Primera Universidad
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, el pie de la transcripción consigna el 23 de enero de 1948; el nombre del archivo, el 23 de enero de 1949.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Universidad y educación; Historia e Hispanidad; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
SI LA DE SANTO DOMINGO es, cronológicamente, la primera Universidad americana, de la de México puede decirse que es la primera instituida en la tierra firme continental, trece años después de la dominicana. Lo fue en 1551 —cuatro días antes que la de Lima— por la cesárea majestad de Carlos V, y comenzó su nobilísimo ejercicio con cerca de un año de anticipación a la peruana. Acaeció ello el 25 de enero de 1553, y tuvo sin duda por principal escenario las casas entonces situadas en el ángulo noreste de la Plaza Mayor de la ciudad, ámbito ilustre que, por esas fechas, habría de arrancar extremadas ponderaciones a uno de los interlocutores de los célebres Diálogos de Cervantes de Salazar: “Ciertamente que no recuerdo ninguna (que le iguale en majestad y grandeza), ni creo que en ambos mundos pueda encontrarse igual. ¡Dios mío!, ¡cuán plana y extensa!, ¡qué alegre!, ¡qué adornada de altos y soberbios edificios por todos los cuatro vientos!, ¡qué regularidad!, ¡qué belleza!, ¡qué disposición y asiento!...”
Pero en aquellos tiempos —que el semiculto, “la plebe de la inteligencia”, cree ahora que fueron desdeñosos de la cultura— la inauguración de la Real y más tarde también Pontificia Universidad, no se tuvo como cosa de poca monta. El acto inaugural fue presidido nada menos que por el virrey don Luis de Velasco, con asistencia de la Audiencia, de los Tribunales y de las Órdenes religiosas.
García Icazbalceta nos dice que, además de éstas, concurrieron otras gentes de viso en gran número, porque “dicha una misa solemne, se ordenó una lucida procesión con asistencia de todas las personas de letras que había en la ciudad, y de los vecinos de los pueblos comarcanos, convocados al efecto, dirigiéndose todos a las casas dispuestas para asiento de la Universidad, con lo cual concluyó la ceremonia”. Tuvo, pues, el hecho, todos los rasgos de un verdadero acontecimiento. Era ello, por otra parte —y hay que recalcarlo—, un espontáneo y natural impulso de perfeccionamiento del vigoroso organismo social que desde un principio fue México, el cual empezaba su existencia con tales bríos y arrestos, con tal exuberancia de vida, que a los pocos años —ya desde los tiempos de Zumárraga y de Mendoza— exigía un instituto en que los estudios superiores viniesen a completar innegable robustez intelectual que era lógico resultado del florecimiento de la instrucción pública Bueno es recordar que esta necesidad no se vio satisfecha en la América anglosajona, sino hasta la centuria siguiente cuando en 1636 se funda el colegio de Harvard.
Bien se ha dicho que la fundación de nuestra Universidad fue “el coronamiento de la cultura mexicana”. Esta Alma Máter fungió, durante casi trescientos años, como sede, pulmón y corazón del pensamiento de México. Desde sus comienzos —fray Alonso de la Veracruz, el del maestro Cervantes de Salazar, entre otros—, preclaros nombres ilustraron sus cátedras: maestros “empeñosos y versadísimos en todas las ciencias, nada vulgares, y como hay pocos en España”. De sus aulas salieron, en pléyade ingente, varones en saber, en virtud y en gobierno: prelados; miembros de las Audiencias de México, Guadalajara, Guatemala, Santo Domingo y Manila, o de los Consejos de Castilla e Indias; catedráticos de las universidades europeas y americanas… Y ello se debió a que estuvo siempre en la línea del movimiento intelectual de Europa, incluyendo lo que se refiere a las ciencias experimentales —el nombre sólo de Sigüenza y Góngora puede ejemplificarlo—, y siendo en este aspecto singularmente notable por lo que a los estudios de medicina toca, los cuales, dentro de las circunstancias de la época, asumieron un acentuadísimo carácter práctico.
Constituyó, pues, la Universidad, uno de los más poderosos agentes de la grandeza mexicana en nuestros días imperiales, cuando sabíamos que se nos había dado una función y un destino en la Historia universal… “Desde la Universidad, puesta en el centro de la Nueva España, difundíase, en beneficio de toda ella, esa especial tranquilidad de quien sabe que hay quien responda por sus ideas y asesore a sus mandatarios y marque el alto a perniciosos innovadores”, al mismo tiempo que abra cordialmente sus puertas a todos los genuinos adelantos del pensamiento y de la investigación.
Estamos a escasos dos años del cuarto centenario de la cédula fundacional de nuestra Universidad, tal vez la más ilustre de América. ¿Nos preparamos ya para recibir el fasto con decoro nacional y universitario? ¿Qué celebraciones, qué monumento —porque debe haberlo— le hemos pensado, con amorosa anticipación? Urge comenzar, lo que culmine en 1951, desde ahora. Apenas hay tiempo.
Y entre las cosas que desde ahora deben hacerse en homenaje a esa conmemoración, es el asaetear el espíritu de la juventud con anhelos de saneamiento del sentido universitario. Que de una vez por todas se entienda que la Universidad “no puede ser trampolín de ambiciones” o una “salida” para quienes no se les ocurre otra, sino que exige una disciplina y una evocación clara y de por vida, como la sacerdotal y la militar. Pondérese en toda su trascendencia este insigne privilegio universitario que mantiene en estrecho “ayuntamiento” la juventud y la madurez. Ímpetu y medida, generosidad y rigor. Y un señor inmediato: la verdad”, con la cual servir a los perennes ideales de México.

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