Primavera

Identificador: SD-074.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 14 de marzo de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Flores y abejas junto a un muro herido por la guerra

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Que con la primavera viene el amor, nadie lo ha declarado en términos de más hondura y más sencillo donaire que Dante, el florentino.

“Vi venir en dirección a mí a una gentil mujer, famosa por su hermosura… Era su nombre Juana; más por su belleza, al decir de alguno, impusiéronle el de Primavera: y así era llamada. Mirando quién la acompañaba, vi que la seguía la admirable Beatriz. Ambas vinieron hacia mí una en pos de otra, y parecióme que Amor me hablaba al corazón y me decía: “Aquella primera es llamada Primavera sólo por esta venida de hoy, pues yo induje al que le dio el nombre a que la llamase “Primavera”, porque “primavera” (vendrá la primera”) el día en que Beatriz se mostrará (a) su fiel amador…” Y aun me dijo Amor, después, estas palabras: “Quien quisiere pensar sutilmente, llamaría, a Beatriz, Amor, por la mucha semejanza que conmigo tiene”. (Vita Nuova: XXIV).

He aquí, en las mismas alturas alogóticas e inefables del Alighieri, la misteriosa reiteración cósmica: Primavera y Amor; “madonna” Giovanna y “madonna” Beatrice. Y que la primera tenga siempre ese rango de heraldo y pregonera de la segunda, bien lo dice, sin percatarse de ello, en espontánea efusión, nuestro marqués de Serranilla antológica. Porque si él “antes sopiera d’aquella vaquera de la Finojosa”, non creyera fuesen las rosas de la primavera “tan fermosas nin de tal manera”… Siempre, el lugar substantivo es del amor: aquí la vaquera reidora y lozana de la Finojosa. Las rosas de la primavera son sólo su prefigura y cortejo.

Nosotros, todavía, no obstante las duras realidades presentes, gozamos la rara fortuna de que esta florida estación del año mantenga, casi intacta, la magia poética de sus prestigios becquerianos en la enramada balconera de los enamorados, y de que sea escuchada con íntima reverencia su cíclica voz de resurrección. Y es que nuestro convencimiento colectivo de la bondad esencial del mundo, no nos permite dudar de que el cráter que abrió la bomba —hoy, atómica— en la tierra y en las almas, ha de verse —en la inevitable primavera— cubierto por el manto y vendaje de la grama y de las flores, leves, piadosas vencedoras del estrago. No es fuerte del odio para impedir que —después de cada herida con que gusta, una y otra vez, llegar al mundo— cuelgue, de nueva cuenta, del mismo “muro que rompió la metralla, un enjambre de abejas rezumante de miel…”

Porfía vana la de las fuerzas obscuras que desatan las guerras y que ya nos hacen la negra promesa de otra inminente, si cree que los que rezamos a Jesucristo y hablamos en español, podemos olvidar que tras la Primavera viene el Amor. El satanismo exacerbado de los horrores bélicos, nada puede, en definitiva, contra la eterna Primavera de Aquel a quien el discípulo amado nombró —con hondísima experiencia directa— diciendo: “Él es Amor”.

Bien habló el florentino: Beatriz, su símbolo del puro amor, en “un nueve”: es decir, el número cuya raíz es tres. O lo que es lo mismo: “un milagro cuya raíz es solamente la admirable “Trinidad”, como él expresa. De la propia suerte, el amor de hermanos —de que hoy padecen los hombres desoladora indigencia— no puede ser otra cosa que una operación, un milagro de Quien dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis los unos a los otros.”

Y un nuncio presagioso de la victoria de ese amor, es, hoy como ayer, para el que ve en toda terrena bondad la invencible Sonrisa de Dios, el estallar de los botones y el brotar de los renuevos; el verdor de los prados; el áureo mensaje vivificante de nuestro viejo sol en primaveral equinoccio: la alegría cerúlea del firmamento…

Inútil la saña rencorosa que fulmina sus estériles maldiciones de pólvora y sangre sobre la tierra:

“Maldigo la poesía
de las églogas,
y el humo gris y lento de las granjas
y el lloroso cantar de las carretas.

Maldigo los cercados
de espino en flor…
Maldigo los arados y las hoces,
novios de hierro de la amada
pacífica y morena,
y maldigo los bieldos que desatan
contra el viento su rubia cabellera…”

Así habló, así vuelve a hablar hoy el Maligno… Pero, como todas las veces:

“La tierra, silenciosa, le escuchaba…
¡y eran flores azules su respuesta!”

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