Púdrele el corazón
Publicación original: Novedades, 21 de abril de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Ciertas conmemoraciones parisinas del segundo centenario de la Enciclopedia de D’Alembert y Diderot nos han hecho recordar las notables y contundentes palabras del historiador norteamericano William Thomas Walsh cuando expresa de los españoles algo que debe hacerse extensivo a todos los pueblos de nuestra Estirpe: que “de un modo particular” ha sido su privilegio el sufrir en propia carne por causa del “odium Christi”, del “odio peculiar que el Príncipe de este mundo ha instigado siempre contra el nombre de Cristo”.
Esta sentencia da la clave, en verdad, de los azares históricos que han sufrido nuestros pueblos desde hace dos centurias. La gran conspiración contra Occidente hubo de ensañarse en lo que era flor de su cultura.
Porque el mundo hispánico representaba —y todavía hoy representa— la loable pertinacia de la occidentalidad en continuar el gran proceso creador del Medioevo que fue interrumpido por las defecciones del paganismo renacentista y de la falsa Reforma. A la marcha atrás, al reaccionarismo por éstas significado, la Hispanidad seguía oponiendo, con terquedad que exasperaba, la proa tajante de su nave espiritual, militar y política: nueva Arca insumergible en un diluvio en que el resto de la Cristiandad sufría en mayor o menor grado lastimosos naufragios.
Vino la decadencia de España, fracasada en su empeño de salvar náufragos europeos; aunque victoriosa en la gesta —inigualada— de suplir las pérdidas de la Catolicidad con robustas cristiandades americanas. Y enfermo o sesteando, el león español conservaba latente la pujanza sin paralelo que había puesto al servicio caballeresco de la civilización cristiana. Qué mucho, pues, que las fuerzas obscuras que habían decretado la muerte de esta civilización, señalando con siniestro índice a España —en realidad, a todo el Imperio— dijeran a cada uno de sus secuaces infiltrados en los ministerios borbónicos, en la burocracia, en el ejército, en las letras, el pensamiento que el poeta manifiesta en cifra admirable:
“Esta es la Iglesia, en flor, de la Esperanza…
¡esta es la yerba verde que conviene segar!
Roma será cabeza, sin brazo, si ella muere.
Si muere, el Occidente, sin sol, se nublará…”
Pero había que redoblar la astucia, el tacto, la hipocresía:
“Disimula la punta de tus cuernos…
No le presentes guerra frente a frente,
que es gente endurecida en pelear.
PÚDRELE EL CORAZÓN COMO A UNA FRUTA;
socávale el cimiento; haz tu tarea
lenta como la lluvia y la humedad”.
Y así se hizo. El corazón del Imperio empezó a podrirse con la gusanera de la Enciclopedia y de las corrientes absolutistas importadas de Francia por los Borbones. La tarea fue lenta “como la lluvia y la humedad”; pero de una colosal eficacia sobre todo desde el punto en que se logró que la obra subversora del orden cristiano fuera apadrinada desde la cúspide, que era el Rey. Este, sin percatarse de que así preparaba incluso la ruina dinástica y de la misma institución regia, puso su empeño, entre otras cosas, en hacer echar en el olvido aquella recia fórmula libertaria medioeval del Fuero Juzgo que era médula y esencia de la Constitución tradicional de las Españas: “Rey serás si fecieres derecho; et si non fecieres derecho, non serás Rey”. Pugnó cuanto pudo, en cambio, porque se creyera, como si se tratase del Credo, en el aforismo de Luis XIV: “Los reyes son señores absolutos”.
En esa tiniebla y cárcel que para los pontífices de la “fantasía historia” es la Edad Media, la Nación intimaba al monarca el cumplimiento del Derecho. En las “luces” y salón de recreo de la dizque modernidad, de la Ilustración y de Voltaire, el monarca intimaba al pueblo la abyecta sumisión al despotismo. Como las “nuevas” ideas —nuevas con la vejez del principio absolutista de los césares romanos— enseñaban a renegar de Dios, “el hombre se entregaba al absolutismo por falta de Absoluto”. ¡Terrible desquite de la Historia!
Fue así como hubo de triunfar la revolución liberal y estatista sobre la altiva solera católica de la hispanidad. Era la apoteosis del “Odium Christi” en medio de las ruinas del perfil fundamental de nuestros pueblos, que no es otra cosa que “el servicio militar obligatorio de Cristo”, el mismo que ha hecho posible cuantas realizaciones de carácter hazañoso hemos cumplido.
Y todavía hoy seguimos sufriendo las consecuencias del certero satanismo de esa fórmula:
“Púdrele el corazón como a una fruta…”

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