Pequeñeces
Publicación original: Novedades, 15 de mayo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cortesía, civismo, convivencia y pequeñas conductas cotidianas.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
He aquí, para el lector, unas cuantas pequeñeces que, no por muy diversas de las de Currita Albornoz, dejan de cumplir aquello de “pequeñas causas, grandes efectos”, tal vez.
RESTAURANTES.
En anterior artículo, sugeríamos la necesidad de una campaña nacional a favor de las buenas maneras y de la cortesía, auspiciada, decíamos, y en su parte medular realizada a través de la escuela por la Secretaría de Educación. Pero hay cosas a las que una acción oficial no puede poner directo remedio. Por ejemplo: el servicio que prestan los meseros de restaurantes, en Méjico, aun en los de primera categoría. Ya es mucho que en la prestación de tal servicio se ponga una buena voluntad fundamental para tratar de atender con verdadera cortesía y eficiencia a los clientes. Ello, por sí sólo, viene a ser una pequeña lotería para quien, por necesidad o por gusto, acude a estos establecimientos. Sin embargo, lo que nunca nos ha tocado en suerte es encontrar, entre su personal, quien positivamente sepa lo que es el servir, conforme a las reglas de corrección estricta, a los parroquianos. Desde la actitud y ademán al presentar a éstos la minuta, así como la manera de hacerles preguntas o sugestiones, pasando por la inconsulta impropiedad, la no advertida ineducación en las maniobras de poner o retirar los platos y cubiertos, o de escanciar, hasta la falta de sentido de discreción para elegir el momento o las expresiones con que interrumpir la plática de los comensales; en todo eso, decimos, son notorias las deficiencias, imperdonables en una ciudad de la importancia de la nuestra, y que por otra parte causan a muchos extranjeros una impresión de torpeza y mal limada rusticidad que debe abochornarnos.
En este capítulo, solamente los dueños y encargados de los propios restaurantes pueden mejorar las cosas. Deben hacerlo, aunque no sea más que por instinto utilitario.
EL OCOTAL EN BUCARELI.
Hay una firmeza granítica en la convicción de que el Ocotal se halla en cualquiera de los dos extremos de las calles de Bucareli. Los conductores de vehículos se embriagan, en el grado máximo, con el vértigo de la velocidad, en esta rúa, verdadera pista de carreras en el corazón de la Metrópoli. Por lo que a nosotros toca, dos veces, en el lapso de quince días hemos estado a punto de perecer aplastados en el área bucarelina. Y dentro del mismo término hemos sido testigos de dos pequeñeces, en la propia área. Primero, una señora de edad en que cualquier golpe puede tener graves consecuencias, cayendo al pavimento al bajar de un auto de “ruleteo”, por recibir éste un empellón de otro vehículo, en la parte trasera. Luego, un chiquillo vendedor de chicles, muy confiado por estar diz que a buen recaudo en una de las estrechas banquetas “de seguridad”, alcanzado por el saliente del costado derecho de un camión que indebidamente se fue por el lado en que corren los trenes eléctricos. El chiquillo –nueve o diez años de edad-, descontando la posibilidad de lesiones internas, sufrió la fractura de una pierna al pasarle encima una de las ruedas del vehículo, y sólo Dios sabe si sanará como es debido merced a una adecuada atención médica, que casi siempre está fuera del alcance de los pobres. El chofer culpable fue detenido por un policía, pero por supuesto que veinticuatro horas después, exactamente, la casualidad nos hizo verlo tripulando de nueva cuenta su mismo bólido rodante, a la misma hora del día anterior, y en la misma pista de Bucareli, tal vez soñando todavía en llegar a El Ocotal del mercado Juárez.
LA MULA NO ERA ARISCA.
Con motivo de la visita de algún representante norteamericano, en no sé qué misión de política panamericana, los estudiantes de la capital del Uruguay hicieron una manifestación pública al grito de “¡Abajo el imperialismo yanqui y el ruso!” Todos fueron a dar a la cárcel, pero dieron fe de que hay quienes no ven claro en el panamericanismo de hechos concretos, como diría Quintanilla.
Y es que la mula no era arisca, pero la volvieron desconfiada.
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