Piratas
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 12 de enero de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Prensa y medios.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La piratería, una de las más socorridas variantes del arte del despojo, puede pavonearse de ser ejercicio de notable abolengo y antigüedad. La leyenda y la novela, le otorgaron romántica aureola. La historia, más objetiva y justiciera, no le ha guardado las mismas consideraciones, bien que no siempre le haya despojado de su airón de aventura y osadía.
Los orígenes mismos de la piratería se envuelven en la bruma protohistórica de las primeras navegaciones. Porque lo cierto es que, al par de éstas, aparecen sus iniciales manifestaciones.
Cuando el Mediterráneo ve surcar sus ondas orientales con los esquifes de la talasocracia cretense, es testigo propiamente de la formación de un imperio marítimo que, al igual que el de los griegos –sucesores de la cultura y el poder egeos- tiene, en sus comienzos, más que un contenido político o comercial, un definido perfil de piratería. El mundo egeo y el griego se saquearon, sucesivamente, dentro de sí mismos, cuando las naves de una ciudad hacían presas oriundas de otras ciudades de idéntica raza y civilización. Las flotas de las “polis” costeras de la península helénica, entraban muchas veces a saco en las del litoral del Asia Menor o en las insulares de los archipiélagos griegos, y viceversa. Tucídides –entre otros- da de ello singular testimonio. Platón llegó a caer en manos de unos de esos merodeadores, con lo que estuvo a punto de perderse, para la humanidad, uno de los más poderosos señores del pensamiento.
En otras ocasiones, los depredadores llevaban su audacia hasta las ricas tierras de Faraón, en los aledaños del Delta ilustre. O a las menos tentadoras márgenes del Ponto Euxino, a las occidentales de Italia, o a las meridionales de Francia y España. Es más tarde cuando aparece la navegación mercantil propiamente dicha que había de vivir su apogeo con los traficantes fenicios.
Los juncos de la antigüedad china y japonesa también balancean, como en cuna, el surgir de la piratería en los mares del Lejano Oriente. Hasta la fecha, son esas aguas las que se empeñan en conservar los últimos restos de la tradición de los piratas en la Indonesia y en el mar de China. Uno de los más vigorosos personajes –así sea absolutamente novelesco- de la literatura a que ha dado lugar la poco honrosa actividad, el malayo Sandokan creado por la pluma de Salgari, ha sido en nuestros días ocasión de los primeros aprendizajes de geografía oriental para millares de mentes jóvenes.
La incorporación de América a la Historia motivó por su parte uno de los más extraordinarios desarrollos de correrías y devastaciones piratescas. Ingleses, holandeses y franceses, -al amparo de las diferencias, bien manifiestas, bien latentes, entre sus países y la corona española- hubieron de armarse en corso para acechar el paso de las naves castellanas. La vital corriente circulatoria entre las diversas porciones del Imperio, vióse así, innúmeras veces, dañada gravemente. Nuestras poblaciones costeñas, de igual modo, sufrieron en su carne las atrocidades de aquella gente sin Dios ni ley, que en la ferocidad de sus desmanes desahogaban, casi siempre, acerbos odios de raza y de religión. Veracruz, Maracaibo y Panamá son algunos de los nombres que muy a lo vivo asocian el recuerdo de aquellos zarpazos de la rivalidad nacional y teológica de quienes sentían envenenada el alma por el crecimiento y solidez de los pueblos hispánicos y católicos. Morgan, Raleigh, el Draque y Lorencillo llevan en la triste celebridad de sus bajeles el símbolo de un mezquino empeño usurpador, en contraste con el glorioso simbolismo de otras naves que en las armadas colombinas, en las cortesianas, en la de Magallanes o en la de Urdaneta pudo impulsarlas con un soplo de cultura y redención.
El cine de habla inglesa suele ofrecer a las multitudes una chabacana e interesada versión del filibusterismo de aquellos siglos. Reiteran, monótonamente, el tipo de capitanes de piratas con sentimientos y rasgos de caballeros –aunque, eso sí, con la fanfarrona patanería de los héroes de las “Western Pictures”-, humillando siempre a cretinos, ridículos, crueles y arteros capitanes españoles. Ello no tiene nada de histórico, pero basta para alimentar prejuicios útiles a la añeja leyenda antiespañola. Lo que las películas no enseñan es que el asalto de esos pretendidos “Robin Hoods” del mar se encaminaba no sólo contra España, sino, con igual encono, contra los hispanoamericanos; y que era realizado por personajes cuya catadura moral nada tenía de caballeresca, y en circunstancias que crispan los nervios por su sadismo.
Las leyendas de los piratas generosos, que al igual de sus hermanos, los bandidos de tierra, se ponen fuera de la ley para constituírse en instrumentos de una justicia más alta, quedan sólo para la cinematografía y la novela banales. La realidad no nos muestra diferencia substancial entre el berberisco Barbarroja y el corsario de las islas Tortuga y Jamaica. La Historia sólo nos entrega el caso de dos piraterías que, a la postre, producen resultados favorables: la griega, que fue el pie de la difusión geográfica de la armoniosa civilización de la Hélade; y la de los normandos, que se tradujo en la beneficiosa fecundación de muchos pueblos con ricas infusiones de aquella sangre septentrional, púgil, acometedora y fuerte, desde las riberas del Mar del Norte y del Cantábrico hasta las tierras mediterráneas, en una estupenda y sucesiva gesta que supo llegar, en sus más dilatadas expansiones, hasta el punto mismo de que hemos partido: el mar griego en que alzaba, entonces, sus medioevales esplendores, la orgullosa Bizancio.

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