Presencia de Hispanoamérica III

Identificador: DM-142.
Publicación original: Novedades, 7 de mayo de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: unidad cultural, España, Hispanoamérica y sentido de la historia.
Ilustración de Presencia de Hispanoamérica III

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

III

NUESTRA GRAN UNIDAD DE CULTURA.

Preside a América un signo de reserva de la Providencia.

Remota, con referencia a los “habitats” o áreas de población primitivos del hombre, nuestro continente asume, en las primeras edades, la sola significación de una inmensa reserva geofísica. Después, sus primeros pobladores, de cultura embrionaria o decadente -pues de ambos tipos es lo precolombino-, no logran tampoco hacerle rebasar ese significado casi meramente telúrico.

“Para que América entrara en la Historia…, Dios suscitó en una nación formada en la defensa de altísimos ideales, la aventura más formidable de redención después de la del Hijo de Dios que bajó al mundo para salvarnos.”

Ahora bien, “España llega a América a incorporar a su raza a la Fe de Cristo y a mezclar su sangre con ella cuando la voluntad de Europa vacilaba indecisa entre continuar fiel al sentido católico de la vida, que había sido hasta entonces su nervio y consistencia o aceptar la dispersión de su anhelo ecuménico en minúsculas subjetividades rebeldes”.

“Es en esos momentos de durísima lucha que España traslada a América todo el celo de la empresa europea. Allí defiende y aquí extiende la Fe en Cristo. Lo que allí se pierde, aquí se gana.”

De antiguo se ha parado mientes en ello. Resulta evidente que hay una compensación histórica por obra del nacimiento de la catolicidad hispanoamericana al propio tiempo que Europa se echa en brazos del espíritu moderno.

Así se cumple, otra vez, la parábola de las bodas del hijo del Rey. Este último se ve obligado, por la ingratitud y la homicida insolencia de sus primeros invitados, a arrasarles su ciudad. Resulta muy clara esta primera parte del símil, si se consideran las inenarrables destrucciones materiales y espirituales que Europa ha tenido que sufrir como consecuencia, puntualmente, del espíritu de la modernidad preferido por ella a sus viejas raíces católicas. Y los convidados suplentes de que nos habla la parábola, aquellos de que se echó mano en los caminos y encrucijadas, vienen a ser las catolicidades hispanoamericanas que supieron corresponder a la invitación a sentarse en el más espléndido banquete cultural que registran los anales del hombre.

Se acentúa, de esta manera, al nacer Hispanoamérica a lo histórico, su peculiarísimo sentido de reserva de la Providencia, de la cristiandad, y, en última instancia, de la especie humana, para salvar de quiebra a la Historia en tiempos de grande crisis.

Ello se ha ido develando más claramente a medida que pasan las centurias, los decenios, y, últimamente, los lustros. Y aun ahora, cada año que transcurre parece delinear, con mayor firmeza, tal intención providente a medida que el mundo moderno –hoy ya decrépito, y al que la esencia de Hispanoamérica, siempre se mantuvo ajena- va dando sus últimos y más destructores frutos de retroceso y salvajismo.

Uno de los más conspicuos y sagaces representantes de la autenticidad hispanoamericana, Juan Carlos Goyeneche, advierte que al quedar España vencida en su empresa ecuménica, “la causa de la gran unidad queda vencida. Las campanas comunales se echan a vuelo porque la torre de la catedral imperial guarda silencio. Es la hora de los sacristanes, del beaterío puritano y de los instintos ávidos de oro. Europa se transforma en un archipiélago de envidias, rencores nacionales, insolidaridad y anarquía. Se aflojan los ligamentos que mantenían su cohesión interior, y el continente queda espiritualmente inerme, al alcance del primer rencor oriental que pase. Triunfa como ideal lo pequeño, la hazaña diminuta, el bienestar personal como aspiración suprema, la vida confinada, el escepticismo”.

“Pero –añade- si la terquedad ibérica fracasó en su empresa ecuménica, de esa terquedad nacimos. Nuestro origen, pues, está marcado por el sueño de lograr la unidad metafísica del mundo. Y en el esfuerzo universal entonces realizado, España encontró la forma culminante y definitiva de su expresión histórica e Iberoamérica el primer aglutinante verdadero, pues la realidad humana indígena, hasta entonces dispersa en centenares de lenguas diferentes y de tribus hostiles o desconocidas entre sí, vino a fundirse con la sangre ecuménica de España en una sola y católica aspiración que dispuso de una lengua única como admirable vehículo para expresarla.”

Y he aquí una áurea observación, que subraya nuestro formidable sentido de reserva histórica:

“Este sello unitario hasta tal punto ha permanecido en la América hispana, que hoy no se puede hallar en todo el mundo occidental un ejemplo similar que muestre a tantas realidades humanas de vida histórica independiente, unidas en una tal identidad de costumbres, modos de ser y estilos de vida como los pueblos que la integran…”

Y concluye:

“Es por estas razones que cuando un incendio como el actual todo lo devora -individualismos egoístas, espíritu comarcal y lugareño, civilización eficiente de abundancia material y miseria metafísica-, la natural tendencia a una política de grandes dimensiones haga que al derretirse el hielo que la privaba de vida vuelva la sangre hispánica a tomar sentido.”

Y ahora, Iberoamérica, que en su partida de bautismo fue puesta “en pie de guerra para las causas universales”, “siente que en el alba de estos tiempos nuevos de angustias universales se anuncia el resplandor de la luz que iluminará su hora.

Al sonar ésta, se verá que fue “un feliz “atraso” (el que) la mantuvo alejada de las causas de escepticismo y el desengaño que hoy afligen al centro medular de la civilización occidental”.

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