidades que a dondequiera que su dueño fuese denunciaba su condición y ejercicio. Por supuesto que este personaje ajustaba fundamentalmente su profesión al proloquio corriente entre los de su oficio: “El pulquero que lo entiende, -más agua que pulque vende”; en el que habían de encontrar los contemporáneos lecheros su mejor inspiración tradicional.
Pero lo que sobre todas otras cosas impresionaba al parroquiano o al simple transeúnte, eran las pinturas de colores más que fuertes con que ornábanse en sus fachadas estos expendios y aquellos sus nombres peregrinos, cuya sola evocación da un buen rato de felicidad. Eran curiosos caprichos de una verdadera escuela o especialidad publicitaria, propia de otros tiempos y exclusiva del comercio del ramo.
En ella se daban cita los más disímbolos entusiasmos, adecuados para atraer a la clientela, dar fama sonora al establecimiento y expansión a las devociones íntimas y más cordiales del dueño.
Ya era la admiración al arte operático, plasmada en el bautizo de alguna célebre pulquería con el mote de “La Traviata”, y que al cambiar la ubicación del local se transformaba en el de “La hija de la Traviata”. O bien la remembranza novelesca de los bárbaros que asolaron en otras épocas las regiones norteñas del país en aquello de “Los antiguos apaches”, la cual traía aparejada en las paredes exteriores la representación, en los tonos más vivos y chillantes, de robustos pieles rojas que lucían vistosos penachos y se armaban de temerosos arcos, flechas y lanzas. Otras veces, la debilidad por la castiza fiesta taurina venía a cuajar en el título famoso de “Las glorias de Gaona”. No escaseaban las alusiones mitológicas, como la de “Las Tres Gracias”, cuya versión pictórica, por cierto –siempre en los llamativos murales de la calle-, era de una honestidad inesperada y de un indigenismo “reina Xóchitl” que nada tenía que ver con las perfecciones helénicas. Y más modernamente hubo de leerse título tan sin rodeos invitador a la francachela como aquel gracioso de “Al vacilón de don Pancho”.
Interminable sería recordar todos aquellos en los que chispeaba la lumbre cómica o lucía del ingenio satírico. Famoso se hizo aquel aparentemente incoloro: “Los recuerdos del porvenir”. Aún discuten doctores graves si hubo intención dañada de elaborar a sabiendas el absurdo lógico encerrado en la frase o el cariñoso empeño de mantener vivo el recuerdo de un primitivo establecimiento que solía llamarse, sencilla y escuetamente: “El porvenir”… Pues aquel retador epígrafe pulqueril que frente a una escuela osaba hablar de “Los hombres sabios sin estudio”, y el otro filosófico que encarando a un cementerio afirmaba: “Aquí se está mejor que allá”, no son menos dignos de la remembranza. Lo mismo que el que a la vera de un patio de ferrocarril socarroneaba: “Al pasito”. O el que refiriéndose a “El combate de las fieras”, era sabatino testigo del entablado por fieras de trenza endrina y navaja y dientes y uñas –todo junto- al aire, en el dirimir de viejas rencillas de vecindad o de rivalidades amatorias en torno de algún tenorio albañil. Finalmente, no escapaban en los últimos tiempos, las pulquerías, a las influencias literarias del vanguardismo estridentista, de suerte que hubimos de asombrarnos un día con el disparado título desquiciante de “La carcajada azul”.
De todo esto, poco va quedando como reliquia de algo de lo que fue más característico del antiguo pintoresquismo capitalino.

Comentarios
Publicar un comentario