Puertas
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 25 de abril de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Razones diversas hacen que acostumbren ocuparse atentamente de ellas, personas como los ingenieros, arquitectos, carceleros, presos y porteros. El resto de los mortales no paramos mientes en las que, de todo jaez y hechura, suelen darnos al paso cada dos minutos y por todas partes. Ni, en realidad, tenemos por qué prestarles más que una mínima sombra de atención, porque casi siempre hacemos uso de las puertas en forma instintiva y automática.
Sin embargo, es curioso advertir la gran cantidad de ellas de que hemos menester en la vida diaria; y eso, sin contar las puertas de muebles tales como arcas, roperos, etcétera. Para no hablar sino de lo más cotidiano, gracias a las puertas nos es dable penetrar a nuestra casa y en cada una de sus habitaciones; a los edificios públicos a los que acudimos por razón de negocios; a los ascensores. Por ellas entramos a los vehículos: automóvil; tranvía; camión; ferrocarril o aeroplano. Asimismo, a los templos, a las tiendas, a los centros de espectáculos, y aun a tan menudos recintos como las casetas de los teléfonos públicos. En fin, uno de esos ociosos observadores de cosas inútiles podría fácilmente calcular que una persona que en la ciudad sale por la mañana de su casa, al rendir la jornada habrá hecho uso de varios centenares de puertas sin haber fijado en una sola su atención.
Hay, por supuesto, las excepciones trágicas. Desde luego, son imán de la atención, por obstinadamente cerradas, las puertas de ministerios y consultorios médicos, que se abren cada Corpus y San Juan para los que desesperadamente esperan en las antesalas. Y, claro está, las puertas de los camiones, “huacales” rodantes en que la apelotonada asfixia de los pollos humanos, que nunca alcanzan a salir de ellos oportunamente, les hace recordar lo del callejón famoso: “sal-si-puedes”, o lo del castillo encantado sobre las nubes: “subirás, pero no bajarás”. Esas puertas camioneras que jamás se abren cuando es debido, han dado lugar a la popular locución que tan gráficamente expresa entre nosotros el mayor de los apuros, casi la agonía, cuando en las situaciones difíciles a las que no hallamos salida decimos que “ya pedimos esquina”.
Por otra parte, viendo las puertas desde un mirador más intelectualista y poético, nos encontramos con que suelen aprovecharse en literatura, en la pintura o en los “close up” cinematográficos como símbolo de cosas muy variadas.
Así, abiertas, pueden serlo de libertad, por ejemplo, o de la llana y campechana franqueza. De acogedora hospitalidad, lo mismo que de refugio; o tal vez de descuido, por la sentencia que reza que ante el arca abierta el más justo peca.
Cerradas, por el contrario, vienen a ser emblema amargo de calabozo. De recelo, quizás, o de misantropía. A veces, de previsión laudable. En otras ocasiones, sencilla, noblemente expresan la dignidad y reserva de las casas con señorío; el ascético recogimiento religioso; la solemne intimidad de lo sagrado, o, por último, la incógnita —fascinante, temerosa, inviolable— del misterio.
Los antiguos, que tuvieron siempre excelentes ojos para intuir la virtud simbolizadora de las cosas elementales, tributaron a las puertas principales una especial reverencia. Manifestábanla, a veces, en rituales ceremonias que habían de celebrarse antes de pisar el umbral doméstico, el de la residencia de los dioses, o el de la del magnate. Y siempre se esmeraron en el atuendo majestuoso de jambas, dinteles y demás elementos arquitectónicos que precedían o enmarcaban a las puertas. Díganlo las solemnes avenidas de esfinges, los obeliscos, pilones y colosos que montaban la guardia a la puerta de los templos egipcios. El propíleo, que hacía columnario pórtico a la de los santuarios griegos. Los prolongados vestíbulos de los adoratorios chinos y japoneses. Las rampas almenadas y los alados toros de las entradas de los palacios asirios. Díganlo también Jano, constante dios tutelar de las puertas romanas.
¿Y qué decir del singular prodigio de arquitectura de las puertas de las catedrales del Medioevo, subrayada por el primor escultórico de estatuas de bienaventurados, o por la exquisitez de ebanistería o de forja, de la que pueden ser señalado ejemplo, las broncíneas hojas de la puerta del florentino baptisterio de San Juan, a las que juzgó Miguel Ángel dignas de ser las de la puerta misma del Paraíso? ¿Y qué de las grandes puertas de las viejas ciudades amuralladas, verdaderas arrogancias del poder de expresión estética del hombre?
En todos estos casos se adivina el vigor maravilloso de aquellos espíritus graves, transidos por la preocupación de lo trascendente. La puerta, para ellos, mantuvo siempre un prestigioso simbolismo. Tal vez, no deja de haber en ello una secreta y poderosa razón. Por algo hizo Sansón la suma afrenta y burla de los filisteos cuando arrancó de cuajo las puertas de Gaza. Y no en balde la portería de la Ciudad de Dios encomendóse a personaje de tanto viso como San Pedro, Príncipe de los Apóstoles.

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