Por el decoro hispanoamericano
Publicación original: Novedades, 29 de septiembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Lo preveíamos hace tres meses –NOVEDADES: 23 de junio-: el triunfo en las elecciones presidenciales chilenas ha favorecido claramente al senador Carlos Ibáñez.
He aquí otro plebiscito suramericano que reitera la significación singular de los comicios análogos y anteriores en Bolivia y en el Ecuador. Por encima de las peculiaridades locales, todos ellos entrañan un designio incontenible de rescate del patrimonio material y moral de cada uno de estos pueblos hermanos; un propósito de mayor libertad para los Estados respectivos, en el exterior, y para los ciudadanos, en el interior de estos países; y, al mismo tiempo, una perspectiva más o menos inmediata de justicia social. Todo ello, en suma, equivale a la reivindicación de la independencia, del decoro, del ser mismo hispanoamericano, frente a prolongadas ingerencias de ideologías, intereses históricos e influjos financieros extraños a nuestro destino gentilicio.
El mismo lenguaje oficial empieza a manifestar variaciones notables. Comienzan a desecharse los anteriores, usuales acentos de expreso o tácito servilismo que se han empleado para referirse a ciertos aspectos de nuestras relaciones con la potencia preponderante en América. Ahora lo que más clara y distintamente empieza a oírse es nuestro deseo, siempre vivo, de una pacífica pero digna y efectiva autonomía. Se ha oído en el lenguaje argentino de los últimos años. Es también ahora particularmente claro en el -recientemente oficial- de quienes representan la nueva política boliviana, ecuatoriana y chilena.
Ello asume vigor especial en las últimas alusiones del vencedor en las elecciones chilenas al aludir a los ataques de cierta gran prensa norteamericana:
“A Chile le interesa mantener buenas relaciones y mutua colaboración… con cualquier potencia del mundo, pero preferentemente con Norteamérica. En este sentido mi política será de franca buena voluntad, pero naturalmente dentro de un trato recíproco. Será muy difícil, por no decir imposible, mantener una actitud cordial y amistosa con aquellas potencias que creen que Chile, por ser país pequeño, debe renunciar a sus derechos y a su soberanía para someterse a su influencia y conducción en los grandes asuntos internacionales. Así como esas potencias no aceptarían sugestiones extrañas a su política, así tampoco nosotros. Queremos conducirnos de acuerdo con nuestros intereses y dignidad. Será muy difícil también sustentar buenas relaciones con los Estados Unidos si su política no comienza a ser amistosa hacia mi gobierno, que es el gobierno legítimo del pueblo…” Hacer lo contrario, subraya Ibáñez, sería aumentar el recelo “que está extendiendo peligrosamente para los Estados Unidos el sentimiento antiyanqui en toda Latinoamérica”.
Por otra parte, y para honra nuestra, esta claridad de lenguaje ha sido constante en todos los hombres leales, en todos los grupos hispanoamericanos que, aun estando fuera del poder en sus respectivos países, han sostenido sin desaliento la desigual lucha contra indeseables tutelas que han sido posibles sólo por la miopía y el sumisionismo de partidos extranjerizantes encaramados en el poder público.
En esta posición es verdaderamente ejemplar el caso –poco o más bien nada conocido en Méjico- del Partido Nacional Uruguayo. Desde hace muchas décadas representa la oposición del Uruguay auténtico a un régimen de notoria obsequiosidad a plutocracias foráneas. Tal régimen se sostiene merced al artilugio de un sistema electoral específicamente elaborado para impedir que el partido en el poder pueda ser jamás desplazado de éste. Antigua e invariable es ahí la tradición del Partido Nacional: viril y franco repudio de cuanto huela a imperialismo, en contraste con la también invariable del Partido Colorado: masónica y anglosajonizante de preferencia.
Digamos, de paso, que la artificial permanencia en el poder de este Partido Colorado nos explica muy bien esa insistente, falsa aureola de limpieza democrática con que los amigos internacionales de tal grupo han prestigiado a la vida política uruguaya de los últimos tiempos. Por supuesto, habrá que decir asimismo que la democracia uruguaya –como en general la suramericana- ya la quisiéramos en Méjico. En ella el fraude político asume formas civilizadas, y no puede evitar, de todas maneras, la presencia parlamentaria de una numerosa, fuerte y operante oposición.
Véase, para brevísima muestra, algo del varonil lenguaje nacionalista uruguayo, a propósito de los debates en torno del propuesto tratado militar de ayuda mutua con los Estados Unidos análogo al que en Méjico se declinó firmar:
“Al negar la fatalidad del dilema “o Washington o Moscú”, rechazamos la necesidad de la tercera guerra, afirmamos la tradicional voluntad de paz del Uruguay, y para el supuesto de que aquella estallara, mostramos que no sería más que una guerra civil en una sociedad materialista y tecnocratizada, no habiendo, por lo tanto, razón legítima alguna para tomar partido por cualquiera de los bandos rivales”.
Es de desearse que esta franqueza, que esta dignidad de lenguaje se haga hábito en toda nuestra geografía.
Lo pide el decoro hispanoamericano.

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